Me dirigí a la celda con pasos firmes, aunque mi corazón latía rápido, bombeando adrenalina en mis venas. Cuando entré, los hombres, que eran más de diez, me miraron de arriba abajo. Su risa resonó en el espacio frío, una risa cruel, burlona, como si mi presencia fuera una broma que ellos estaban disfrutando. Uno de ellos, el más corpulento, se acercó, y al ver la expresión desafiante en mi rostro, soltó una carcajada más fuerte. —¿Así que eres la nueva, eh? —dijo, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa y diversión—. ¿Crees que puedes con nosotros? Intenté mantener la calma, pero mis manos apretaron los puños. La única respuesta que les di fue una mirada fija y desafiante. No había tiempo para el miedo, no podía darme el lujo de ser débil. Otro de los hombres, uno con una cicatr

