Capítulo 2 — El Bar y el Desconocido

2890 Palabras
Bruna No sabía cuánto tiempo había pasado desde que me dejé caer sobre la cama del motel hasta que abrí los ojos de golpe, con la sensación de que algo me ahogaba. La luz que se colaba por la cortina era tenue, anaranjada, del tipo que daban los letreros de neón y los postes de la calle. El calefactor seguía vibrando con su zumbido cansado, y el aire en la habitación olía a encierro y a una soledad que no era la mía, pero amenazaba con adherirse. No podía seguir allí. Estar sola en ese cuarto significaba pensar, y pensar era volver a ver a Derek, a la otra mujer, la cama, el libro de mi padre al lado de la traición. Era recordar que había regresado a Northwood Falls, el lugar donde la Navidad había dejado de ser un festejo y se había convertido en una fecha marcada por un vacío enorme, por secretos que asfixiaban, por sollozos ahogados y lamentos de dolor y culpa frente a un féretro. Un adiós marcado solo por un papel. Solo una acta de defunción, que nadie quería leer. Me levanté sin prender la luz. Me lavé la cara en el baño con agua fría que tardó demasiado en salir clara. Me miré en el espejo: los ojos enrojecidos, el pelo hecho un desastre, el rímel corrido formando sombras oscuras debajo de mis párpados. Con un poco de esfuerzo, podría haber dicho que iba disfrazada de espíritu resentido de las navidades pasadas. Me peiné rápido, recogí el cabello en una coleta y me cambié de suéter por uno n***o, más grueso, que al menos disimulaba la sensación de estar expuesta. Me puse el abrigo, palpé la billetera en el bolsillo y salí del cuarto como si huyera de un incendio que solo yo podía ver. Afuera, la noche ya había caído por completo. Northwood Falls estaba bañado por un resplandor cálido y falso: luces navideñas colgando de los balcones, estrellas luminosas pegadas en las ventanas, renos y Papás Noel inflables moviéndose con el viento helado. No quería ir a ningún lugar donde pudiera encontrarme con gente que conociera mi apellido, mi historia o el fantasma de la chica que había sido. Así que descarté el centro del pueblo, la calle principal con sus cafés y bares decorados de manera “acogedora”, las terrazas con estufas exteriores y mantas rojas listas para las fotos familiares perfectas. Caminé en dirección contraria. Hacia el límite del pueblo, donde los locales eran más viejos, los letreros más apagados y la gente menos interesada en hacer preguntas. Allí, casi pegado a una calle secundaria que bordeaba una hilera de árboles desnudos, encontré un bar que recordaba vagamente de mi adolescencia. Un lugar al que uno iba cuando no quería que me vieran, cuando necesitaba perderme entre desconocidos. El letrero de madera sobre la puerta estaba gastado, casi no se leía el nombre. Solo se distinguía el dibujo de una jarra de cerveza y unas luces amarillas que parpadeaban. Empujé la puerta y entré. El interior estaba caldeado, con ese calor que no viene de una calefacción eficiente sino de demasiados cuerpos respirando el mismo aire denso. Olía a alcohol, a madera húmeda y a fritura. Una vieja máquina de música sonaba en una esquina, intentando imponer un villancico rockero que nadie escuchaba. Un partido de algo estaba en la televisión sobre la barra, sin sonido. Me acerqué al mostrador y me senté en uno de los taburetes, agradeciendo que hubiera espacio libre. El barman era un hombre de mediana edad con una barba desprolija y ojeras de turno eterno. Me miró con curiosidad, como si ya hubiera visto demasiadas versiones de mí ese invierno. —¿Qué te sirvo? —preguntó. No bebía fuerte. No solía pasar de una copa de vino o una cerveza, incluso en mis peores días. Pero esa noche no quería ser yo, no quería reconocer mis propios límites. —Whisky —respondí—. Solo. El barman levantó una ceja, aunque no hizo ningún comentario. Sirvió el whisky en un vaso corto y lo deslizó hacia mí. Lo miré unos segundos, observando cómo la luz amarilla se descomponía en su interior, antes de llevarlo a los labios. El primer trago quemó. Se arrastró por la garganta con