Bruna
No sabía para qué cabaña me estaba llevando exactamente, pero no hice preguntas. Con tal de salir de esa casa, habría seguido a Cole hasta la Antártida.
La camioneta avanzaba por el camino rural, las ruedas crujiendo sobre la nieve helada. Las ramas desnudas de los árboles se inclinaban con el viento, como manos que intentaban advertirnos de algo. Él conducía con el ceño fruncido, atento a la carretera, pero su mandíbula apretada revelaba todo lo que no decía en voz alta.
Yo aún sentía el pulso acelerado por la visita de Derek, y por cómo Cole había intervenido. Por cómo había estado dispuesto a enfrentarlo sin dudarlo.
Por cómo me había sostenido con una sola mirada cuando yo no sabía ni dónde apoyarme.
Llegamos a la cabaña comunitaria unos minutos más tarde. Era pequeña, con un techo inclinado cubierto por una capa gruesa de nieve y un porche que crujió bajo nuestras pisadas. No había nadie, como Cole había prometido. Nadie que escuchara. Nadie que interrumpiera. Nadie que viera nada.
Comenzamos a bajar las cajas de la camioneta. Ropa, mantas, juguetes, libros. El silencio entre nosotros era denso, pero no incómodo. Era el tipo de silencio que antecede a una pregunta inevitable.
Cole la hizo mientras tomaba una caja con ambas manos.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
Sentí un tirón en el pecho. Supuse que era cuestión de tiempo antes de que él preguntara.
—Un año y medio —respondí, colocando una bolsa de abrigos sobre la mesa de madera.
Él asintió, pero su mirada insistió en profundizar.
—¿Y cómo empezó todo?
Suspiré. La historia sonaba ridícula incluso en mi cabeza.
—Nos conocimos en un desfile de moda. Yo estaba haciendo una cobertura para la revista —expliqué—. Él insistió en invitarme a salir. Recién acepté la quinta.
—Persistente —murmuró Cole, levantando una ceja.
—Molesto —corregí, aunque una sonrisa se me escapó.
Él la notó. Siempre la notaba.
—¿Y tú? —preguntó, apoyando los codos en una caja para mirarme directamente—. ¿Alguna vez estuviste realmente enamorada de él?
Abrí la boca, y nada salió. No sabía qué responder. O sí sabía, pero no quería admitirlo.
—Pensé que sí —dije por fin—. Hasta que dejó de importarle esconder lo que hacía cuando yo no estaba.
Cole apretó la mandíbula, como si quisiera romper algo con los dientes.
—Idiota —sentenció.
—Gracias por la objetividad —respondí, irónica.
—No —dijo, más calmado—. No hablo como amigo de Aaron. Hablo como hombre. Solo un idiota pierde a alguien como tú.
Sentí el calor subirme a las mejillas como si alguien hubiera prendido una estufa dentro de mi abrigo. Me giré hacia la ventana para ocultar la reacción.
—De todas formas —agregué—, no vale la pena. Lo encontré con una modelo en nuestra cama hace unos días. Ni siquiera voy a fingir que la situación era confusa.
Cole no respondió de inmediato. Se acercó, lento, como si temiera hacer un ruido incorrecto y romperme.
—Te lo mereces todo, chiquita —murmuró, esa palabra escapándose de él como si fuera parte de su respiración—. Todo lo que él no supo darte.
Me quedé inmóvil.
Chiquita. Otra vez.
Y esta vez resonó más profundo, más íntimo... más mío.
Abrí la boca para decir algo, cualquier cosa, pero el viento golpeó la ventana con un sonido seco. Ambos miramos hacia afuera.
La nevada había empeorado.
En cuestión de segundos, los copos ligeros se convirtieron en una cortina gruesa y blanca. El viento aullaba entre los árboles, empujando la nieve en remolinos.
Cole caminó hasta la puerta, la abrió apenas unos centímetros y la cerró de inmediato.
—Estamos atrapados —dijo, sin dramatismo, solo constatando—. No voy a arriesgar la camioneta con este viento.
Sentí cómo mi estómago descendía un poco y subía otro tanto. La idea de quedarme atrapada con Cole en una cabaña aislada era tan peligrosa como... tentadora.
—Genial —respondí, frotándome los brazos—. ¿Cuánto crees que dure?
—Lo suficiente para que te dé mi chaqueta —dijo, ya quitándosela.
—No, estás loco, tú también tienes frío…
No terminé la frase. Él me la puso sobre los hombros sin pedir permiso. La tela aún conservaba su calor, su olor... ambas cosas.
Me envolvió y yo no sabía si debía aceptar o huir.
—Gracias —susurré.
—De nada —respondió, con esa voz suave que me derrumbaba más que las tormentas.
Los minutos pasaron mientras tratamos de ordenar las donaciones, la tormenta empeoró y el tiempo dejó de importar.
Empecé a temblar sin darme cuenta. No sabía si era el frío… o el hecho de estar encerrada con él.
—Voy a encender la estufa —dijo Cole—. Y después… veré qué encontramos para cenar. ¿Sabes cocinar algo que no sea hamburguesas quemadas?
