31. Lo que quedó de recorrido lo hicimos sin dirigirnos palabras. Frederic ya no me hablaba de Berlín ni de Richard Wagner, y yo extrañaba escucharle contándome sobre las maravillas que decía que había en Alemania y que nadie acá podría ver jamás. Le miraba de pasada para leer en su rostro si aún seguía molesto conmigo, pero solo había cansancio y una fría pared que impedía que pudiera saber lo que pensaba en su cabeza. Mi mente me llevaba lejos, a las ladera en las que había nacido y crecido, siempre rodeada del barro, arena y frío… con la ausencia de mi mamá y el hambre presente… era apenas una niña y ya sabía que en el mundo había dos mundos, uno en el que vivíamos nosotras, las zambas, dónde las mujeres trabajaban desde que salía el sol hasta que el cuerpo ya no daba, y los hombres

