Pov Arabella Salimos de la boutique con más bolsas de las que puedo cargar. Bolsas llenas de diminutos pantaloncitos, camisetas, gorritos y hasta un abrigo que parece hecho para un príncipe. Vladimir se encargó de pagar todo sin parpadear, como si estuviera comprando una caja de cerillas en vez de media tienda. Camina a mi lado, imponente, como si la acera le perteneciera, con las manos en los bolsillos del abrigo y ese aire de que sabe exactamente lo que está haciendo… aunque yo no tenga la menor idea. —No hemos terminado —dice, y sus ojos ámbares me recorren fugazmente. —¿Terminado qué? —pregunto, ajustando las bolsas entre mis brazos. —Vas a venir conmigo a un lugar. No me da más explicación. Solo me abre la puerta del coche blindado y espera a que suba. La calefacción me envuelv

