Aparecieron pasadas las siete de la tarde, Greta tenía llaves que le había dejado, por eso las escuché sin que me avisaran por el portero, entraron en el living riendo y hablando como si estuvieran solas en un desierto. Alcancé a escuchar que decía de la cara que había puesto el taxista al no privarse de observar los muslos de las dos pasajeras e imaginé que se habían cambiado de ropas. - Vení, vamos a buscarlo, debe estar en la habitación, —decía Greta—. - Dale, vamos, pero si está desnudo se pudre todo, —contestó Leticia y enseguida agregó—, no, no, mejor andá vos sola, no quiero meter la pata ni que piense mal de mí. - Bueno, como gustes, pero yo quiero que piense de mí todo lo que quiera, aunque, que no se te vaya a ocurrir contar que me fui de lengua, Alejandro

