**ALEXANDER** Mis manos se crispaban en el borde de la mesa, los puños apretados, pero no me atrevía a alzar la voz. Sentía cómo la sangre me subía a la cabeza, esa rabia contenida que amenazaba con desbordarse en un arrebato de furia ciega. El impulso de gritarle, que se callara, de levantarse y golpear la mesa, de exigir respeto, quemaba mi garganta. Quería decirle que no tenía ni idea de lo que hablaba, que Alondra no era el problema, que quien había sostenido a Biby en medio del derrumbe, en medio del dolor, era ella. Que si alguien merecía respeto en ese momento, era esa mujer que ahora todos querían crucificar. Pero no lo hice. No todavía. Pero entonces, la voz de quien nadie esperaba se alzó en medio del desconcierto. —Tienes que hacerte un aborto. —era la madre de Biby. Mi herma

