Bruna
La mañana siguiente se sintió como caminar sobre vidrios rotos fingiendo que era pasto.
Después de la pelea con Aaron, había dormido mal, despertando cada tanto con el sonido del catre quejándose o con la sensación de que alguien me llamaba desde la escalera. La segunda no era real, pero el cansancio sí. Me dolía la cabeza, tenía los ojos pesados y, aun así, cuando subí del sótano, me puse la máscara de siempre.
La de la hija funcional. La de la hermana que “está bien”. La de la invitada que no quiere molestar.
En la cocina, Marianne ya estaba con su taza de café, las gafas puestas y el ceño fruncido como si el mundo entero fuera una lista de pendientes mal resueltos.
Chelsea se movía a su alrededor con esa eficiencia brillante que parecía hecha para agradar. Sonreía, servía tostadas, comentaba algo sobre el clima nevado como si fuera un anuncio de televisión.
Cole estaba en la mesa, sentado del lado donde podía ver tanto la ventana como la entrada. Tenía el pelo revuelto, una camisa oscura arremangada hasta los antebrazos y un gesto de concentración distraída mientras revisaba algo en su teléfono.
Cuando levantó la vista y me vio, su expresión cambió por un segundo, apenas, como si hubiera contenido una sonrisa para no delatarse.
—Buenos días —dije, con un tono que no sentía propio.
—Hey —respondió Aaron desde la cafetera—. Hay café si quieres.
“Hay café.” Traducción: “No hablemos de anoche.” Acepté el acuerdo tácito.
Me acerqué a la mesa para tomar una taza vacía. Cuando estiré la mano hacia el frasco de azúcar, otra mano llegó al mismo tiempo. Sus dedos rozaron los míos.
El contacto fue mínimo, un choque suave de piel contra piel, pero me recorrió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío del sótano. Era calor, puro e inmediato, como si mi cuerpo recordara con más claridad que mi mente la forma en que él me había sostenido en ese baño del bar, la manera en que sus manos habían sabido exactamente dónde sujetar, dónde apretar, dónde perderse.
Me tensé sin querer. Retiré la mano un poco tarde.
El azúcar quedó a medio camino entre nosotros.
—Perdón —murmuró él, con una voz grave que rozó apenas mis oídos.
—No importa —respondí, intentando sonar neutral, como si no estuviera calculando mentalmente la distancia entre su silla y la mía.
Me senté. El borde de su rodilla rozó mi muslo bajo la mesa y tuve que concentrarme ferozmente en mi tostada para no reaccionar. Era como si mi cuerpo hubiera desarrollado una especie de memoria táctil exclusiva para él: cualquier roce, por mínimo que fuera, activaba algo que no debería activarse en casa de mi madre, en la cocina, con Aaron a menos de dos metros.
Levantar la mirada fue un error.
Chelsea nos observaba. No de forma evidente, pero sí con esa atención aguda de alguien que está acostumbrada a leer microgestos. Sus ojos azules se detuvieron en mí, luego en Cole, luego bajaron un segundo hacia el espacio entre nuestras sillas. Una fracción de segundo, nada más. Pero suficiente para saber que algo no le cuadraba.
El problema no era solo que hubiera algo.
El problema era que ese “algo” tenía nombre. Y estaba sentado justo frente a mí.
Terminamos el desayuno en un silencio raro, lleno de frases cortas y movimientos mecánicos. Después, la casa se fue acomodando en su rutina: Aaron salió un rato a la tienda, Cole se quedó ayudando con unas cajas del ático, Marianne se instaló en la sala con sus listas y Chelsea encendió la televisión de fondo, un canal de noticias mezclado con algún programa de chismes laborales.
Yo flotaba en medio. Subía y bajaba del sofá, ayudaba a poner adornos nuevos en el árbol, fingía interés en la conversación. Cole se mantenía cerca, sin exagerar, pero siempre en mi radio de alcance. Podía sentir su presencia incluso cuando no lo miraba directamente. Era como un campo magnético que me empezaba a resultar… peligroso.