violencia, obligándome a cerrar los ojos por un segundo. No fue agradable, pero agradecí esa incomodidad. Era la primera sensación intensa y real que tenía desde que abrí la puerta de mi apartamento y encontré a Derek con otra. Apoyé el vaso sobre la barra y me dediqué a observar. Había un par de hombres jugando al billar, discutiendo en voz alta sobre una jugada. Una mujer sola en una mesa, demasiado pendiente de su teléfono como para que su presencia fuera casual. Algunos grupos desperdigados, risas que se mezclaban con murmullos y el tintinear de las botellas. Nadie lucía especialmente feliz, pero al menos todos parecían tener una razón para estar allí que no fuera huir de sí mismos. Seguí bebiendo despacio. Sentía la cara más caliente, los brazos más livianos, los pensamientos un poco menos nítidos. No era suficiente para borrarlo todo, pero sí para aflojar las costuras del dolor. La puerta del bar se abrió y un golpe de aire helado barrió el lugar, arrastrando consigo olor a nieve húmeda y a noche. No miré de inmediato; solo cuando escuché el sonido de unas botas sobre la madera, algo en mi nuca se tensó. Fue una especie de alarma silenciosa. No de peligro, exactamente, sino de alerta. Como cuando entras a una habitación y sabes, sin razón aparente, que hay alguien allí mirando. Me giré apenas, lo suficiente para verlo sin parecer que lo hacía. Tenía un abrigo oscuro, el cuello levantado, el pelo revuelto por el viento. Una barba de unos días le sombreaba la mandíbula. Nada de eso era particularmente extraordinario, pero había algo en la forma en que caminaba, en el modo en que sus hombros parecían cargar un peso invisible, que encendió una chispa de reconocimiento en algún lugar profundo de mi memoria. Lo había visto antes solo que no recordaba de dónde... Se sentó a unos metros de mí, también en la barra, dejando un taburete vacío entre ambos. Le hizo un gesto al barman, como si ya supiera qué pedir. El hombre le sirvió una cerveza sin necesidad de preguntas. El desconocido tomó la botella, pero antes de beber, desvió la mirada hacia mí. Nuestros ojos se encontraron. Fue un choque intenso, silencioso, pero real. No había curiosidad casual en su expresión, sino algo más enfocado, como si me hubiera estado buscando sin querer admitirlo. Yo lo sostuve la mirada solo un segundo antes de volver a mi vaso, fingiendo indiferencia. El segundo trago de whisky fue menos agresivo. Tal vez me estaba acostumbrando. Tal vez simplemente ya no tenía suficientes defensas. —Elección interesante —dijo una voz masculina, grave, unos momentos después. Miré de reojo. Era él, claro, inclinado en mi dirección, con los codos apoyados en la barra. Sus ojos eran de un color indefinible entre el gris y el azul, y tenían ese brillo cansado de quien ha visto demasiado y no está impresionado por nada. —¿Qué? —pregunté, sin mucha intención de ser amable. Señaló mi vaso con un gesto mínimo. —Whisky solo, en un lugar apartado, en una noche helada como esta… —ladeó la cabeza—. O es una pésima idea o estás teniendo un muy mal día. —Podrían ser las dos —respondí, llevándome el vaso a los labios—. No veo por qué haya que elegir. Una comisura de su boca se levantó. —Justo lo que pensé —dijo—. La zona de confort navideña está un poco más hacia el centro. Allí tienen cócteles con azúcar en el borde y villancicos originales y sonrientes. —Hizo un gesto vago hacia la puerta—. Esto… es más territorio de casos perdidos. —Entonces estoy en el lugar correcto —contesté—. No vengo bien en las estadísticas últimamente. Su mirada se detuvo en mi rostro como si quisiera descifrar algo más. No preguntó. Agradecí eso casi tanto como el alcohol. —¿Y tú qué? —pregunté, por cortesía, o tal vez por evitar silencio—. ¿Vienes a brindar con los fantasmas del bar o eres el guardián oficial de los casos perdidos? —Depende del día —respondió—. Hoy me inclino por lo segundo. —Le dio un sorbo a la cerveza—. Aunque tengo entendido que una de las reglas es no preguntar nombres. —Perfecto —dije—. Hoy estoy de humor para ser una desconocida… y puedes llamarme, como