Cole
No esperaba verla. Mucho menos así.
Había ido al bar solo para despejarme, cansado de esa mezcla entre nostalgia y rutina que se instalaba en mí cada diciembre. El Mistletoe Tavern —aunque nadie usaba ese nombre ridículo— siempre había sido mi refugio para los días en que necesitaba silencio, cerveza fría y un ambiente donde ninguna maldita canción navideña sonara en bucle. Pero esa noche, al empujar la puerta y sentir el golpe de aire tibio mezclado con olor a madera y grasa, supe que algo era distinto.
Y no me di cuenta de inmediato de que era ella.
Vi una figura sentada en la barra, el cuerpo ligeramente inclinado hacia su vaso, la luz cayendo sobre sus mejillas enrojecidas por el frío o por el alcohol. No sé por qué me detuve a mirarla.
Había algo en su postura, en el ángulo de su cuello, que me llamó la atención antes incluso de poder identificarla. Pero cuando la vi girar, cuando sus ojos chocaron accidentalmente con los míos, me quedé sin aire.
Bruna Hale.
De todas las personas que podrían haber estado en ese bar, de todos los fantasmas posibles, apareció el único que nunca conseguí enterrar.
Había cambiado. No era solo su expresión: era todo su cuerpo el que contaba otra historia. Sus facciones estaban más marcadas, había adelgazado, aunque las curvas estaban cada una en su lugar.
Sus hombros, antes relajados, ahora cargaban una rigidez que no le conocía. Incluso su postura, más cerrada, protegía algo que no podía ver pero que reconocía en la forma en que apretaba el vaso.
Y aun así, había una belleza nueva en ella, más delineada, más adulta, pero también más vulnerable. Su mirada conservaba el mismo color, pero no la misma luz. Ahora tenía sombras. Sombras que no estaban allí siete años atrás.
Ver esos cambios físicos solo despertó en mí una inquietud mayor; si su cuerpo había cambiado así… ¿cómo era ahora por dentro? ¿Qué la había roto, moldeado o endurecido de esa manera?
Al principio, supe que no me había reconocido. No había en sus ojos ni un destello, ni una sospecha. Para ella, yo era un desconocido. Y, aun así, el impacto que sentí cuando la vi fue tan violento que tuve que sentarme de inmediato para no hacer el ridículo.
Quise hablarle desde el instante en que la reconocí. Quise decir su nombre, tocar su hombro, hacer algo que justificara todos los años que pasé siguiendo su sombra desde lejos. Pero no podía. No después de tanto tiempo. No después de haber jurado que si alguna vez regresaba, no sería yo quien molestara su vida otra vez.
Y tampoco sabía qué hacía allí. Bruna había dejado Northwood Falls hace siete años, justo después de la muerte de su padre.
Aaron había dicho que ella necesitaba aire, distancia, un nuevo comienzo. Yo me aparté como siempre lo hice. Él me lo pidió directamente, con ese tono protector que usaba cuando se trataba de ella.
Y yo… como idiota obedecí. Porque Aaron era mi mejor amigo, y porque lo último que quería era poner en riesgo la única amistad verdadera que tuve en toda mi vida.
Así que verla allí, tan cerca que podía escuchar la forma en que respiraba, fue como un golpe entre las costillas que llevaba demasiados años esperando...
Intenté darle tiempo. Observé cómo bebía, cómo sus dedos jugaban con el borde del vaso, cómo miraba la sala con ese tipo de alerta silenciosa que tienen quienes han recibido demasiados golpes recientes.
No era la Bruna luminosa que recordaba, la que siempre estaba rodeada de gente aunque ella no lo buscara. Esta versión era más… afilada... más rota... cargada de una soledad que lastimaba.
Pero seguía siendo Bruna.
Y yo seguía siendo el idiota enamorado que nunca dijo nada.
Cuando le hablé por primera vez, me escuché desde afuera, como si otra persona tomara control de mis palabras. Ella respondió con esa ironía sutil que siempre había tenido, y por un momento, siete años se comprimieron en un parpadeo.
Era ella. Era exactamente la mujer que nunca pude olvidar, y aun así estaba completamente distinta.
La conversación fluyó de manera extraña, como si ambos estuviéramos bordeando algo que no se podía nombrar. No dije mi nombre, y ella tampoco quiso decir el suyo, aunque ya lo sabía.
«¡Maldita sea! Lo tenía tatuado en mi piel, ¿cómo podría no saberlo?»
Había imaginado cómo sería volver a verla, pero jamás así. Jamás en un bar oscuro, oliendo a whisky y con las sombras de la Navidad cubriéndola como si quisiera esconderse del mundo.
Jamás de la forma en que terminó pasando.
Porque cuando caminé hacia el pasillo de los baños y ella me siguió, no hubo espacio para el pensamiento lógico. No hubo sitio para la nostalgia, ni para el respeto, ni menos para aquella promesa silenciosa que le hice a Aaron años atrás.