En un momento, mientras colocábamos unos adornos en las ramas más bajas del árbol, nuestras manos se cruzaron de nuevo. Esta vez fueron sus nudillos los que rozaron la parte interior de mi muñeca. El contacto fue pequeño, pero despertó en mi piel la misma electricidad de la otra noche, la misma necesidad absurda de acercarme más, de comprobar que lo que había sentido no era producto del alcohol ni de la soledad.
Retiré la mano, un poco más rápido de lo necesario. Sentí la sangre subir a mis mejillas.
—¿Estás bien? —preguntó él en voz baja, sin mirar directamente, como si hablara del adorno y no de mí.
—Estoy perfecta —mentí.
Chelsea, desde el sofá, no se perdió nada.
—En mi trabajo pasó algo parecido —dijo de pronto, con un tono ligero—. Una compañera… bueno, más bien una mujer del servicio, terminó involucrada con uno de los jefes. La esposa del tipo fue a la entrada de la empresa a hacerle una escena. Un desastre. Gritos, escándalo, gente mirando desde las ventanas… parecía novela.
Marianne levantó la vista del cuaderno.
—Pobre mujer —comentó—. Imagínate enterarte así. Y esa amante, en vez de tener un poco de dignidad y mantenerse lejos, sigue en el lugar de trabajo, en medio de todo, como si fuera normal.
Chelsea asintió, encantada de tener audiencia.
—Eso mismo dijo la gente. Que la chica era muy impulsiva, que no pensaba en las consecuencias de sus actos. Que se metió en un lugar donde no le correspondía.
Marianne soltó una risa seca.
—Las mujeres impulsivas siempre hacen eso. Arruinan lo que no es suyo. —Se giró hacia mí, sin mirarme del todo, pero haciéndolo igual—. Lo mismo pasó con la amante de tu padre. Siempre aparecía cuando no debía. Al final, hizo pedazos una familia entera porque no supo quedarse en su lugar.
El golpe fue directo, sin anestesia. Sentí como si alguien me hubiera tirado una piedra al pecho.
La amante de mi padre.
La palabra “impulsiva” usada como arma. La comparación flotando en el aire, obvia sin siquiera mencionarme por nombre.
Sentí que el piso se movía debajo de mis pies. No porque no supiera la historia, esa mujer había sido un fantasma pegado a nuestra vida, aún antes de que yo naciera. Pero mi madre jamás dejó de recordármelo, y ahora acababa de unir piezas de puzzle que no debían ir juntas: ella, la amante, la intrusa… y yo.
El silencio que siguió hizo más ruido que cualquier explosión.
Cole dejó de moverse. Lo vi tensarse por el rabillo del ojo, como si luchara por no decir algo que le quemaba la lengua. Chelsea bajó la mirada hacia el teléfono, fingiendo que el comentario no tenía destinatario.
Yo respiré. Una vez. Dos. Tres. El pecho me dolió intentando retener el aire.
No quería llorar delante de ellas.
No quería explotar. No quería replicar en plena sala y regalarle a Marianne el espectáculo que, en el fondo, estaba buscando.
En lugar de eso, sentí cómo algo dentro de mí hacía clic. Una pieza final encajó en el lugar que faltaba.
Este no era mi lugar.
No lo era arriba, donde el árbol brillaba. No lo era abajo, en el sótano con olor a herramientas y mantas viejas. No lo era con Marianne, ni con Chelsea, ni siquiera con Aaron, que seguía viéndome con ojos de hermano mayor protector, pero resentido, herido por el abandono.
El problema era que mi cuerpo, en cambio, sí había encontrado un lugar donde quería quedarse. Y ese lugar respondía al nombre de Cole.
«¿Qué haces deseando —o algo terriblemente parecido— al mejor amigo de tu hermano en medio de este circo?»
Me levanté.
—Voy a bajar a ordenar mis cosas —dije, manteniendo la voz lo más estable posible.
Nadie intentó detenerme. Ni una sola pregunta. Ni un “¿estás bien?”. Nada.
Crucé la sala con pasos medidos, sin mirar a nadie. Al llegar a la escalera que bajaba al sótano, el silencio de la casa pareció amplificarse. Cada peldaño crujió bajo mis pies como si advirtiera del descenso. Me sujeté de la barandilla, sintiendo el cansancio acumulado en los hombros, en la nuca, en la espalda.
