Aparto rápidamente la mirada cuando siento que se me corta la respiración, sin saber si estoy más enfadada con él o conmigo misma. No es que no sepa que éramos niños y estúpidos y que esas mierdas pasan, pero eso no significa que mi dolor no fuera válido. Que no fuera real. Y eso es lo que pasa con las cicatrices sin curar: puedes taparlas todo lo que quieras, pero hasta el más mínimo roce te recordará que el dolor nunca desapareció. Respiro hondo porque por un momento se me bloquea la garganta y de repente me cuesta hablar. Tardo un par de intentos en sacar las palabras y Hudson se da cuenta, deja su porción de pizza y me observa con una expresión sombría, aunque confusa. Yo, en cambio, mantengo la mirada fija en el mostrador. —Debería irme—susurro finalmente. —Me... me encuentro un po

