Capítulo 10 — No debería mirarla así

1694 Palabras
Cole Intenté mantener distancia. Juro que lo intenté. La cocina parecía una escena cuidadosamente montada para que yo perdiera la paciencia. Bruna había intentado sobrevivir allí diez minutos. Yo la observé, intentando medir cuánto más podía soportar antes de romperse. Así que cuando Chelsea abrió la boca, supe que el desastre venía. No dijeron el nombre de Bruna. No tenían que hacerlo. Ella estaba de espaldas a nosotros, guardando unas cajas en un estante alto. Fingía que no escuchaba, fingía que no le importaba, fingía que su pecho no se rompía un poco más con cada segundo. Me hervía la sangre. Me ardían las manos por el impulso de golpearlas con palabras. No dije nada aún. Quería ver hasta dónde llegaban. Marianne lanzó la última estocada, el último clavo en el ataúd. Bruna se tensó por completo. Ni respiró. Y entonces, sin girarse, sin despedirse, sin pedir permiso… tomó aire, dejó las cajas a medio acomodar y caminó hacia las escaleras. Su figura desapareció escalón por escalón. Las dos serpientes volvieron a sus tareas, satisfechas como depredadoras después de una mordida exitosa. Me quedé callado unos segundos. Solo unos segundos. Y luego la sangre me subió a la cabeza. —¿Saben algo curioso? —pregunté, con tono amable. Ambas me miraron. Yo sonreí de lado, con un desprecio que no disimulé. —Las personas que más hablan de “responsabilidad afectiva” suelen ser las que menos entienden lo que significa tener un corazón. Chelsea parpadeó, confundida. —¿Lo dices por…? —Lo digo, en general —respondí, ladeando la cabeza—. Por esas personas que sienten la necesidad constante de… comparar, juzgar, criticar, subrayar los errores ajenos. A veces pienso que es porque temen mirarse en el espejo y que sus ojos puedan ver los propios. Marianne apretó los labios. —Cole, no es necesario... —Claro que es necesario —la interrumpí suavemente—. Por ejemplo, admiro mucho a quienes se obsesionan con mantener apariencias perfectas. Esa dedicación a que todo luzca impecable… incluso cuando por dentro está todo hecho una mierda. Fingí suspirar, como quien comparte un pensamiento inofensivo. —Debe ser agotador vivir así. Yo no podría. Chelsea tragó saliva. Marianne se quedó mirándome como si intentara decidir si había sido insultada. Yo ya estaba de pie. —Si necesitan algo —dije, señalando la escalera con una sonrisa educada—. Mejor no me busquen. Y me fui antes de que pudieran responder. Mientras cruzaba la cocina para dirigirme a la escalera, me detuve un instante junto al marco de la puerta. No porque quisiera darles la oportunidad de decir algo —si lo hacían, probablemente perdería la poca paciencia que me quedaba—, sino porque necesitaba unos segundos para no bajar en un estado de furia pura. Respiré hondo, aunque el aire se sintió espeso. Era absurdo, incluso para mí, reaccionar con tanta intensidad. ¿Qué demonios me pasaba? Había pasado años entrenándome para no intervenir, para dejar que Bruna manejara sus propias batallas, para no cruzar esa maldita línea que Aaron dibujó entre nosotros cuando teníamos quince años. Pero verla allí, quieta, tragándose cada palabra como si estuviera acostumbrada al veneno… Eso me desarmó. La imagen de ella en la secundaria se me cruzó sin permiso: Bruna con trenzas deshechas, un libro bajo el brazo, llorando después de la muerte de su padre y no pude abrazarla porque Aaron me lo prohibió con una mirada. Esa prohibición se había convertido en un hábito. Y ese hábito… estaba acabándose. Porque esta Bruna, la adulta, la que fingía no quebrarse mientras su familia la aplastaba suave, silenciosamente, me necesitaba de una forma que nunca habría pedido. Y yo no iba a fallarle otra vez. Me pasé una mano por el rostro. Sabía que ir detrás de ella iba a complicarlo todo. Sabía que estaba a punto de cruzar una línea que no tenía retorno. Pero también sabía que si la dejaba irse… no me lo perdonaría. El aire en la escalera estaba más frío, más denso. Podía sentir la soledad de Bruna como un perfume, uno que me atraía, uno que me rompía. La encontré apenas bajé, al pie de la escalera, con una mano apoyada en la pared como si necesitara sostenerse. No había llorado aún, pero estaba a un suspiro de hacerlo. Por un segundo, pensé en hablarle desde lejos. En decir su nombre con cautela, mantener distancia, actuar como el amigo de su hermano que siempre fui. Pero cuando dio un pequeño paso hacia atrás, instintivo, como si temiera que incluso el aire pudiera lastimarla, algo se rompió en mí. Estaba tan... desolada, como si alguien hubiera apagado todas las luces que llevaba dentro. Y por primera vez en años, sentí miedo. No de ella. De mí. De lo que estaba a punto de hacer. Había pasado media vida diciéndome que no podía tocarla, que no debía mirarla así, que no era mi lugar