CAPÍTULO 42: Agradecimientos

1174 Palabras
Duke No me doy ni un respiro para no pensar en ese beso y, a pesar de mis heridas y del cansancio acumulado, pasé toda la noche y el día siguiente tratando de entender cómo ese hombre logró entrar en el sótano con tanta facilidad, sorprendiendo incluso a los guardias que pensaban que era uno de los nuestros. Parece que pasó bastante tiempo como soldado en la familia Moretti—la del Don—y hace poco se cambió a la familia Bellini. Tendré que investigar más sobre el tema…Algo no encaja. También, Pietro estuvo investigando medidas de seguridad más eficaces y Sebas me ayudó a establecer nuevas normas para mi famiglia. La famiglia Bellini es grande y cuenta con muchos soldados, de los cuales conocemos sus antecedentes e incluso los vigilamos por un tiempo por si están involucrados en algo sospechoso. Pero ahora eso ya no es suficiente, así que las cosas van a cambiar: a partir de ahora, las admisiones se controlarán de manera estricta y todos los soldados volverán a estar bajo vigilancia. Además, a partir de ahora solo Sebas, Carlos y Pietro podrán acceder a la zona familiar sin previa autorización. No quiero que Isabel vuelva a enfrentarse a una situación peligrosa, ni que la vida de mi hijo corra riesgo. Un pensamiento intrusivo que no puedo descartar fácilmente, se cruza por mi mente: no soy capaz de protegerlos… Intento quitarme la camisa para ducharme, pero las vendas y el cabestrillo del médico me lo impiden; al tirar de la tela me vuelven a doler las heridas. Un golpe en la puerta interrumpe mis pensamientos. —No quiero ver a nadie —digo, necesito estar solo. —Padre… —Enzo abre la puerta, y detrás de él aparece Isabel, ambos vestidos con pijamas. La mujer me ve luchando con la camisa y el cabestrillo y corre a mi lado para ayudarme. Sin mirarme, retira el cabestrillo. Al girarme para quitarme la camiseta, intenta ayudarme de nuevo por detrás y su tacto despierta ciertas necesidades en mi. A Enzo eso no le pasa desapercibido. —Voy a ducharme. Ahora después os llamo. Mi hijo me observa y alza una ceja: —Madre, creo que mi padre necesita ayuda…—finge un bostezo— yo creo que voy a dormir, la verdad es que tengo mucho sueño… —Enzo, te acompaño—dice Isabel poniendo la mano en su cabeza. —No hace falta.—dice Enzo lanzándome una mirada significativa y se marcha. Isabel se aprieta las manos. Ese gesto siempre lo hace cuando está nerviosa. Y entonces recuerdo el beso que nos dimos anoche. j*der, cómo me dejé llevar de esa manera. —Vete—suelto, intentando que se aleje de mí. Normalmente cuando se lo ordeno se marcha, para no hablar conmigo. —Al menos voy a prepararte lo que necesitas para ducharte. Para que no tengas que mover mucho el brazo y te mojes las vendas del hombro… —No es necesario. —Pero Enzo estaba realmente preocupado y es lo mínimo que puedo hacer. —No pasa nada, he estado en situaciones como estas muchas veces, mujer —digo, quitándome el cinturón con intención de intimidarla. Ella evita mirarme, pero en lugar de irse, se dirige al baño. Entre los ruidos del agua y los armarios, entro en el baño solo con ropa interior. No baja la mirada en ningún momento, aunque claramente le cuesta mantener la compostura. Sorprendiéndome, me mira y me dice algo avergonzada —Me gustaría hablar contigo después…¿Es posible?—dice mientras que sale del baño. ¿Qué va a decir? ¿Algo sobre el beso? Y eso qué importa. El beso es lo peor que pude hacer, porque ahora quiero repetir…y ella no se merece que la use de esta manera. Hacer que se corra es una cosa y besarla es otra. Yo no beso a las mujeres, j*der. Salgo del baño solo con un pantalón de deporte, que me he puesto haciéndome daño en el proceso; secarme también ha sido todo un reto. Ella me espera sentada en la cama, y mi contención amenaza con resquebrajarse ante las ganas que tengo de f*llarmela en este momento. —Duke... quiero aclarar el asunto del Consigliere—me mira seriamente—No le dí información de vosotros al Consigliere. Pensé en hacerlo, sí, pero nunca llegué a dar el paso. Enzo significa algo para mí, aunque no quieras creerlo… No lo mencioné antes porque la desesperación pudo más. Estoy seguro de que dice la verdad. No lo vi antes, y por mi error la encerré, poniéndola en riesgo. —Duke, tenía miedo de que a mi familia le pasara algo…—la preocupación se refleja en su mirada cuando me observa. —No te preocupes por tu familia. Dejalo en mis manos. Le he pedido a Miguel que se haga cargo de la familia de Isabel y, no sé cómo pero ha conseguido que se cambien de residencia. Sus ojos brillan con agradecimiento, y eso me golpea por dentro. No lo merezco. Soy un asesino, un hombre despreciable que la amenazó y la obligó a casarse solo para cumplir los deseos de otros o los míos propios. “Era la única forma de que no terminaras en manos de los rusos o del Consigliere”, me repito una y otra vez, como si eso pudiera redimirme. Necesito alejarme de ella, necesito que no sienta ni una pizca de afecto por mí. Y aun así, a veces, me resulta imposible y cada día me cuesta más. Nunca debí hablarle de mi eomma, ni de mi hermano… jamás debí abrirme con ella. Me mira el cabello mojado y se dirige al baño a agarrar una toalla. Cuando regresa empieza a secarme el pelo con cuidado. —Vete, no soy Enzo. No tienes que cuidarme—digo intentando sonar lo más duro posible. Ella alza su mirada pero sigue con su tarea ignorando lo que le he dicho. Me aparto con fastidio, y es entonces cuando su voz me alcanza: —Solo quería agradecerte por evitar que ese hombre me matara, si no hubieras llegado… —Es lo mínimo que podía hacer, estas en mi casa y eres mi rehén…—esa última palabra la digo con voz pastosa. —De igual forma, te hiciste daño y estabas herido…—empiezo a enfadarme y mi cuerpo se tensa. No soporto la idea de que se sienta tan agradecida, ni mucho menos que me vea como una especie de héroe por haber evitado que la apuñalaran. Tengo que asustarla. —Si quieres agradecermelo en vez de cuidarme como si fuera mi hijo, chúpame la p*lla—digo casi chillando y con la mandíbula tensa. Quiero que vaya de aquí, J*der. Me giro, esperando oír la puerta cerrarse detrás de mí, pero el silencio se prolonga. Cuando vuelvo la vista, la encuentro arrodillada, mirándome con una mezcla de vergüenza y determinación que hace que mi corazón se salte un latido. Me cago en todo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR