Tina Gerónimo y yo nos estrellamos contra el piso de mármol. Mi trasero se llevó la peor parte de la caída y el peso de su cuerpo sobre el mío me robó el oxígeno de los pulmones. Aturdida, intenté entender el caos que estallaba en el lobby, pero no pude. Mi esposo estaba encima de mí, con los bíceps apoyados a ambos lados de mi cara y las manos cubriéndome la parte superior de la cabeza. Sus ojos feroces se clavaron en los míos. —Gerónimo —susurré. —No voy a dejar que te pase nada —gruñó con fiereza. Le gritó algo a Nico. Los gritos y el estampido de pasos retumbaron en mis oídos. Gerónimo se apartó un poco, pero la tensión que le hervía en el cuerpo se me transfirió como electricidad. Su respiración era áspera, cortante. —¿Estás bien? —pregunté. No respondió; en cambio, llamó por