Solo existió un impulso tan visceral, tan reprimido, que sentí que llevaba media vida esperando ese exacto momento.
Y cuando la puerta se cerró detrás de nosotros… el resto desapareció.
No fue suave. No fue delicado. No fue nada parecido a las fantasías cuidadosas que construí en silencio desde la secundaria.
Fue real.
Fue ella.
Y eso me destruyó y me completó al mismo tiempo.
La forma en la que me besó, la manera en que me tocó, la urgencia con la que se entregó a ese instante… Bruna no estaba pensando en mí. No estaba pensando en nadie. Estaba huyendo de algo. Y aun así, tenía mi boca en su cuello, mis manos en su cintura, mi cuerpo pegado al suyo. Tenía su nombre a punto de salir de mis labios, pero lo contuve.
Y cuando la escuché ahogarse en su propio aliento, cuando la sentí estremecerse alrededor de mi erección algo dentro de mí se rompió. No fue solo deseo o lujuria. Fue la certeza brutal e inmediata de que ese instante iba a marcar el resto de mi vida.
Quise hablarle justo después. Quise decir su nombre, pronunciarlo como si fuera una plegaria, preguntarle si estaba bien, si me recordaba, si sabía que llevaba años deseando exactamente eso: tenerla entre mis brazos sin que nada más existiera.
Pero cuando levanté la mirada para encontrar la suya… ya no estaba.
La puerta del baño todavía se balanceaba. El aire se había helado por su ausencia. El suelo tenía marcas de nuestras prisas. Pero ella se había ido.
Bruna Hale había salido sin mirar atrás.
Otra vez.
Me quedé allí, con las manos aún temblando, la respiración agitada y una frase que nunca llegué a decirle suspendida en mi garganta.
Sentí el corazón golpearme con una fuerza que no sentía desde hace siete años, como si necesitara recordarme que seguía vivo. Que ella seguía teniendo poder sobre mí.
Me apoyé contra la pared, intentando ordenar mi mente, pero cada intento era inútil.
Todo en mí estaba acelerado, alterado y más despierto que nunca…
Esa noche había cambiado algo. No sabía qué, pero lo sentía incrustado a los huesos, en esa parte de mí que nunca había dejado de tener diecisiete años.
¿Bruna estaba de vuelta? ¿En ese bar, sola, tomando whisky? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así?
Salí del baño antes de que el aire me ahogara. Crucé el bar sin mirar a nadie, consciente de que mis pasos eran demasiado rápidos para alguien que intentaba parecer normal. Pagué sin prestar atención al total y empujé la puerta hacia afuera.
El frío de la noche me golpeó como un balde de agua helada. Respiré hondo, tratando de calmarme, pero no funcionó. La nieve caía en copos lentos, pesados, iluminados por las luces que intentaban parecer navideñas del estacionamiento.
Me pasé una mano por el rostro e incliné la cabeza hacia atrás.
Bruna había vuelto. Y no solo había vuelto al pueblo. Había vuelto a mí, aunque ella no lo supiera.
Siempre pensé que si alguna vez la tenía tan cerca, sabría qué decir, qué hacer. Pero la realidad fue distinta, y de algún modo más sorprendente…
Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Mis emociones, antes que mis recuerdos. La reconocí sin que mis ojos necesitaran confirmarlo.
Y ella no me reconoció… No recordó los años juntos.
No supe qué parte dolía más.
Pero incluso así, con esa punzada amarga, no podía ignorar la otra sensación que hervía bajo la piel, mezclándose con la adrenalina y la incredulidad.
Una certeza.
Lo que había ocurrido no era casualidad.
Habían pasado demasiados años, kilómetros de distancias, muchos silencios para que ese encuentro fuera solo un accidente. Sentí, con una seguridad casi irracional, que esto llevaba tiempo esperando el momento exacto para cumplirse.
Mi deseo de Navidad.
Así lo había llamado siempre, en secreto.
Un deseo tan ridículo que nunca se lo confesé ni a Aaron, que solía reírse de mis supersticiones. Desde la primaria, desde que vi a Bruna Hale por primera vez con dos trenzas y un cuaderno lleno de estrellas dibujadas, cada Navidad pedía lo mismo: que, ella fuera el sendero de mi vida y de alguna manera, un camino nos juntara.
Cada año, fallaba. Cada año, ella se alejaba más. Cada año, yo enterraba el deseo un poco más profundo.
Pero esa noche… algo había cambiado.
Al fin se había cumplido; ella había regresado y nuestras vidas habían coincidido en un punto que ninguno de los dos podía ignorar.
Y, por primera vez, no pensé en Aaron. No pensé en su advertencia. No pensé en el código no escrito que había respetado durante media vida.
Solo la tenía a ella en mi mente.
En lo que sentí cuando la tuve entre mis brazos.
En lo que podría significar su regreso para ambos.
Me guardé las manos en los bolsillos, aspiré el aire helado y dejé que la certeza se asentara en mi pecho, pesada y definitiva.
«Esta vez, Aaron Hale...»