COMPRA

1092 Palabras
CAPITÁN Mis botas resonaban en los pasillos con cada paso firme y decidido. Aún podía sentir el calor de su cuerpo en mis manos, la forma en que su piel tembló bajo mi tacto, y el sonido de su voz jadeante pronunciando esas dos palabras que ahora me pertenecían. "Sí, papi." Mi mandíbula se tensó al recordar cómo se ajustó a mí, cómo su interior tembloroso cedió a mi invasión hasta rendirse por completo. Era mía. Y lo sería hasta que yo lo decidiera. Cuando llegué a la oficina del Gerente, empujé la puerta sin anunciarme. El hombre, con su traje barato y su hediondo perfume, alzó la vista de unos papeles, esbozando una sonrisa nerviosa al verme entrar. —Capitán, qué honor— —Voy a ser claro. —Corté su bienvenida, cerrando la puerta detrás de mí. Un sonido seco, definitivo.— Girasol es mía. Nadie más la toca. Nadie más la mira. Nadie más la lastima. El Gerente parpadeó, fingiendo sorpresa. —Eso no funciona así, Capitán. Estas chicas están aquí para— Antes de que pudiera terminar la frase, saqué mi arma y la coloqué sobre su escritorio con un golpe sordo. No tuve que apuntársela. Solo el peso del metal sobre la madera bastó para hacerle tragar saliva. Me incliné sobre el escritorio, mi sombra envolviéndolo como un manto de amenaza. —No me interesa cómo funciona esto. —Mi voz era baja, gélida—. A partir de hoy, nadie pone un solo dedo sobre ella. Si descubro que alguien la toca, la lastima, o siquiera la mira con intención, lo mataré. Y después, vendré por ti. El hombre tragó saliva, pero intentó mantenerse firme. —Esto es un negocio, Capitán. Girasol es muy solicitada, su pérdida significaría— —Dime cuánto. Silencio. El Gerente pestañeó un par de veces, calibrando la situación. Sabía que no estaba en posición de negociar, pero su codicia era más grande que su miedo. —Sería un precio alto. No puedo permitir que simplemente— Deslicé la pistola hacia él, haciéndola girar lentamente sobre el escritorio con mis dedos. El sonido del metal raspando la madera llenó la habitación. —Dije. Dime. Cuánto. El Gerente tensó los labios y escribió una cifra en un papel. La miré apenas un segundo antes de esbozar una sonrisa ladeada. Poca cosa. Saqué un fajo de billetes del bolsillo interior de mi chaqueta y lo arrojé sobre la mesa. —Ese es tu pago. A partir de ahora, es intocable. El hombre tomó el dinero con rapidez, asintiendo repetidamente. —Sí, por supuesto. Nadie la tocará. Pero Capitán... Levanté la mirada. —¿Qué? Él dudó, midiendo sus palabras antes de hablar. —Las chicas aquí no duran mucho. No son de nadie. Tarde o temprano, alguien más querrá comprarla. Mi paciencia llegó a su límite. Agarré su corbata y lo jalé hacia mí con tanta fuerza que su cabeza golpeó la mesa. Soltó un jadeo de dolor, sus manos temblorosas buscando apoyo. —No vuelvas a insinuar que ella puede pertenecerle a otro. —Mi voz fue un susurro mortal junto a su oído—. Porque si alguien intenta arrebatármela, no tendré que pagar un segundo precio. Solo haré que desaparezcas. Lo solté con un empujón y tomé mi pistola de la mesa, guardándola en mi funda. Antes de salir de la oficina, me giré una última vez. —Asegúrate de que ella lo sepa. Salí sin esperar respuesta, dejando al Gerente con el miedo dibujado en su rostro. Alex era mía. Girasol Estaba acomodando mi ropa cuando el sonido de la puerta abriéndose sin aviso me hizo girar en seco. El Gerente. Su expresión era una mezcla de incredulidad y enojo. Su mirada recorrió la habitación antes de detenerse en mí, afilada como un cuchillo. —¿Qué le dijiste al Capitán? ¿O qué hiciste para que él te comprara? Sentí que mi estómago se encogía. —¿Me compró? ¿De qué hablas? El hombre soltó una carcajada sarcástica, como si la pregunta fuera ridícula. —Así como lo oyes, Girasol. Pagó una jugosa suma por ti. Aunque, si te soy sincero, debí haber pedido más. Para él, lo que pagó no fue nada. Desde ahora, te quedarás aquí, esperando. Si él llega, te mando a llamar. Su tono estaba cargado de molestia, como si el hecho de que yo no pudiera ser tocada por nadie más fuera una afrenta personal. De un portazo, salió de la habitación. Me quedé en shock, mirando la puerta cerrada. ¿Me compró? ¿Qué significaba eso realmente? Milú se acercó de inmediato, sus ojos brillaban con una mezcla de asombro y emoción. —Oye, si él fue capaz de pagar tanto por ti, tal vez esté dispuesto a sacarte de aquí. Me reí sin ganas, negando con la cabeza. —¿Ahora quién es la ilusa, Milú? No sabemos qué quiere realmente. Me dejé caer en la cama, mirando el techo. ¿Por qué lo había hecho? Podía haber elegido a cualquiera, podía haber tomado a quien quisiera, pero me había elegido a mí. --- Cuatro días después El sonido de los nudillos contra mi puerta me sacó de mis pensamientos. Me incorporé y vi a una de las chicas asomarse. —Girasol… Sube, ya llegó. El corazón se me aceleró. Respiré hondo, acomodé mi cabello y mi ropa. Hoy estaba casi lista. Subí las escaleras y llegué a la puerta. Mi mano tembló antes de tocar. Cuando la puerta se abrió, ahí estaba él. Firme. Imponente. Tan letal como siempre. Pero esta vez, llevaba una camisa de manga corta que dejaba al descubierto sus músculos y tatuajes. El pantalón camuflado n***o le daba esa presencia intimidante, y como siempre, su pasamontañas cubría su rostro. A pesar de todo, una sonrisa se formó en mis labios. —Hola, papi. Él no respondió de inmediato. Dio un paso hacia mí y, sin previo aviso, hundió su rostro en mi cuello. El aire se me atoró en los pulmones. Me estaba oliendo. Cerré los ojos, sintiendo su aliento cálido rozar mi piel. Su cercanía era abrumadora. Su cuerpo irradiaba un calor intenso, casi sofocante. Entonces lo escuché. —¿Me extrañaste, ángel? Abrí los ojos de golpe. Ángel. Me acababa de llamar ángel. Era la primera vez que me ponía un apodo. Otros hombres me habían llamado de muchas maneras antes, apodos vacíos, impersonales. Pero él… él lo dijo con un tono diferente. Sexual. Demandante. Un escalofrío recorrió mi espalda. No respondí. No podía.
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