CAPITULO CIENTO CUARENTA Y TRES

1199 Palabras

**ALEXANDER** La besé en la frente, en la nariz, en la barbilla, en los labios, cada uno de esos besos era una súplica silenciosa, un intento desesperado de aferrarme a ella, de mantenerla a mi lado en ese acto simbólico que decía más que mil palabras: que no quería dejarla ir, que su presencia era indispensable en mi vida. Eran besos llenos de angustia, de nostalgia, de la impotencia que sentía por no poder detener el tiempo y retener ese instante para siempre. Sentí, en lo más profundo, el impulso de abrazarla con más fuerza aún, de envolverla en un abrazo que la hiciera sentir segura, protegida, lejos de las heridas, de los secretos y de las miradas ajenas. Quería llevármela a un lugar solo nuestro, donde el mundo no existiera, donde solo nosotros pudiéramos existir, sin sombras ni fa

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