—Puedo hacer agua caliente —repliqué, alzando la barbilla.
—Impresionante —sonrió—. Entonces deja que el chef se encargue.
Era absurdo lo bien que se movía en la pequeña cocina, como si la cabaña fuera suya. Encontró pasta, salsa en frasco, y comenzó a cocinar como si no hubiera una tormenta golpeando las paredes ni un silencio eléctrico entre nosotros.
Lo observé de lejos, con los brazos cruzados, intentando controlar el temblor. Era inútil.
—Ven aquí —ordenó suavemente.
—Estoy bien.
Él me dedicó una mirada que decía claramente no necesitas mentir.
Me acerqué.
—Si te quedas quieta, te vas a congelar —explicó.
Y entonces, sin darme tiempo para procesarlo, se puso detrás de mí, deslizó sus brazos alrededor de mi torso y me atrajo contra su pecho.
Cerré los ojos.
—¿Así mejor? —murmuró contra mi sien.
—No —respondí, sin aire—. Peor.
Él rió suavemente, y sentí la vibración en mi espalda.
Cenamos pasta tibia al lado de la estufa, sentados en el piso, con las luces bajas y el viento como única compañía.
Compartimos historias cortas, chistes incómodos, silencios largos que decían demasiado. La tormenta no daba tregua.
Cole comía sin apuro, apoyado contra la pared, la luz de la chimenea recortando su perfil con un brillo suave que me obligaba a mirarlo más de lo prudente.
—¿Alguna vez pensaste en irte del pueblo? —pregunté, sin saber por qué surgía esa pregunta justo ahora.
Cole dejó el tenedor a un lado, como si la idea lo hubiera sorprendido.
—Sí —respondió al cabo de unos segundos—. Muchas veces.
Esperé algo sarcástico, una excusa, cualquier cosa para evitar abrirse. Pero no. Esta vez solo había sinceridad en su tono.
—¿Y por qué no lo hiciste? —insistí, no solo por curiosidad; quería entender qué lo mantenía anclado aquí, en un lugar donde él parecía encajar y yo nunca había encajado del todo.
Él inhaló hondo, mirando la estufa como si el fuego le ayudara a ordenar sus pensamientos.
—Porque todo lo que conozco está aquí —dijo al fin—. Mi mamá, mi padre… además, Aaron, los chicos del taller. Supongo que me dio miedo empezar de cero. O perder algo que… —Se detuvo, ladeando la cabeza con una media sonrisa cansada—. Algo que pensé que volvería antes.
Lo miré sin pestañear. No dijo mi nombre, no había necesidad de hacerlo.
Tratando de romper la tensión, tomé un último bocado de pasta, pero un poco de salsa quedó en la comisura de mis labios. Lo noté tarde, justo cuando Cole clavó los ojos allí. Levanté una servilleta, pero él se inclinó antes de que pudiera usarla.
—Espera —susurró.
Su pulgar rozó mi piel con cuidado, limpiando la mancha con un gesto tan simple que no debería haber significado nada. Pero significó.
Mucho.
Me quedé inmóvil, incapaz de respirar. La yema de su dedo era cálida, firme, familiar de una manera que no tenía derecho a serlo. Cuando se apartó, lo hizo lento, como si hubiera sido él quien necesitara memorizar el contacto.
—Listo —murmuró.
—Gracias —logré decir, aunque mi voz sonó distinta, más suave tal vez.
Él bajó la mirada hacia mi boca apenas un instante, pero suficiente para que la temperatura de la cabaña subiera unos grados. O tal vez era solo yo.
—No me mires así —dije, medio en broma, medio suplicando.
Él sonrió.
—No puedo evitarlo, chiquita.
El viento rugió contra la ventana, pero dentro de la cabaña el silencio se volvió espeso y tibio, como si la tormenta estuviera ahora atrapada entre nosotros dos.
Cuando terminamos de comer, Cole se estiró, mirándome con esa expresión que ya sabía leer demasiado bien: mezcla de diversión, deseo y problemas.
—Sabes —dijo él, apoyando un codo en la mesa baja—, existe una regla básica de supervivencia en tormentas de nieve.
—¿Ah, sí?
Asintió con una seriedad cómica.
—El calor corporal. Dos cuerpos juntos conservan más temperatura que uno.
Lo miré sin parpadear.
Él levantó una ceja.
—Y, científicamente hablando —añadió—, la falta de ropa ayuda.
Le di un empujón suave en el hombro, pero estaba sonriendo.
—No seas idiota.
—No dije que tuviéramos que hacerlo —respondió, aunque la picardía en su voz decía otra cosa—. Solo informo datos.
—Claro —dije, cruzándome de brazos—. Datos.
Él bajó la voz.
—Además… —sus ojos recorrieron mi rostro— si se trata de calor corporal… —sonrió apenas—, creo que los dos podríamos… contribuir.
Tragué saliva.
—Calor corporal… —repetí—. Y algo más.
Cole dejó de sonreír.
Y la tormenta afuera rugió como si acabara de darnos permiso.