Capítulo 11 — Actividad navideña obligatoria

1884 Palabras
Bruna Dormí de a rato, cada vez que mi mente se acercaba al descanso, el recuerdo de la escalera volviera a encenderse: las manos de Cole a cada lado de mi cuerpo, su boca sobre la mía, su voz diciéndome que ya se había acabado eso de lo “apropiado”. En algún momento de la noche, decidí que lo mejor sería comportarme como si nada hubiera pasado... porque era lo único lógico y maduro que podía hacer para no perder la poca cordura que me quedaba. Me lavé la cara en el minúsculo baño del sótano hasta que las mejillas me ardieron. El espejo me devolvió una versión de mí con ojeras, el pelo alborotado y los labios demasiado conscientes de haber sido besados. Me até el cabello en una coleta desprolija, me puse el primer suéter grueso que encontré en la maleta y subí las escaleras con la decisión de no mirar demasiado tiempo a nadie. En especial, a él. La voz de Chelsea me recibió antes que el olor a café. —¡Bruna! Justo a tiempo —canturreó, como si fuéramos amigas de toda la vida—. Te estaba buscando. Ya empezábamos mal. Entré en la cocina. Aaron leía algo en el teléfono con el ceño fruncido, Marianne revisaba una lista en una libreta y Cole estaba apoyado contra la mesada, con una taza de café entre las manos. Se enderezó apenas me vio, y esa microreacción —tan mínima que el resto no la notó— me bastó para que el corazón me diera un salto tonto. Fingí no verlo. O fingí mejor de lo que me sentía capaz. —¿Buscándome por qué? —pregunté, acercándome a la cafetera. —Porque tengo una noticia maravillosa —anunció Chelsea, inflando el pecho—. Hoy comienza la “Gira de espíritu navideño”. Es una especie de competencia de actividades, en equipos. Y… —hizo una pausa dramática—, todos vamos a participar… yo los inscribí. Apreté con fuerza la taza vacía. —¿Cómo que nos inscribiste? —pregunté, con una calma que no sentía—. ¿Sin preguntar? —Ay, Bruna, es una tradición familiar, hay que apoyarla —intervino Marianne, como si se tratara de un deber patriótico—. Además, no viniste solo a encerrarte en el sótano y comer, ¿verdad? No estaba segura. Y la comida era su forma perfecta para echármela en cara sin alzar la voz. Aaron dejó el teléfono a un lado. —¿Desde cuándo tenemos una tradición familiar? ¿Qué tipo de actividades son? —preguntó, resignado de antemano. —Desde que comenzó la Gira, hace cinco años. Además son cosas lindas —respondió Chelsea, moviendo las manos en el aire—. Armar el muñeco de nieve más creativo, una competencia de galletas, algo de villancicos que todavía no entendí bien… El caso es que se hace en la plaza del pueblo. Es divertido, la gente vota, hay premios… —Déjame adivinar —murmuré—. ¿Premios en forma de cupones para comprar más adornos navideños? Chelsea rió, como si yo hubiera hecho un chiste adorable. —No seas Grinch —me pidió—. Nos hará bien a todos. Además, ayuda a la tienda de Aaron a hacerse ver. Ahí me miró mi hermano, en silencio. Ese tipo de mirada que mezclaba “por favor, no me arruines esto” con “no tengo fuerzas para discutir”. Suspiré. —Está bien —cedí—. Pero si esto incluye cantar en público, me niego. —Ya veremos —dijo Chelsea, demasiado contenta—. Salimos en media hora. Abrígate. No quise mirar a Cole. Pero lo hice de reojo, igual. Estaba sonriendo contra el borde de la taza, como si supiera algo que yo no. O como si no pudiera evitar estar complacido con que yo, a pesar de todo, siguiera allí. La plaza del pueblo parecía el escenario de una película navideña que alguien había decorado con demasiado entusiasmo. Había puestos con chocolate caliente, carteles pintados a mano, guirnaldas colgando de los faroles y un escenario pequeño donde un hombre con gorro rojo daba instrucciones por un micrófono que chillaba de vez en cuando. Los equipos se registraban en una mesa. Chelsea nos llevó casi arrastrando. —Familia Hale, Mercer y Rivers —anunció, con una sonrisa radiante—. Estamos todos. La mujer de la mesa revisó una lista y nos dio unas cintas de colores para atarnos en la muñeca. —Son equipos de dos —explicó—. Tienen actividades en diferentes estaciones. Cuando terminen una, se hace la votación, les sellan la tarjeta y pasan a la siguiente. Chelsea rozó el brazo de Marianne con afecto. —Voy con Marianne —decidió—. Somos un gran equipo logístico, ¿no? Mi madre sonrió, encantada. Aaron miró a Cole. —Supongo que vamos tú y yo —dijo—. Así tenemos más chances de ganar. No sabía de dónde le salía esa lógica, pero parecía aliviado de tenerlo cerca. —En realidad… —lo interrumpió Chelsea, con una sonrisa de complicidad—. Le prometí a mi sobrina Katie iba a estar en un buen equipo, es su primera Gira. Pensé que podías ir con ella, Aaron, ya la conoces. Cole puede ir con Bruna. Ella no conoce bien las actividades y él sí. Sentí que el suelo bajo mis pies se inclinaba un poco. Cole no dijo nada. Solo se giró a mirarme, y en su mirada había un brillo que mezclaba sorpresa, diversión y algo que me erizó la piel. —Si a Bruna no le molesta —dijo él por fin. Me tragué la respuesta sarcástica. Podría