Pov Arabella El silencio pesa. No es ausencia de ruido; es un bloque de cemento apoyado en el pecho. Estoy sentada frente a la puerta del quirófano, con las manos frías, pegadas entre sí como si así pudiera sostenerme. La luz blanca del pasillo zumbando allá arriba, el olor a desinfectante, el eco esporádico de un paso lejano… y nada más. La puerta no se abre. No se abre. No se abre. Respiro hondo y me arde. Siento el cuerno de diamante azul sobre la piel, frío, clavado. Promesa de protección, dijo. Juramento. Y yo, idiota, jugando a estar por encima de todo. Sé que no debo moverme, pero la pierna golpea el piso, un vaivén nervioso que no puedo detener. Me quito la bufanda: está seca. La que empujé contra su herida quedó en el coche, empapada, roja. Me tiembla la mandíbula. No voy a llo

