En la oscuridad de la gran mansión Costa, el silencio era intenso, roto solo por el eco suave de las pisadas de Augusto Costa, “el Don” el mismo hombre que se hacía llamar "Leandro Quinn" para pasar desapercibido. El porte altivo y poderoso del hombre que desde la sombras había saboteado a la mafia Brown en diversas ocasiones, dominaba el ambiente, mientras caminaba por el salón principal. Los suelos de mármol brillante reflejaban las luces de los candelabros que colgaban del techo alto. A lo lejos, dos mastines españoles de pelaje oscuro y ojos penetrantes se mantenían de pie, con sus cabezas alzadas y vigilantes, los perros guardianes eran sostenidos firmemente por los guardaespaldas que manejaban sus cadenas. El Don llevaba en su mano derecha una copa de cristal finamente tallada, ll

