—Daniela, por favor —suplicaba Sofía a la chica que le arrastraba al elevador para llevarla al estacionamiento—. Estoy muerta de cansancio, te juro que si no me recuesto pronto me moriré o algo así. —Esto no pasaría si ya dejaras de trabajar y estuvieras descansadita en tu casa —rezongó Daniela, que no se rendiría, pero por nada del mundo. Sofía le había hecho ya muchos desplantes con el pretexto de estar cansada. —No dejaré de trabajar solo porque estoy embarazada. —Y yo no dejaré que tengamos un baby shower sin la mujer embarazada para festejarle. Sofía suspiró. Estaba en serio agotada, tenía los pies hinchados y se moría por quitarse los zapatos y subir los pies a la cabecera de su cama, pero su cuñada estaba demasiado emocionada con esa fiesta que se negó rotundamente a que fue

