Mi cabello ya no aguantaba más; estaba tan enredado que pensé que tendría que cortarlo. A este paso, ni con todos los productos del mundo podría salvarlo. Necesitaba una peluquería urgente. Pero como siempre, las circunstancias no me lo permitían. Por suerte, Livia, la sirvienta con la que solía hablar, me consiguió la llave de la habitación de las sumisas. Era una oportunidad única. Entré en silencio, asegurándome de que nadie me viera, y me dirigí rápidamente al baño. Robé dos shampoos, un cepillo de cabello y algunas cremitas que necesitaba con desesperación. Si las sumisas llegaban a notarlo, sinceramente, no me importaba. Ya estaba acostumbrada a vivir al borde de las reglas. Dejé los productos en una bolsa que tenía guardada y, al ver que todo estaba listo, me preparaba para escapa