quieras, Patricia… Rosa… Elizabeth… Sus dedos se tensaron un instante alrededor de la botella. Fue casi imperceptible, pero yo estaba mirándolo. Algo cruzó sus ojos, una chispa breve, una sombra. Si hubiera sido menos alcohol y más sentido común, tal vez habría prestado atención. —Tranquila —dijo, encogiéndose de hombros—. Yo tampoco tengo nombre esta noche. —¿Y qué tienes? —pregunté, dejándome arrastrar por la ironía—. ¿Un título, un rol, un cargo? Él me observó durante unos segundos, como si ponderara qué respuesta sería más honesta. —Digamos que soy… —su sonrisa se ladeó con un matiz oscuro— el tipo al que no deberías acercarte cuando ya empezaste con whisky solo. —Entonces llegaste tarde —repliqué—. Ya estoy metida en el error. Se rió, una risa baja, rasposa, que se deslizó por mi piel como una serpiente de lujuria que se instaló en mi entrepierna. El villancico de la máquina de música cambió a otra canción igual de insoportable, y el mundo se redujo a la barra, al vaso, a la electricidad que empezaba a tensar el aire entre ambos. Comentamos lo ridículas que eran algunas decoraciones, él bromeó con quemar el árbol gigante de la plaza “por motivos científicos”, yo le dije que había vuelto al pueblo contra mi voluntad, sin explicarle por qué. No cruzamos datos específicos: ni edad, ni trabajo, ni familia. Era como si los dos aceptáramos, sin decirlo, que aquello tenía que mantenerse en una burbuja aislada del resto de la vida. Pero, por debajo de las palabras, algo crecía. Sus ojos se quedaban un segundo de más en mi boca cuando hablaba. Yo notaba el recorrido de sus dedos jugando con la etiqueta de la botella, imaginándolos en mi piel. El alcohol desdibujaba las líneas del juicio, y la soledad hacía el resto. En algún momento, no supe cuándo exactamente, el bar pareció hacerse demasiado pequeño. O quizá fuimos nosotros los que nos desplazamos hacia un punto donde ya no importaban las mesas, ni la televisión, ni las risas de fondo. Solo sentía el peso de su mirada sobre mí, el calor que empezaba a acumularse bajo mi abrigo, una ansiedad extraña que no venía del dolor sino de una necesidad más básica: dejar de pensar. Él dejó la botella casi vacía sobre la barra, se incorporó despacio y se inclinó hacia mí. —Creo que esto dejó de ser un encuentro casual —murmuró, tan cerca que pude oler la mezcla de cerveza y menta—. Y te aseguro que no soy tan buena compañía como parece. (...) —Tengo el listón muy bajo —respondí—. Te sorprendería lo que acepto esta noche. Sus ojos descendieron a mi garganta, luego volvieron a los míos. El gesto fue deliberado, íntimo. —No deberíamos —dijo, aunque sus labios dibujaban lo contrario. —Exactamente —contesté. Y en ese “no deberíamos” compartido hubo una decisión. Se apartó de la barra, dio unos pasos hacia la zona del fondo, donde un pasillo estrecho conducía a los baños, y se detuvo un segundo, lo justo para que yo entendiera la invitación implícita. Podría haberme quedado en el taburete, haber pedido otro whisky y convencerme de que no necesitaba añadir otra mala idea a la lista. Pero me levanté y lo seguí. El pasillo estaba peor iluminado que el resto del bar. Las paredes tenían manchas viejas, el piso crujía y olía a desinfectante sobre una base de humedad. El sonido del bar llegaba amortiguado, como si ya estuviéramos del otro lado de algo. Él empujó la puerta del baño individual y entró primero, dejándola apenas entornada. Yo la cerré detrás de mí. No hubo discurso previo ni pausa para repensarlo. Me empujó contra la puerta, sus manos a ambos lados de mi rostro, sin tocarme aún, como si me ofreciera un segundo de escape. No lo tomé. Fue él quien acortó la distancia. Su boca se hundió en la mía con una hambre contenida durante demasiado tiempo. No fue un beso de prueba; fue uno que reclamaba. La barba incipiente me arañó la barbilla y las mejillas, mientras me recordaba que esto era real y ahora. Me aferré a su abrigo como si fuera lo único que me mantenía en pie, notando la dureza evidente de su erección que presionaba contra mi vientre, tan solo separados por