Quería irme.
De verdad quería irme.
Bajar, meter mis cosas en la maleta, tomar mi coche, desaparecer. Abandonar el rol de hija incómoda, de hermana incomprendida, de huésped en su propia casa.
Tenía un pie ya en el siguiente escalón cuando lo sentí.
No fue un sonido fuerte. Fue el cambio en la presión del aire, la sensación de que alguien se había acercado más de lo socialmente aceptable. Un calor detrás de mí que contrastaba con el frío que todavía subía desde el sótano.
Antes de que pudiera girar, dos manos se apoyaron a cada lado de mi cuerpo, una en la barandilla, la otra en la pared a mi espalda. Me quedé atrapada entre la madera y él.
Cole.
Podía reconocer su olor incluso con los ojos cerrados: una mezcla de jabón, menta y algo cálido, indefinible, que ya asociaba exclusivamente con él. Mi pecho rozó el suyo cuando me enderecé involuntariamente.
—No te vayas —dijo, en voz baja, tan cerca de mi oído que las palabras se deslizaron directas a mi columna—. Todavía no.
No fue una orden ni una súplica.
Fue algo en el medio, una petición con peso, cargada de algo que no tenía el valor de analizar a fondo.
Sus ojos estaban muy cerca. Tenía los labios apretados, como si contuviera todo lo que quería decir de golpe. El gesto en su rostro no tenía rastro de burla ni de ligereza. Era serio, dolido, perdido.
—No es tu decisión —susurré, aunque sonó menos firme de lo que pretendía.
—Lo sé —admitió—. Pero tampoco es justo que te empujen a irte de un lugar que también es tuyo. Y menos una arrimada.
Quise reír, pero no pude.
—No lo sientes tuyo si te mandan al sótano —respondí—. Ni si te comparan con… lo peor que recuerdan.
Él frunció el ceño.
—Lo que tu madre dijo fue una crueldad. No una verdad.
Bajé la mirada. Su mano se movió, lenta, desde la barandilla hasta mi brazo, rozándolo apenas, como si me diera tiempo a apartarme si quería. No lo hice. La piel me ardió bajo su toque, una calidez que contrastaba con el hielo que llevaba dentro desde hacía días.
—Bruna —dijo, pronunciando mi nombre como si lo probara con cuidado—. Lo que ellos piensen de ti no cambia lo que eres. Y no voy a quedarme sentado viendo cómo te rompen sin hacer nada.
Solté una pequeña risa amarga.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunté—. ¿Pelearte con Aaron por mí? ¿Decirle a mi madre que deje de tratarme como a una intrusa de mierda?
La comisura de su boca se levantó apenas.
—Sí —respondió—. Si hace falta, sí.
Lo miré, buscando el chiste, la exageración. No lo encontré. Solo vi una determinación que no recordaba haber visto en nadie en mucho tiempo, más cuando se trataba de mí.
El corazón me golpeó fuerte en el pecho.
—Esto es una mala idea —murmuré, aunque no di un solo paso atrás.
Sus ojos bajaron a mi boca, luego volvieron a subir, como si necesitara memorizar el camino antes de decidirse.
—Probablemente —aceptó.
Su mano subió un poco más, descansando en mi cintura, sin apretar, solo marcando una cercanía que ya existía desde antes de tocarme. El mundo se redujo al ruido lejano de la televisión, al crujido de la madera bajo nuestros pies y al espacio pequeñísimo que aún separaba nuestros labios.
—No te vayas todavía —repitió, más suave—. Quédate… unos días más.
Y entonces me besó.
No fue como en el bar. No hubo urgencia desesperada, ni manos apuradas, ni miedo a ser interrumpidos. Fue un beso lento, delicado, un choque de labios que empezó casi con timidez y se fue profundizando a medida que mi resistencia, esa que tanto había intentado mantener intacta, se deshacía como hielo al sol.
Su boca se movió sobre la mía con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo que ya venía agrietado.
No sabía si lloraba por lo que me había dicho mamá, por el beso o por todo junto… pero cuando me separé, supe que mis ojos estaban húmedos.
Sí, el problema tenía nombre…