SU POSECION

1220 Palabras
No podía responder. Mi cuerpo hablaba por mí. Él lo notó. Sus manos bajaron lentamente por mi espalda hasta aferrarse a mi cintura. Sus dedos se hundieron en mi piel con una firmeza que me hizo estremecer. —No me has respondido, ángel… —susurró contra mi cuello. Mi garganta estaba seca. —S-Sí, papi… Su agarre se tensó, como si mi respuesta lo complaciera más de lo que esperaba. Se apartó apenas unos centímetros, solo lo suficiente para que pudiera mirarlo. Su pasamontañas cubría su rostro, pero sus ojos… sus ojos eran todo lo que necesitaba ver. Negros. Penetrantes. —Eso me gusta. Que aprendas rápido. Tragué saliva cuando su pulgar acarició mi mandíbula. Mi piel ardió bajo su tacto. —Ven, siéntate aquí. —Se acomodó en un gran sillón y palmeó su muslo. Sabía lo que quería. Y mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera reaccionar. Me senté en su regazo, con las piernas a cada lado de él. La dureza de su cuerpo bajo el mío me hizo contener el aliento. —Buena chica. Su aprobación me dio un escalofrío. Me miró en silencio, observándome con esa intensidad peligrosa. —¿Sabes por qué estás aquí, ángel? Negué con la cabeza. —Porque soy tuya… —Exacto. Deslizó una mano por mi muslo desnudo hasta llegar a mi cadera. Su otra mano subió hasta mi cabello, enredando los dedos en él. —Y nadie más tiene derecho a tocar lo que es mío. Su voz no era una simple afirmación. Era un decreto. Sentí un vacío en el estómago, la misma sensación que experimentas cuando sabes que algo grande está por suceder. —Quiero que lo repitas. —Su voz era baja, exigente. —Soy tuya, papi… Su agarre en mi cabello se tensó. —Eso es. No lo olvides. Mi corazón latía con tanta fuerza que creí que él podría escucharlo. Y entonces, con un movimiento lento, deslizó la mano por mi espalda, recorriéndome con una devoción peligrosa. —Hoy… no te quiero para placer. —Su tono cambió, más grave, más serio. Fruncí el ceño, confundida. —Quiero que entiendas lo que significa ser mía. Mis labios se entreabrieron, pero no supe qué responder. Fue entonces cuando lo vi moverse, alzándome en sus brazos con facilidad. Me sostuvo como si no pesara nada y me llevó hasta la cama. Me dejó caer suavemente sobre el colchón y se inclinó sobre mí. —Desde hoy, ángel, yo me encargo de ti. Y por primera vez en mi vida… Alguien lo decía como una promesa real. Me estremecí con la forma en que me llamó, sintiendo un escalofrío recorrer mi piel. ¿Ángel? Nadie me había llamado así antes. Nadie había dicho mi nombre con tanta intensidad. Levanté la mirada y lo encontré observándome con esos ojos oscuros y penetrantes. Su rostro seguía oculto tras el pasamontañas, y eso solo hacía que mi curiosidad creciera. —¿Por qué yo? —pregunté en voz baja, sintiendo mi propio corazón golpear contra mi pecho. Sus dedos se deslizaron por mi mandíbula, obligándome a mirarlo de frente. —Porque desde que te vi, supe que eras mía. —Su voz era un gruñido bajo, lleno de posesión y algo más profundo, algo que no podía descifrar. Tragué saliva. —¿Mía? —repetí con incredulidad. Él inclinó la cabeza apenas un poco, su mirada intensa clavada en la mía. —¿Tienes algún problema con eso, Ángel? Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de miedo y algo más oscuro, más peligroso. —No lo sé… —susurré. Aproveché la cercanía para deslizar mis dedos por su antebrazo. Quería sentirlo, tocar su piel, confirmar que era real. Pero él se apartó apenas mi piel rozó la suya. —No hagas eso —advirtió con voz grave. Fruncí el ceño. —¿Por qué? No respondió de inmediato. En cambio, se tomó un momento para observarme, como si evaluara qué tanto decirme. —No estás lista para eso. —¿Para qué? —insistí. Se acercó más, y su mano grande rodeó mi muñeca con firmeza pero sin apretar. —Para saber más de mí. Para verme. Mi respiración se volvió errática. —¿Eso significa que algún día podré hacerlo? Un largo silencio se formó entre nosotros. Luego, su pulgar se deslizó por mi muñeca en una caricia fugaz antes de soltarme. —Tal vez. Y con eso, sentí que algo dentro de mí cambiaba para siempre. El capitán me miró fijamente, su presencia era abrumadora. —Quiero que vengas conmigo, sacarte de este lugar —dijo con voz grave—. Pero la vida que llevarás afuera será diferente. No me importa tu pasado ni en lo que trabajabas cuando te conocí, así que espero que no te importe en lo que yo me dedique ni lo que haga. Su tono era autoritario, sin margen para negociaciones. —Voy a traer un contrato para que lo firmes y así aceptes todo lo que te estoy diciendo. Mi corazón latía con fuerza. Sabía que lo que me estaba proponiendo no era mejor de lo que vivía aquí. Quizá era incluso peor. "A veces te enfrentas al dilema de decidir qué es peor: seguir ardiendo en el infierno o venderle el alma al diablo." Pero mi mente trabajó más rápido que mi miedo y, al tentar mi suerte, le dije: —Acepto todo lo que me dices y haré todo lo que ordenes… pero con una condición. El capitán entrecerró los ojos, intrigado. —Te escucho. Tragué saliva. Sabía que estaba caminando sobre fuego, pero no podía dejarla atrás. —Quiero que saques de aquí a mi amiga también. Sé que te estoy pidiendo mucho, pero si no puedes sacarla… prefiero quedarme en este infierno con ella que alejarme sola. Sus ojos me analizaron en silencio, como si estuviera decidiendo si mi petición valía la pena. Finalmente, respondió: —Vas a tener que esperar un tiempo más entonces aquí mientras hago los arreglos necesarios. Sentí una punzada en el pecho. No sabía cuánto tiempo sería "un tiempo más", pero al menos había una posibilidad. Mi respiración aún era errática. La adrenalina seguía corriendo por mis venas. Entonces, sin pensarlo, me atreví a preguntar algo más personal. —¿Te puedo hacer otra pregunta? Él asintió lentamente. —¿Cómo te llamas? Un silencio pesado se instaló en la habitación. La tensión era sofocante. —Si te lo digo, tendría que matarte —su voz fue como un disparo en la oscuridad. Un escalofrío recorrió mi piel. Pero no aparté la mirada. —¿Eso significa que nadie sabe quién eres realmente? Se acercó más, su presencia absorbiendo todo el aire a mi alrededor. Su olor, su calor… era demasiado. —Significa que mi nombre es irrelevante —susurró—. Lo único que importa es lo que soy para ti. Mi garganta se secó. —¿Y qué eres para mí? Su mano atrapó mi mandíbula con firmeza, inclinándome el rostro hacia él, obligándome a sostenerle la mirada. —Tu dueño. Mi respiración se detuvo. Su voz, su toque, todo en él gritaba peligro. —¿Estás segura de que quieres venderme tu alma, Ángel? Y supe, en ese instante, que ya lo había hecho.
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