haber dicho que sí me molestaba. Podría haber escapado. Pero Katie, la sobrina de Chelsea, nos miraba con cara de ilusión adolescente, Marianne parecía satisfecha con la decisión y Aaron se limitó a apretar los labios para no protestar. —Está bien —dije—. Supongo que sobreviviré. —Excelente —dictaminó Chelsea—. Primera parada: estación de muñecos de nieve. El área designada para los muñecos era una parte de la plaza donde la nieve se había acumulado en montículos casi perfectos. Había otras parejas por todas partes: niños con padres, parejas jóvenes, abuelos con nietos. En el centro, un cartel pintado decía “CREA AL ESPÍRITU DE LA NIEVE” y un voluntario explicaba las reglas. —Tienen veinte minutos para hacer el muñeco de nieve más grande y creativo que puedan —anunció, agitando un cronómetro—. Pueden usar la ropa que traigan puesta o cualquier accesorio que tengan encima. Nada de ir a comprar cosas en medio del juego. Miré a Cole. —¿La ropa que traemos puesta? —pregunté—. Perfecto, vamos a terminar con hipotermia. Él soltó una pequeña risa. —No seas dramática. Tengo doble bufanda —dijo, abriendo el abrigo para mostrármelo—. Puedo sacrificar una por el arte. Se quitó la bufanda y la chaqueta, quedándose en un jersey oscuro que se ajustaba demasiado bien a su cuerpo como para que mi cerebro funcionara adecuadamente. El aire frío le enrojeció la nariz, pero él parecía no notarlo. —¿En qué piensas? —preguntó, al ver que me quedé mirándolo un segundo de más. —En que vas a pescar una neumonía —mentí—. Y yo no voy a cuidar de ti. —Mentirosa —respondió con calma—. Me cuidarás porque me adoras. Rodé los ojos para no admitir nada. Comenzamos a juntar nieve con las manos, formando las tres bolas clásicas. Cole insistió en que debían ser gigantes, yo insistí en que no era necesario que el muñeco midiera dos metros. Discutimos por la forma de levantar la bola superior hasta que él, sencillamente, la tomó entre sus brazos y la colocó arriba como si no pesara nada. —Eso no fue justo —protesté, con las manos entumecidas—. Nadie dijo que podíamos usar súper fuerza. —No la uso muy seguido —respondió, guiñándome un ojo—. Solo cuando hay una Hale mirando. Le arranqué los guantes con un gesto teatral y se los puse al muñeco como si fueran parte del diseño. Usamos mi gorro para la cabeza, su bufanda para el cuello y unas ramitas que encontramos cerca para hacerle una especie de corona torcida. —Le falta la nariz —murmuré, inclinando la cabeza—. Nuestro rey de nieve necesita una zanahoria, ¿no? Cole miró alrededor con exagerando los movimientos, como si estuviera evaluando al público. Luego bajó la vista hacia mí, y su sonrisa adquirió ese filo peligroso que me desarmaba. —Creo que tengo una —dijo en voz baja. Antes de que pudiera preguntar dónde, me tomó de la muñeca y guió mi mano hacia su muslo, bajo la capa de tela de su pantalón. Sentí una dureza firme y larga que me sacó un suspiro que no conseguí disimular, más un jadeo breve que él, por supuesto, notó. —Tranquila —susurró, entretenido con mi reacción—. Solo estoy buscándola. Mi cara ardía. Él rió bajito, victorioso, y entonces sí, extrajo del bolsillo interior una zanahoria perfecta, orgulloso como si hubiera realizado un truco de magia. —Aquí está —anunció, moviéndola entre los dedos—. Aunque admito que la confusión fue… encantadora. Antes de que pudiera golpearlo con un puñado de nieve, se inclinó y dejó un beso rápido en mi mejilla, cálido incluso en medio del frío. —Te ves preciosa así —murmuró contra mi piel—. Toda sonrojada por mi culpa. Retrocedí un paso para recuperar el aire. Él solo sonrió como si hubiera ganado otra competencia invisible. Cuando el voluntario se acercó a evaluar, nuestro muñeco parecía un rey de nieve ligeramente borracho. —No está mal —comentó—. Creativo. Raro. Me gusta. Nos reímos. Y en algún punto, entre el frío en los dedos, las pequeñas discusiones sobre el tamaño del muñeco y la coordinación, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: adrenalina que no era dolor. Competencia. Diversión. Vida. Cole se inclinó hacia mí mientras los jueces deliberaban, fingiendo acomodar la bufanda del muñeco para cubrir la cercanía. —Si no estuviera tu hermano mirándome con cara de homicida —susurró, sin apartar la vista del muñeco—, te comería la boca ahora mismo. El calor me subió a la cara tan rápido que por un segundo agradecí el viento helado. —Compórtate —murmuré, sin saber qué otra cosa decir. —Lo intento —contestó—. Créeme que lo intento. Anunciaron a los ganadores. Una pareja de padres jóvenes con dos niños, que habían hecho un dragón de nieve con múltiples colas, se llevó el primer lugar. Nosotros quedamos segundos. Nos dieron una cinta roja y un cupón para chocolate caliente. —Oye, nada mal para tu primera Gira —dijo Cole, levantando la cinta como si fuera un trofeo olímpico. —Solo significa que la humillación será mayor cuando me haga polvo en la cocina —repliqué. Él sonrió con demasiada confianza. —Ah, no. En la cocina vamos a ganar.
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