El aire afuera estaba pesado, cargado de humo y el olor metálico de la sangre. Las llamas aún iluminaban el cielo oscuro, algo que solo formaba parte de ese cruel recordatorio del caos y la destrucción que acababan de dejar atrás. Alessandro llevaba a Kath en brazos, casi arrastrándola hacia la seguridad. Su respiración era irregular, y el sudor se mezclaba con el polvo y la suciedad en su rostro, pero no soltaba a Kath, que parecía haberse rendido al dolor. Al llegar a una zona despejada, sus pasos se ralentizaron cuando vieron a Sergei Ivanov, el líder ruso. Estaba apoyado contra los escombros, su torso ensangrentado y un brazo colgando inútilmente a su lado, cubierto de heridas. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos seguían siendo fríos y calculadores. Alrededor de él, algunos de los

