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2251 Palabras
Asa narrando: El olor del café fresco me envolvía. Estaba sentada a la mesa, la taza caliente entre las manos, observando a través de la ventana; el día era hermoso. Sin embargo, mi mente parecía más agitada de lo habitual. Recordé la noche anterior, la forma en que Luke se rió, y la conexión instantánea que surgió entre nosotros. Tenía esa manera despreocupada, serio en algunos momentos, pero siempre haciéndome sentir a gusto. Sin embargo, ahora, en este silencio de la mañana, las dudas comenzaron a enraizarse en mi mente. Tomé mi celular y, como un ritual, desbloqueé la pantalla. La notificación de mensaje de texto estaba en blanco, diferente de lo que esperaba. Quería enviar un mensaje, desear un buen día, preguntar cómo estaba todo. Pero al observar la pantalla, sentí un nudo en el estómago. Era extraño cómo en un instante podía sentirme tan cerca de él y, al instante siguiente, darme cuenta de que estábamos, en realidad, en mundos diferentes. Él me había mencionado un imprevisto, probablemente algo relacionado con el trabajo, y la verdad era que podría estar enterrado en responsabilidades mientras yo estaba aquí, perdida en pensamientos. —No, Asa. —hablé conmigo misma, dando un sorbo de café. —No puedes actuar así. No es… ustedes no son novios. La idea de parecer pegajosa era lo que me preocupaba. No quería ser aquella que suplica atención, aquella que necesita una confirmación constante. Pero, ¿qué era exactamente lo que sentía? Suspiré y dejé el teléfono de lado, colocándolo en la mesa, como si eso pudiera liberarme de la expectativa que crecía a cada segundo. —Él enviará un mensaje cuando pueda. —dije, intentando infundir un poco de calma en mi corazón acelerado.— Nada de hacerla de emocionada. La verdad es que, incluso mientras pensaba en todas estas cosas, una parte de mí aún deseaba que él estuviera pensando en mí. Pero sabía que no podía depositar todas mis esperanzas en una sola noche, por más mágica que hubiera sido. El café me calentaba y yo desencadenaba un conflicto interno sobre cómo equilibrar mi deseo de cercanía con la necesidad de dar espacio. Desviando la mirada del celular sobre la mesa y volviendo a mi café caliente, me concentré en el aroma del café y en el suave sonido de la ciudad despertando afuera. Era un nuevo día, y aunque luchaba con estos sentimientos, sabía que tenía que permitirme vivir la escena frente a mí. Luke me había dejado con una sonrisa, y por ahora, eso debería ser suficiente. Un día a la vez, pensé, mientras decidía que tal vez estar bien conmigo misma fuera el primer paso. Después de todo, ¿qué más podía hacer además de esperar? Mientras el olor del café llenaba la cocina, comencé a reflexionar sobre lo que realmente significaba abrirme a alguien nuevamente. Cada sorbo que tomaba parecía llevarme más profundo en mis propias inseguridades, en las cicatrices que aún estaban ahí, aunque intentara ignorarlas. Recordé mi relación anterior, promesas incumplidas y historias de amor que nunca se concretaron. Era como si cada desilusión hubiera dejado una capa de protección alrededor de mi corazón, una especie de armadura invisible que me hacía dudar. Quería creer que Luke era diferente, que no sería otra historia inconclusa, pero la inseguridad susurraba dudas incesantes en mi mente. "Después de todo, ¿cómo puedo confiar de nuevo?" pensé, mordiendo el labio mientras miraba por la ventana. Solía creer que cuando dos personas se conectaban, era como si todo tuviera sentido instantáneamente. Pero, con el paso del tiempo, me di cuenta de que no era tan simple. Por cada momento de alegría compartida, había el peso del temor, la sombra de traumas pasados que se atrevían a aparecer en el momento más inadequado. Deseaba entregarme a este nuevo sentimiento que comenzaba a brotar, pero los recuerdos de lo que ya había pasado me rodeaban como sombras. Fui traicionada, mal comprendida, dejada atrás. La confianza no era algo que pudiera otorgar sin más. Tenía que reservar partes de mí, protegiéndome del dolor que conocía tan bien. “Si te abres, ¿qué pasará si él no responde?” la voz interna persistía, como una advertencia que no podía ignorar. ¿Dónde estaría el equilibrio entre ser auténtica y protegerme? Sentía que, a cada paso que daba, aún llevaba el peso del pasado. Tener una relación después de otro fracaso es como entrar en un territorio desconocido, donde cada movimiento podría traer de vuelta los amargos recuerdos. Era difícil creer que pudiera haber un futuro diferente. Pero en medio de toda esta confusión emocional, había una pequeña llama de esperanza. Luke tenía algo que me atraía de una manera que no podía explicar. El hecho de que hubiera confesado que me encontraba interesante desde que me conoció, de haber creído en mí... en mi fuerza, era una señal de que tal vez, solo tal vez, estaba lista para intentar de nuevo. “Vamos despacio”, dije en voz alta, como si las palabras fueran un mantra. “Solo un día a la vez.” Si realmente quería permitirme sentir esta conexión, tendría que lidiar con mi pasado y abrazar la incertidumbre del futuro. El amor puede ser complicado y lleno de riesgos, pero la vida se trata de experiencias, y estaba lista para descubrir lo que estaba destinada a vivir. Coloqué la taza de café sobre la mesa y respiré hondo, decidiendo que, por ahora, mi único enfoque sería vivir el presente. Si Luke se sentía atraído por mí como yo por él, sería suficiente; no necesitaba forzar nada. Y, con eso, dejé que las inseguridades se desvanecieran, al menos por hoy. [...] Muchas, muchas horas después... La oscuridad de la noche envolvía mi pequeño apartamento, y el único sonido que rompía el silencio era el suave susurro del televisor. La pantalla brillaba con la imagen de una película que ya había visto innumerables veces, pero en esa noche, la familiaridad no traía consuelo. La historia de amor que se desarrollaba ante mí parecía ahora un reflejo distante de mi propia realidad, una fantasía. Era como si las emociones de los personajes saltaran de la pantalla, mientras yo permanecía allí, inmóvil e inquieta. Sabía que debía dejarme llevar por la trama, pero mi corazón estaba pesado. ¿Qué nos sucede cuando comenzamos a apegarse a otras personas? Una cuestión simple, pero que en ese momento me dejaba angustiada. Pero entonces, justo en medio de una escena romántica, mi celular sonó. La vibración cortó el aire silencioso de la noche y me sacó del torbellino de pensamientos oscuros en el que estaba sumergida. Con reluctancia, miré la pantalla. "Luke" brillaba, y una ola de expectativa mezclada con un nudo en el estómago me invadió. Pulsos de adrenalina recorrieron mi cuerpo mientras desbloqueaba el celular. El mensaje era breve: "Hola, Asa. Necesito viajar para resolver un problema personal. No te preocupes, prometo que te veré tan pronto como vuelva." Mis manos temblaban ligeramente. No pude evitar que la tristeza me envolviera en el mismo instante en que leí esas palabras. No dijo a dónde iba, ni cuándo regresaría exactamente. Solo ese mensaje seco. ¿Qué era ese "problema personal"? ¿Por qué no podía compartirlo conmigo? Un torbellino de incertidumbres comenzó a formarse en mi mente. Antes de que pudiera procesar todo, apagué el celular y decidí no responder. Solo visualicé el mensaje. "Maldita vida", pensé para mí misma, sintiendo la frustración crecer como una ola inconmensurable. ¿Qué esperaba? La verdad era que me estaba sintiendo insegura, un sentimiento que se filtraba como un veneno en las venas. Luke tenía una manera de actuar que me hacía sentir especial, pero ahora, sin su presencia, la duda comenzó a consumirme. ¿Y si estaba haciendo el papel de tonta? ¿Y si él no sentía lo mismo que yo? Preguntas sin respuestas comenzaban a atormentarme, una a una, como sombras danzando en la oscuridad de la noche. Decidí apagar la televisión. La luz de la pantalla llena de promesas de amor y felicidad ahora parecía cruel y distante. Lo que necesitaba era un poco de paz, un momento alejada de lo que me hacía sentir tan vulnerable. Pero, con el silencio reinante, mi único consuelo era el hecho de que, de alguna manera, no estaba sola. La soledad, por supuesto, también tenía sus formas de manifestarse. Permanecí sentada allí, con la pantalla del celular opaca debido a mi toque, y comencé a reflexionar. A veces, es necesario enfrentar lo que está detrás de los mensajes no enviados y las promesas en suspenso. Solo que no sabía hasta cuándo podría aguantar. [...] Mientras caminaba por la calle, las hojas secas danzaban a mi alrededor, absorbiendo mi enfoque hacia la melancolía que parecía acompañarme en los últimos días. El cielo grisáceo reflejaba mi ansiedad. La entrevista de trabajo había ido bien, o al menos eso intentaba creer, estaba tratando de reiniciar, y un trabajo parecía un gran comienzo. Mi madre me había llamado más temprano para desearme buena suerte en la entrevista, recientemente Alma ha estado enferma debido al embarazo, dijo