—¿Cómo es que estás tan tranquila? —preguntó Diego viendo cómo el médico que practicaba la cesárea a su mujer comenzaba a hacer un corte tras otro en el abdomen de la chica recostada en la cama. —Debe ser la anestesia —respondió Sofía—, pídele a la enfermera que te dé una epidural. Las enfermeras sonrieron, definitivamente el único nervioso en el quirófano era el futuro padre, que no entendía mucho de lo que a la chica le hacían, cosas que ella había investigado con antelación para no perder la cabeza descifrando qué le hacían en el proceso. —¿Estás bien? —cuestionó Diego pálido, casi transparente. —Sí —respondió Sofía, tengo un poco de nauseas y me siento mareada, pero no me duele nada... por ahora. —Ay, Sofí, no puedo más ver esto, te juro que me voy a desmayar si no salgo corrie