la ropa. El calor de su cuerpo atravesaba lana y algodón, y su respiración, pesada y caliente, se mezclaba con la mía. El mundo se redujo a eso: al azulejo frío en mi espalda, al peso de su torso aplastándome, al sabor mezclado de whisky y cerveza. Sus manos se deslizaban por mis brazos, se detuvieron en mi cintura y me pegaban más a él hasta que no quedó ni un centímetro de aire entre nosotros. Sentí cómo mi propio deseo, líquido y urgente, se derramaba entre mis piernas, empapando la tela, traicionándome. Entre beso y beso, su voz ronca vibró contra mis labios. —No tienes idea… de cuánto tiempo he deseado esto. Por un instante, mis neuronas intentaron trabajar. ¿Cuánto tiempo? ¿Desde cuándo? ¿Lo conocía? ¿De dónde? Mi cerebro intentó procesar fechas o nombres; estaba demasiado ocupado registrando la presión de su muslo abriéndose paso entre los míos. —¿Eso crees? —susurré, intentando aferrarme a la ironía que siempre me salvaba—. Entonces no pienses. No esperó más. Mis manos buscaron su cinturón mientras las suyas bajaban mi pantalón, sacándome una de las piernas, con una urgencia que rayaba en la violencia suave. Me levantó lo suficiente para que mi pierna se enroscara en su cadera, buscando la fricción exacta que necesitaba. Gemí dentro de su boca cuando su erección, ya libre, se deslizó caliente y pesada contra mi ropa interior empapada. La ropa se convirtió en un enemigo mutuo. Botones que saltaban, cremalleras que bajaban con sonidos metálicos, telas que se hacían trizas y caían. Había torpeza, codos que chocaban, una risa breve y jadeante cuando casi perdimos el equilibrio. Pero la risa se transformó en gemido cuando sus dedos finalmente me encontraron, resbaladizos, y se hundieron en mí sin ceremonias. Tomó su erección en su mano y me penetró allí mismo, contra la puerta, con una embestida profunda que me arrancó un grito ahogado. No fue delicado ni lento; fue crudo, necesario, exactamente lo que ambos llevábamos conteniendo. Cada movimiento me empujaba contra la madera, el sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con respiraciones rotas y jadeos que no intentábamos contener. Sentí cómo me abría, cómo se deslizaba, cómo me invadía y llenaba, cómo cada roce me acercaba al olvido que tanto necesitaba. El placer se acumuló rápido, brutal, hasta que mi mente se quedó en blanco y solo quedaba el latido entre mis piernas, la presión creciente, el instante exacto en que todo dentro de mí se rompió en un orgasmo silencioso… devastador que se apretó alrededor de su masculinidad. Él siguió moviéndose sin clemencia hasta que su respiración se entrecortó, su cuerpo tembló y terminó derrumbándose contra mi cuello, con un gruñido bajo y caliente que sentí más de lo que escuché. Por un momento, no existió Derek, ni mi padre, ni el pueblo entero. Solo quedaba el pulso entre mis muslos temblorosos, el peso de su cuerpo todavía dentro de mí, y el olor a sexo impregnado en el aire cerrado del baño. Cuando todo terminó, el silencio cayó de golpe, pesado. Nos quedamos respirando con dificultad, aún pegados, como si ninguno de los dos supiera cuál era el protocolo posterior a una catástrofe autoinducida en el baño de un bar. Fui yo quien dio el primer paso atrás. Separé las manos de su abrigo, bajé la mirada para arreglar mi ropa con movimientos automáticos. Evité mirarlo directamente, no por vergüenza moral, sino por pura autopreservación. Sabía que si me detenía demasiado en sus ojos, en su boca enrojecida, en la imagen de cómo había sido hace unos segundos, corría el riesgo de empezar a preguntarme cosas que no quería contestar. Salí del cubículo y fijé la mirada en el espejo manchado sobre el lavamanos. Tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados y el pelo hecho un desastre. Parecía alguien que había intentado arrancarse la tristeza a base de contacto físico. Quizá lo había conseguido. Quizá no. Él se acomodó el abrigo en silencio. Podía sentir su mirada en mi nuca, pesada, cargada de algo que no quise interpretar. —Bruna…
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR