Una semana. Siete días en completa oscuridad. No sabía si era de día o de noche. Mi única referencia eran los pasos que, de vez en cuando, resonaban en el pasillo. Pero nadie entraba. Nadie me hablaba. No volví a sentir el látigo desgarrando mi piel ni las manos del verdugo recorriendo mis heridas con sadismo. No me tocaron. Pero tampoco me dieron comida. Tampoco agua. La sed era lo peor. Sentía mi garganta ardiendo, mi lengua hinchada, mis labios agrietados. Mi estómago gruñía, pero al menos el hambre no me mataría tan rápido como la deshidratación. En esta celda inmunda, mi única posesión era un tarro en la esquina, el único lugar donde podía aliviarme. El hedor era insoportable. Mi cuerpo estaba débil. Pero mi mente debía resistir. No podía dejar que la oscuridad me tragara. M

