Arabella había cambiado su vestido de novia por uno blanco crema. Era de seda, con tiras sutiles que le daban ese toque de delicadeza que solo ella poseía, a la vez que conservaba la sensualidad que volvía loco a Vladimir. Ambos estaban en una de las mesas, sentándose mientras todos los miembros de la Bratva le entregaban regalos, tal como lo dictaban las reglas. Arabella sostenía una copa de vino en su mano, con una pierna cruzada sobre la otra y los ojos fijos en las personas que llegaban. Mientras tanto, Vladimir aún vestía su traje, tenía un vaso de whisky con hielo en su mano izquierda y la mandíbula apretada. Estaba obstinado con la celebración; solo quería irse a su maldita luna de miel y ya. —¿Qué te pasa? Parece que no puedes disfrutar de tu propia boda, Pakhan —dijo Arabella con

