CAPITULO *15*

898 Palabras
**DANTE**  Ella estaba deslumbrante. La seda negra se movía con ella como una sombra líquida, y el brillo del diamante en su muñeca capturaba la luz con una insolencia que gritaba mi nombre a quien se atreviera a mirar. Caminábamos entre la multitud, y podía escuchar los susurros como un zumbido de insectos. —¿Es ella? —Los Castelli están acabados. —Dicen que Cavalli la compró junto con las acciones de la naviera. —Sonríe, Alessia. No permitas que el hambre de esta gente se alimente de tu miseria —le ordené en un susurro apenas audible, mientras nos deteníamos para que los fotógrafos capturaran la imagen de la temporada. —Mi padre se está muriendo de vergüenza en Suiza mientras tú me exhibes como si fuera un coche nuevo, Dante —me respondió ella a través de una sonrisa fingida que no llegaba a sus ojos miel, que ahora parecían cargados de una amargura insondable. —Tu padre está vivo gracias a este “desfile”. Mantén la barbilla alta o me encargaré de recordarte por qué estás aquí en cuanto regresemos al coche —le advertí, sintiendo una punzada de satisfacción al ver cómo su cuerpo se tensaba ante mi amenaza. Entramos en el gran salón, un espacio de techos infinitos cubiertos de frescos y lámparas de cristal que habrían hecho palidecer cualquier otro evento. La élite de Milán estaba allí: banqueros, diseñadores y antiguas amistades de los Castelli que ahora evitaban la mirada de Alessia como si su pobreza fuera una enfermedad contagiosa. No tardamos en ser abordados. Beatrice Valli, una mujer cuyo apellido era tan antiguo como su desprecio por los nuevos ricos, se acercó con una copa de champán y una mirada cargada de veneno dirigido directamente a mi acompañante. —Pero si es la pequeña Alessia. Qué sorpresa verte en un evento de este calibre… considerando las circunstancias —comentó Beatrice, recorriendo el vestido de Alessia con una mueca de superioridad—. Supongo que el señor Cavalli tiene un gusto exquisito para elegir qué restos de la aristocracia decide rescatar del fango. Sentí que Alessia se encogía por un segundo; la humillación pública era un golpe mucho más duro que mis muros de cristal. El silencio que siguió fue denso, cargado de la expectativa de verla romperse. —El gusto es algo que no se puede comprar, Beatrice, y tú eres la prueba viviente de ello —intervine, dando un paso adelante para que mi sombra cubriera por completo a Alessia—. Alessia no ha sido rescatada; ha sido reclamada. Y te sugiero que cuides tu tono. Ella no es un “resto”, es la mujer que cuenta con mi protección absoluta. Y tú sabes perfectamente lo que ocurre con quienes intentan dañar mis intereses. “La vi mirarme con una mezcla de sorpresa y algo que no supe identificar. No era gratitud, pero sí una tregua momentánea en nuestra guerra personal”, pensé mientras observaba cómo Beatrice palidecía y se retiraba con una excusa barata. —No necesito que me defiendas —murmuró Alessia una vez que estuvimos solos, aunque su voz carecía de su habitual mordacidad. —No te defiendo a ti, protejo mi inversión. Nadie tiene derecho a humillarte excepto yo —sentencié, sujetando su cintura con una presión que le recordaba quién era el verdadero dueño de su seguridad. La noche continuó entre brindis hipócritas y negociaciones en voz baja. Yo mantenía a Alessia pegada a mi costado, sintiendo su calor y la forma en que su cuerpo empezaba a ceder por el cansancio físico y emocional. Fue entonces cuando divisé a Julian al otro lado del salón. No estaba con ninguna mujer. Su mirada estaba fija en nosotros, o mejor dicho, en Alessia. Había una determinación en su rostro que no me gustó. No era la mirada de un socio, era la de un hombre que creía haber visto una injusticia que necesitaba ser corregida. “Crees que puedes jugar al héroe en mi propio terreno, Julian. No sabes lo cerca que estás de perder todo lo que has construido si te atreves a poner un dedo sobre lo que me pertenece”, consideré, estrechando mi agarre sobre Alessia como si pudiera ocultarla del resto del mundo. —Tengo sed, Dante. ¿Puedo ir por algo de beber? —preguntó ella, tratando de zafarse de mi contacto por un momento. —La señora Bianchi te enseñó que no debes alejarte de mi lado sin permiso —le recordé, pero al ver la palidez extrema de su rostro, decidí concederle una pequeña tregua—. Quédate junto a la mesa de las bebidas. No hables con nadie. Mis ojos están sobre ti en cada segundo, no lo olvides. La vi alejarse con pasos vacilantes hacia el bufet. La observé a través del cristal de mi copa, notando cómo Julian aprovechaba el momento en que me distraje con un accionista para acercarse a ella. La tensión en mi mandíbula se volvió dolorosa. “Si ese papel que ella esconde en su habitación tiene algo que ver con él, mañana mismo Julian amanecerá siendo un hombre mucho más pobre, y Alessia… ella aprenderá lo que significa realmente estar sometida”, juré para mis adentros mientras empezaba a caminar hacia ellos, con la furia hirviendo bajo mi máscara de magnate imperturbable.
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