CAPITULO *12*

897 Palabras
**ALESSIA** Me dirigí a la cocina, buscando desesperadamente algo que el personal hubiera olvidado. Un trozo de papel, una tarjeta, cualquier cosa. En el fondo de un cajón de utensilios de plata, encontré un pequeño folleto de una floristería de lujo que Julian solía usar para enviar arreglos a mi madre. En el reverso, escrito a mano con una caligrafía apresurada, había un número de teléfono y un nombre: Julian. El corazón me dio un vuelco. Mi pulso se aceleró tanto que temí que los sensores de salud que Dante seguramente tenía instalados en el sistema de climatización dieran la alarma. “Él lo sabía. Sabía que Dante me aislaría y dejó esto con la esperanza de que yo lo encontrara”, deduje, escondiendo el papel en el interior de mi sujetador, justo contra mi piel, sintiendo que ese pequeño trozo de celulosa pesaba más que todo el oro de la casa. La satisfacción de mi pequeño hallazgo duró poco. Escuché el zumbido del ascensor y, un instante después, la figura imponente de Dante cruzó el umbral. No era mediodía aún; se suponía que debía estar en una junta de accionistas. Su sola presencia parecía absorber todo el oxígeno de la habitación, obligándome a respirar a su ritmo. —Pareces agitada, Alessia. ¿Acaso la soledad de mi hogar no es de tu agrado? —preguntó, dejando su maletín sobre la mesa de cristal y caminando hacia mí con esa elegancia depredadora que me hacía retroceder por instinto. —Este lugar es tan acogedor como una morgue de diseño —le respondí, tratando de que mi voz sonara firme a pesar del fuego que sentía en mi pecho, donde el papel oculto parecía quemarme. Dante se detuvo a escasos centímetros de mí. Su mirada descendió por mi cuerpo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en la zona de mi escote, antes de volver a mis ojos con una intensidad que me hizo flaquear. —He cancelado mis compromisos de la tarde. He decidido que necesitamos pasar más tiempo juntos para que te acostumbres a tu nueva piel —anunció, extendiendo su mano para acariciar el brazalete que la señora Bianchi me había entregado—. Veo que te has puesto mi regalo. Te queda perfecto. El platino resalta la palidez de tu piel, recordándome lo mucho que te debo proteger del mundo exterior. “Protección. Esa es la palabra que usa para disfrazar su locura”, pensé, sintiendo el roce de sus dedos fríos sobre mi muñeca como una advertencia silenciosa. —No necesito joyas, Dante. Necesito hablar con mi padre —insistí, intentando desviar su atención de mi agitación interna. —Hablarás con él cuando yo considere que te has ganado ese privilegio —sentenció, atrapándome por la cintura y obligándome a quedar pegada a su cuerpo rígido—. Ahora, prepárate. Vamos a salir. Quiero que Milán vea quién es la mujer que camina a mi lado, y quiero que tú aprendas a sonreír mientras llevas mis cadenas. Me arrastró hacia el dormitorio, y mientras caminaba, solo podía pensar en el número de Julian oculto contra mi corazón. Tenía una salida, una pequeña g****a en la armadura del magnate, y juré que, costara lo que costara, encontraría el momento de usarla, aunque eso significara jugar el papel de la “sometida” perfecta durante un tiempo más. **DANTE** La observé mientras se adentraba en el dormitorio, moviéndose con la gracia de un cisne herido. Había algo diferente en su postura, una rigidez que iba más allá de su habitual desprecio. Sus ojos miel evitaban los míos con una insistencia sospechosa, y sus manos buscaban constantemente el escote de su bata de seda, como si ocultara un secreto justo sobre su corazón. “¿Crees que puedes esconder algo de mí en este espacio que yo mismo diseñé para que no tuvieras refugio?”, pensé, cerrando la puerta tras de nosotros y dejando que el cerrojo electrónico emitiera su sentencia final. Me acerqué a ella con la parsimonia de quien sabe que la presa no tiene a dónde huir. El aire en la habitación comenzó a vibrar con esa electricidad estática que siempre nos rodeaba, una mezcla de odio purificado y un deseo que ambos nos negábamos a reconocer en voz alta. —Te advertí que si no estabas lista, yo mismo me encargaría de vestirte —dije, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Y pareces muy lejos de estar preparada para la noche que nos espera. —No voy a salir contigo para ser tu trofeo, Dante. Puedes obligarme a estar aquí, pero no puedes obligarme a desfilar frente a tus amigos como si fuera una de tus adquisiciones —me espetó, retrocediendo hasta que sus pantorrillas chocaron con el borde de la inmensa cama. —Ya no eres una invitada, Alessia. Eres mi responsabilidad, y mi paciencia se ha agotado con tus desplantes de aristócrata ofendida —repliqué, atrapándola por las muñecas y elevándolas por encima de su cabeza con una sola mano. La resistencia de Alessia fue inmediata. Luchó contra mi agarre, retorciéndose con una fuerza que solo servía para encender más mi fijación por ella. Sus ojos ardían, y por un segundo, la vi: la verdadera Alessia, despojada de sus modales de seda, pura furia y fuego.
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