CAPITULO *13*

869 Palabras
**DANTE** —Suéltame, animal. Me das asco —siseó, aunque su respiración empezaba a entrecortarse, traicionando la calma que intentaba proyectar. —Mientes —susurré, inclinándome hasta que mis labios rozaron los suyos, sin llegar a besarlos. Pude notar cómo su pulso martilleaba violentamente contra mi palma—. Tu mente me desprecia, pero tu cuerpo… tu cuerpo recuerda cada vez que te he tocado. Recuerda que solo yo puedo hacerte temblar de esta manera. “Es una batalla que ella no puede ganar, porque su propia biología es mi aliada”, reflexioné, sintiendo la suavidad de su piel bajo la aspereza de mis dedos. Bajé mi mano libre por la línea de su cuello, deslizándola con una lentitud tortuosa hacia el inicio de su pecho. Vi cómo el pánico cruzaba su mirada cuando mis dedos rozaron la zona donde ocultaba aquel pequeño trozo de papel. Por un instante, su lucha cesó, reemplazada por una quietud aterradora. Ella pensó que la había descubierto. —No me toques ahí… —rogó, y por primera vez, no hubo veneno en su voz, solo una vulnerabilidad que me golpeó con la fuerza de un rayo. —¿Por qué, piccola? ¿Acaso tienes miedo de que encuentre lo que guardas con tanto celo? —le inquirí, presionando mi cuerpo contra el suyo hasta que no quedó un solo centímetro de aire entre nosotros. La tensión en la habitación se volvió insoportable. Alessia cerró los ojos, apretando los dientes mientras yo continuaba mi recorrido, ignorando su súplica. Pero no busqué el papel. En lugar de eso, rodeé su cintura y la atraje hacia mí con un hambre que me sorprendió incluso a mí mismo. Mi boca buscó la curva de su cuello, marcándola con una posesividad que no admitía réplica. Sentí el momento exacto en que su resistencia se quebró. Sus manos, que antes golpeaban mi pecho, se abrieron, y sus dedos se enredaron en mi cabello con una desesperación nacida de la necesidad y el cautiverio. Fue un suspiro, un gemido ahogado que se perdió contra mi hombro, lo que marcó su rendición. “No es amor, es una colisión de dos almas condenadas a entenderse a través del dolor y la belleza”, pensé mientras sentía cómo ella se arqueaba hacia mí, aceptando finalmente el calor que ambos habíamos estado evitando. El beso fue una guerra. No hubo dulzura, solo una urgencia visceral que reclamaba años de observación silenciosa y meses de planes meticulosos. Alessia respondía con la misma intensidad, devolviendo cada mordida y cada caricia con una rabia que se transformaba rápidamente en algo mucho más peligroso: una pasión que amenazaba con incinerar el contrato que nos unía. Me separé de ella solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Estaban nublados, oscuros por un deseo que la avergonzaba, pero que ya no podía ocultar. —Dime que me odias, Alessia —le ordené, mi voz apenas un susurro ronco. —Te odio… con toda mi alma —respondió ella, pero sus manos me atrajeron de nuevo hacia su boca, desmintiendo cada una de sus palabras. En la penumbra del dormitorio, rodeados por el lujo que ella despreciaba, el magnate y la heredera desaparecieron. Solo quedamos dos seres unidos por una obsesión que acababa de reclamar su primer territorio real. Ella había cedido, no porque el contrato la obligara, sino porque el fuego que yo había encendido en ella era ya imposible de sofocar. La observé mientras se incorporaba con lentitud sobre el desorden de las sábanas de seda. Su respiración aún era errática y el rubor de la agitación teñía su pecho y sus mejillas, una evidencia física de que, por mucho que su mente me maldijera, su cuerpo acababa de firmar un armisticio conmigo. Había una derrota silenciosa en la forma en que evitaba mi mirada, una sombra de vergüenza que solo servía para alimentar mi necesidad de someterla por completo. “No es solo la piel lo que he reclamado hoy; es la g****a en su voluntad lo que realmente me importa”, reflexioné mientras me ajustaba la camisa frente al espejo, observando su reflejo derrotado a mis espaldas. Me sentía pletórico. La adrenalina de haber quebrado su resistencia inicial se mezclaba con la satisfacción de saber que ahora ella cargaba con el peso de su propia traición. Alessia Castelli, la mujer que me miraba con asco desde lo alto de su estirpe, acababa de encontrar refugio en los brazos del hombre que destruyó su mundo. —No te quedes ahí contemplando las ruinas de tu orgullo, Alessia —sentencié, dándome la vuelta para enfrentarla. Mi voz sonaba profunda, cargada de una autoridad renovada—. Tenemos menos de una hora para llegar a la gala de la Fundación Rossi. Y no pienso permitir que mi acompañante luzca como si acabara de salir de una batalla. Ella me lanzó una mirada cargada de un veneno que ya no tenía el mismo efecto que antes. El fuego seguía ahí, pero el combustible era distinto. —¿Acompañante? ¿Es así como llamas a la mujer que tienes secuestrada bajo una firma bajo coacción? —espetó, aunque su voz carecía de la fuerza de antaño.
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