consolarla ni sostenerla ni desearla. Todo eso estaba construido sobre una única regla que juré respetar: Bruna está prohibida. Pero verla así… rota en silencio, tratando de no desmoronarse donde nadie pudiera verla… Me arruinó cualquier juramento. Bruna siempre había sido un incendio. Ahora parecía una llama a punto de extinguirse. Y lo peor fue que ella ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba allí. Ni de que estaba a segundos de derrumbarse. Ni de que el simple hecho de verla así me provocaba un dolor tan físico que sentí el pulso en la garganta. La escuché inhalar. Un sonido pequeño, frágil. Y ese gesto mínimo, ese temblor apenas perceptible, me hizo decidirlo. No pensé en Aaron ni en las consecuencias. Solo pensé en ella. Y en que si no la tocaba en ese instante, si no hacía algo para detener la caída, iba a perderla otra vez. Caminé hasta dejarla atrapada entre mi cuerpo y la barandilla, mis manos a cada lado de su cintura sin tocarla aún, pero marcando la frontera de ese pequeño mundo que solo tenía espacio para nosotros dos. —Cole… —susurró, sin decidir si pedirme distancia o más cercanía. —No te vayas —dije, bajando la cabeza hasta que nuestras frentes casi se rozaron—. Todavía no. Y la besé. No hubo pensamiento previo. No hubo cálculo, no hubo permiso explícito. Solo la certeza de que ese beso tenía que ocurrir. Sus labios se abrieron contra los míos primero con timidez, luego con hambre. Mis manos subieron por sus brazos, hasta su rostro, hasta ese lugar donde siempre tenía que contenerme para no tocarla demasiado pronto. Ella me agarró de la cintura, como si necesitara algo firme para no desmoronarse. Y ahí, justo ahí, cuando el beso empezaba a volverse más profundo… sentí algo caliente contra mis dedos. Sus lágrimas. No intenté detenerla, o decirle que no llorara. Eso habría sido una falta de respeto. Ella no necesitaba que la corrigieran: necesitaba que la sostuvieran. Así que la abracé fuerte, la cara escondida en mi pecho, mis manos abarcando su espalda entera mientras ella soltaba lo que llevaba conteniendo desde que llegó a esta casa. Éramos solo respiración, piel y silencio. Nada más. Pasó un rato antes de que se separara. Apenas unos centímetros. Suficiente para verme a los ojos. —Bruna —dije suavemente. Ahí estaba, terriblemente hermosa en su tristeza. Y peligrosamente mía en mi cabeza. —No deberías escucharlas —murmuré. —No puedo evitarlo —respondió, la voz quebrada. —Deberían agradecer que no dije todo lo que pensaba —añadí—. Porque créeme… tengo un diccionario entero dedicado a ese tipo de gente. Ella soltó un sonido que no era risa ni llanto. Algo a medio camino entre ambas cosas. Y yo ya estaba perdido. Bajó la mirada un instante, como si buscara recuperar el control antes de volver a abrir la boca. Sus dedos se enredaron en el dobladillo de mi camisa, apenas un segundo, lo suficiente para sentir el temblor que se escondía debajo de su piel. —No sé por qué estoy así —susurró, más para ella que para mí—. No debería afectarme tanto. Quise decirle que sí sabía por qué, que cualquiera en su lugar estaría destrozado, que no era débil por sentirse herida, que era humana, que era brillante, que era demasiado para este pueblo que adoraba tragarse a los sensibles. Pero si lo decía, iba a quebrarse otra vez. Así que solo levanté una mano y, con el dorso de los dedos, retiré una lágrima que le había quedado en la mejilla. No para consolarla sino para memorizarla. Ella cerró los ojos un segundo ante mi toque, como si necesitara ese breve descanso, ese silencio que se formó entre nosotros. Un silencio tan íntimo que sentí que podía escuchar el latido acelerado de su corazón… o quizá era el mío. Quise abrazarla otra vez. Quise besarla de nuevo con más calma, más profundidad, más intención. Y supe que si me pedía quedarme allí toda la noche, lo haría sin pensarlo. Su respiración se volvió más lenta. Sus hombros se aflojaron. Y por un momento, sentí que ella estaba empezando a ceder… no solo al beso, sino a mí. Ese fue el momento exacto en que decidí que no iba a alejarme más. —Lo siento, Cole —murmuró—. Esto es… inapropiado. La palabra me encendió la sangre como gasolina. —No —respondí demasiado rápido, demasiado airado—. No, Bruna. Ya se terminó eso de “apropiado”. Ella abrió los ojos. —Y también se terminó vivir según lo que piense tu hermano —seguí, con la respiración pesada—. Aaron tiene su vida. Yo quiero la mía. Y ahora… tú estás en ella. Silencio... de ese que hace que quieras arrancarte la piel con tal de que se acabe. —Así que… si quieres dejar de lado todo prejuicio —añadí, bajando la voz—, sabes dónde voy a estar. Me alejé despacio, sin romper la conexión de nuestras miradas. Y subí la escalera dejándole abierta la puerta más peligrosa de su vida.
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