CAPITULO *14*

876 Palabras
**DANTE** —Llámanos como quieras, pero hoy entrarás en ese salón del brazo del hombre que ha salvado tu apellido de la ignominia pública —le recordé, caminando hacia el vestidor para recuperar el vestido que Lorenzo había ajustado esa misma mañana. Regresé con la prenda: una columna de seda negra tan oscura que parecía absorber la luz de la habitación. Era elegante, austera y prohibitiva. Un diseño que no pedía atención, la exigía. La deposité sobre la cama, justo al lado de ella, como si fuera una nueva piel que ella no tenía más remedio que aceptar. —Póntelo. Y no olvides el brazalete que te regalé —ordené, observando cómo sus dedos rozaban la tela con una mezcla de fascinación y repulsión. —Puedo vestirme sola, Dante. No necesito que me vigiles como si fuera a escaparme por la ventana del baño —protestó, levantándose y envolviéndose en su bata con un gesto de dignidad herida. —Te advertí que me encargaría personalmente si no mostrabas disposición. Y después de lo que acaba de ocurrir, no me tientes a cumplir mi promesa de una forma más… minuciosa —le advertí, acortando la distancia hasta que pude sentir de nuevo su aroma, ese perfume de jazmín y desesperación que empezaba a obsesionarme. Me coloqué detrás de ella cuando finalmente se deslizó dentro del vestido. La seda resbaló sobre su figura con una perfección que me quitó el aliento. Mis manos buscaron la cremallera en la base de su espalda, mis dedos rozando deliberadamente la columna vertebral que ella intentaba mantener tan rígida. “Siente mis manos, Alessia. Siente que incluso cuando te visto para el mundo, lo que estoy haciendo es envolverte en mi voluntad”, pensé mientras subía el cierre con una lentitud tortuosa, disfrutando del escalofrío que recorrió su piel bajo mi toque. Me incliné y deposité un beso gélido en su hombro desnudo, mis manos bajando por sus brazos hasta asegurar el brazalete de platino en su muñeca. El clic del cierre sonó en el silencio del dormitorio como el de una celda cerrándose definitivamente. —Estás impecable. Ahora, pon tu mejor cara de felicidad —le ordené, girándola para que se mirara al espejo—. Quiero que todos vean que no solo poseo tus deudas, sino también tu presencia. Bajamos en el ascensor privado en un silencio sepulcral. Alessia se mantenía a una distancia prudencial, con la mirada fija en las puertas de metal pulido. Podía notar la tensión en su mandíbula, el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo para no quebrarse antes de llegar al evento. “La sociedad de Milán es un nido de víboras, pero ella es la reina que ha perdido su corona. Yo solo soy el nuevo rey que ha decidido rescatar la joya del barro”, medité mientras la puerta del garaje se abría y mi chofer esperaba junto al Bentley n***o. Antes de subir al coche, la sujeté del brazo, obligándola a detenerse. La luz de las farolas de la calle resaltaba la palidez de su rostro y la profundidad de su mirada miel, que ahora parecía un pozo de secretos. —Escúchame bien, Alessia. En esa gala habrá gente que se burlará de tu caída, como hicieron mis socios ayer. Habrá quienes te miren con lástima y quienes busquen una g****a en nuestra fachada —le dije, bajando el tono hasta convertirlo en una advertencia letal—. No les des el gusto. Eres mi mujer bajo este contrato, y cualquier insulto hacia ti es un insulto hacia mí. Compórtate como la Castelli que solías ser, pero recuerda siempre quién es el dueño del suelo que pisas. —¿Tu mujer? No soy nada tuyo más que una obligación financiera, Dante —susurró ella, con una amargura que me hizo sonreír. —Esta noche, ante los ojos de Milán, serás exactamente lo que yo diga que eres —sentencié, abriéndole la puerta del vehículo—. Ahora, sube. La función está a punto de comenzar y no quiero que nos perdamos el momento en que todos comprendan que los Castelli ahora tienen un nuevo y único señor. Me senté a su lado, sintiendo la vibración del motor y la electricidad que emanaba de su cuerpo. El número de Julian seguía oculto en algún lugar de su habitación, o quizá sobre ella, pero no me importaba. Esta noche, ella aprendería que no hay refugio fuera de mi sombra, y que el mundo que ella tanto amaba solo la recibiría si yo sostenía su mano. El estallido de los flashes de las cámaras fue como una ráfaga de disparos al detenernos frente a la entrada del Palazzo Reale. Sentí cómo la mano de Alessia se cerraba con fuerza sobre mi brazo, sus dedos clavándose en la tela de mi traje con una mezcla de pánico y necesidad de anclaje. A pesar de su resistencia interna, en este momento yo era su único escudo contra los lobos que esperaban al otro lado de los cordones de terciopelo. “Mira hacia delante, piccola. Que vean que incluso en la derrota, caminas sobre los hombros de un gigante”, reflexioné mientras esbozaba una sonrisa gélida hacia los reporteros, manteniendo mi paso firme y calculado.
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