El reloj del pasillo marcaba las ocho en punto. Isabella se había quedado sola, de pie junto a la máquina de café del hospital, mirando su reflejo difuso en el metal. Aún sentía el calor de la mano de Camila. Aún podía oler su perfume. Y entonces llegó Renata. Su caminar era firme, elegante, pero su rostro estaba tenso. En cuanto se acercó, la herida volvió a abrirse. —¿Puedo saber qué clase de espectáculo estás dando, Isabella? —espetó, con la voz seca, sin rodeos. Isabella giró lentamente. La miró sin miedo, aunque por dentro se le removía todo. —¿Perdón? —No te hagas la tonta. Camila. Esa muchacha. ¿Qué hace aquí vestida de médica, caminando por esta clínica como si fuera suya? ¿Y por qué la tomas como si fuera tu pareja delante de todos? Isabella respiró hondo. Muy hondo. —Porqu