mi madre, no pregunté sobre ello o qué tenía, solo permanecí en silencio y esperé a que cambiara de tema. Mi madre tiene ese mal hábito de intentar mantenernos cerca, nada es como antes y nunca volverá a serlo. Cambiando a otro tema melancólico. Han pasado 3 días. Tres días desde ese intercambio superficial de mensajes con Luke. Un "voy a viajar" seco, sin muchos detalles. Y, desde entonces, nada más. Ni siquiera un hola. Nada. Se ha esfumado. Durante la caminata, no pude evitar la sensación de que, al igual que mi futuro profesional, nuestra relación se estaba desvaneciendo; de hecho, ni siquiera tenemos una relación, él no está dando espacio para crear nada entre nosotros. Pero entonces, mientras mis piernas se arrastraban por el frío asfalto, una melodía suave comenzó a fluir en el aire. El sonido, envolvente, venía de un estudio de ballet que nunca había notado antes. La música me atrajo más cerca. Fue como un llamado. Me detuve frente a la puerta de vidrio, los reflejos de bailarinas moviéndose como olas de un mar en calma. Era un espectáculo de elegancia y gracia, que me sacó de mis pesadillas. Las alumnas danzaban en armonía, cada paso emanando una belleza que parecía trascender la realidad. Me quedé allí, observando, fascinada. Recordé cuando era niña y soñaba con ser bailarina. Ese deseo frágil e ingenuo que, con el tiempo, fui enterrando bajo las responsabilidades de la vida adulta. Lo que más quería en aquel entonces era ser capaz de expresarme a través de la danza, perderme en movimientos que contaran historias. Sin embargo, las clases de ballet quedaron solo en la lista de sueños no realizados, sepultadas por prioridades que, en aquel momento, parecían más urgentes. Sentí una punzada de nostalgia mezclada con tristeza. ¿Qué habría pasado si hubiera insistido? Si hubiera dejado de lado la vergüenza, la inseguridad y me hubiera lanzado a ese mundo, aunque fuera pequeño y distante? La música y los movimientos a mi alrededor me hacían temblar de deseo. Quería unirme a esas chicas, sentir la madera del suelo bajo mis pies, dejar que la danza fluyera a través de mí. Cuando miro hacia atrás, a mi infancia, veo un mundo lleno de sueños y posibilidades. En aquellos tiempos, todo parecía tan simple. Las tardes eran largas, las sonrisas eran fáciles y la imaginación llevaba a mis amigos y a mí a lugares mágicos. Soñaba en grande, sin miedo a fallar. La vida era un juego, y cada día era una nueva aventura. Las amistades eran sinceras, construidas en risas y secretos compartidos. Éramos inocentes, creíamos que podríamos conquistar el mundo. No había prisa por crecer; solo estábamos viviendo, disfrutando el momento. La vida de niño está impregnada de una esperanza ingenua, donde los problemas parecen pequeños y fácilmente resolvibles. Pero a medida que crecemos, esta perspectiva cambia. La transición a la vida adulta trae responsabilidades, obligaciones y complejidades. Los sueños que antes parecían tan cercanos comienzan a distanciarse. Nos volvemos más cínicos, más cautelosos. Lo que antes era un campo abierto de posibilidades puede parecer ahora una carretera cubierta de incertidumbres. Las relaciones también evolucionan. De amiguitos a compañeros de vida, las dinámicas cambian. El amor y la amistad exigen más esfuerzo y comprensión. A menudo, nos enfrentamos a desilusiones y dolores que no experimentamos en la infancia. Es un proceso de adaptación, donde aprendemos que cada elección trae sus consecuencias. La vida adulta puede ser desafiante. A veces, echo de menos la ligereza de los tiempos de infancia, donde las preocupaciones parecían distantes. Sin embargo, es en la adversidad donde encontramos la fuerza. Aprendemos a luchar por nuestros sueños, a persistir incluso cuando los obstáculos parecen insuperables. Para cada desilusión, hay una nueva oportunidad de amar y ser amado. Para cada desafío, hay una oportunidad de crecimiento y descubrimiento. Hoy, mientras reflexiono sobre este viaje, me doy cuenta de que, incluso con todas las complicaciones de la vida adulta, todavía llevo a esa niña dentro de mí. Los sueños pueden haber cambiado, pero la esencia de la curiosidad y la esperanza permanece. Lo que antes parecía fácil puede ahora requerir más de mí, pero esa lucha también trae recompensas valiosas. Crecer es aprender a equilibrar los sueños de ayer con las realidades de hoy, siempre buscando encontrar la magia que, de alguna manera, nunca dejamos atrás.
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