Habia pasado un día y permanecía encerrada en aquel sótano, dimitri se había marchado con aquella mujer misteriosa, pero el hombre rubio se quedo para vigilarnos, intentaba ser cordial y agradable pero luego perdía el control.
No aguante mas y decidí hablarle, Nicolás estaba pegado a mi mientras dormía.
—Por favor dejame salir, si es dinero lo que necesitas mi esposo puede dartelo—dije intentando converselo, la verdad era que ni siquiera estaba segura que el vendría por mi, me habia marchado sin avisar, el asunto de la perdida de mi memoria, me llevo a todo esto.
—No es cuestión de dinero, Maritza—respondió finalmente, con un tono más sereno—. Hay asuntos mucho más importantes en juego aquí.
Sentí un nudo en mi estómago. Su respuesta no me tranquilizaba en lo más mínimo. ¿Qué quería de nosotros?
—Por favor, necesito salir de aquí. No puedo soportar estar encerrada por más tiempo. ¿Qué hay de mi esposo? ¿Dónde está Dimitri? ¿Quién es esa mujer con la que se fue?
El hombre rubio se mantuvo en silencio, pero pude notar una chispa de incomodidad en sus ojos. Sus manos temblaron ligeramente y su rostro se ensombreció.
—No puedo responder a todas tus preguntas en este momento, pero te prometo que haré todo lo posible para mantenerlos a salvo a ti y a tu esposo —dijo, con una mezcla de seriedad y preocupación.
Mis emociones se agolparon en mi pecho, un torrente de miedo, angustia y confusión. Quería confiar en él, quería creer que realmente nos protegería, pero algo en mi interior seguía alerta, alertándome de que algo no estaba bien.
Nicolás despertó y se aferró a mi brazo, buscando consuelo en mi abrazo. No podía evitar sentirme impotente y frustrada. Sentía que nuestras vidas estaban en manos de personas desconocidas, y no sabíamos qué esperar.
—Por favor, necesitamos respuestas. No puedo seguir en esta incertidumbre. Necesitamos saber qué está pasando y cómo podemos protegernos —suplicé al hombre rubio, tratando de mantener la calma a pesar de la ansiedad que me invadía.
El hombre rubio suspiró y se acercó lentamente hacia mí. Pude sentir su mirada penetrante clavada en mí mientras suspiraba.
—Lo entiendo, de verdad lo entiendo —respondió con una voz cargada de comprensión—. Pero hay cosas que no puedo revelarte por ahora.
Sus palabras me hicieron sentir algo de alivio, aunque todavía había una inmensa cantidad de temor bullendo dentro de mí. No era suficiente, necesitaba saber más, necesitaba entender la situación en la que nos encontrábamos.
—No puedo quedarme tranquila sin saber lo que está pasando, sin saber qué nos espera —dije, tratando de controlar mis emociones—. Por favor, necesito algo más, cualquier información que puedas compartir, ayudame a escapar.
El hombre rubio frunció el ceño mientras pensaba en mi petición. Su mano se posó sobre mi hombro, ofreciéndome un atisbo de consuelo.
—Entiendo tu angustia y lamento no poder darte todas las respuestas que necesitas. Solo puedo pedirte paciencia, no intentes escapar porque todo sera peor.
—¡Por favor—suplique—te daré todo el dinero que quieras
—¡No seas ridícula Maritza! Dinero tengo suficiente, pude darte el maldito mundo, pero decidiste seguir al lado de tu esposo muerto—gritó con furia.
—¿De que hablas?—pregunte confusa
—Te amo maldita sea, te pedí una oportunidad, se que no me recuerdas, pero yo he besado esos labios.
Mis ojos se abrieron como platos, maldita sea, necesitaba recordar
—Lo siento—dije en un susurro.
—No seas hipócrita, no sientes nada, y para que sepas mi nombre es Alejandro Fisterra.
En un abrir y cerrar de ojos, mi mente se inundó de emociones. Sentí como si el mundo se desplomara sobre mí. Los recuerdos, como páginas de un álbum de fotos, empezaron a desfilar ante mis ojos. Recordé el día en que firmé aquel maldito acuerdo matrimonial, prometiéndome a mí misma que sería para siempre. También recordé el momento en el que pensé ver a Max en la morgue, su cuerpo sin vida y mi corazón desgarrado por el dolor. Cerré los ojos con fuerza, abrumada por la intensidad del momento. Un dolor punzante se inscribió en mi cabeza, como si cada recuerdo volviera a golpearme con toda su fuerza.
Después de un breve instante, reuní el valor necesario para abrir mis ojos lentamente y enfrentar a aquel hombre que ahora se mostraba frente a mí. Su nombre resonó en mi mente como una verdadera traición: Alejandro.
—Alejandro, jamás pense que podías llegar a ser capaz de esto—dije mientras me levanté, para colocar a Nicolás en el sillón y luego acercarme a él.
—No me dejaste opción, te quiero para mi, no pensé que esto llegaría a tanto, pero tu amiga quiso mezclarte en todo, asi que solo me aproveché.
—¿Que amiga pregunte curiosa?.
Pero este no respondió, solo empezó a reír como loco.
Me acerque con decisión dándole una cachetada, el estruendo sonó en todo el lugar, Alejandro me tomo de los hombros para estamparme en la pared que estaba al lado de la mesa.
—No volverás a golpearme.
Comenzó a zarandearme y darme golpes con la pared, cada estruendo me arrancaba el aire, cruzo mi mejilla con una enorme bofeta, haciéndome mirar hacia la mesa.
Las lágrimas comenzaron a salir sin poder parar, pero en medio del llanto, pude ver un cuchillo, en un momento logre estirarme y agarrarlo, no lo pensé mucho, encajándolo en su hombro para después sacarlo.
—¡Maldita!—grito mientras me soltaba.
Intento nuevamente agarrame pero encaje el cuchillo en su pierna, corrí como loca y tome a Nicolás en mis brazos, tomando el camino de la escalera.
El miedo se apoderó de mi cuerpo mientras corría escaleras arriba aferrando a Nicolás con fuerza y protegiéndolo con cada fibra de mi ser. El llanto seguía embargándome, mezclándose con la adrenalina y la desesperación que inundaban mi ser.
Cada paso que daba resonaba con un eco ensordecedor en el hueco de la escalera, recordándome constantemente la peligrosa situación en la que nos encontrábamos. Sentía mi corazón latir con fuerza en mi pecho, como si quisiera escapar de mi cuerpo y dejar atrás el horror que estábamos enfrentando. El sudor se deslizaba por mi frente y mi respiración se volvía agitada, apenas capaz de llenar mis pulmones con el aire necesario.
La sangre en mis manos se volvía pegajosa, recordándome tanto el peligro al que nos estábamos enfrentando como la valentía que debía encontrar dentro de mí para proteger a Nicolás. Cada mirada hacia atrás, cada vez que escuchaba sus pasos acercándose, el terror se intensificaba, pero al mismo tiempo, sentía una determinación feroz arder en mi interior.
Por suerte la puerta del sótano estaba abierta, no lo dude un segundo y corrí, sin rumbo, ni dirección, solo corriendo.