**ALEXANDER** Mi secretaria me recibió con una sonrisa nerviosa, esa expresión que adoptaba cuando algo no encajaba en la rutina perfectamente orquestada de mis mañanas. —Buenos días, señor. Reprogramé las dos primeras reuniones para darle margen —dijo, con la eficiencia de quien conoce los ritmos de su jefe mejor que él mismo. Asentí, agradeciendo con la mirada. Había algo maternal en su gesto, una protección silenciosa que no pasaba desapercibida. Ella notó algo distinto en mí—quizás la manera en que mis hombros habían perdido esa tensión habitual, o cómo mis ojos parecían mirar a través de las cosas en lugar de atravesarlas—pero no preguntó. Llevaba años a mi lado y sabía cuándo no hacerlo, cuándo respetar el territorio sagrado de los asuntos privados. Caminé por el pasillo con p

