**DANTE**
—Esto es la realidad, piccola. Lorenzo, asegúrate de que el talle sea exacto. Quiero que cada vestido se sienta como una segunda piel, que no pueda olvidar ni por un segundo que cada costura ha sido pagada por mí —ordené, manteniendo mi agarre sobre su cadera mientras la cinta métrica recorría su silueta.
La vi cerrar los ojos, derrotada por la exhibición de poder frente a un extraño. En ese momento, comprendí que mi obsesión no solo se alimentaba de su presencia, sino de la capacidad de moldear su existencia hasta que no quedara rastro de la mujer que Julian pretendía salvar. Alessia Castelli estaba desapareciendo, y en su lugar, estaba naciendo la creación más perfecta de mi imperio.
—Termina rápido, Lorenzo. Tengo una reunión en la corporación y no pienso irme hasta ver el primer boceto de su vestuario de noche —sentencié, disfrutando del silencio sumiso que finalmente se había instalado en la estancia.
**ALESIA**
Cuando la puerta principal se cerró con ese chasquido metálico y definitivo, el silencio que regresó al Penthouse me resultó más asfixiante que los gritos de una multitud. Me quedé de pie en el centro del salón de costura, rodeada de retales de seda negra y terciopelo que parecían lenguas de sombras burlándose de mi desgracia. Lorenzo se había marchado con sus cintas y sus alfileres, llevándose consigo las medidas exactas de mi humillación.
“Él no quería ropa; quería un envoltorio. Ha decidido que mi piel no es suficiente para marcar su territorio; ahora necesita que hasta el hilo de mis vestidos lleve su aprobación”, reflexioné, sintiendo un nudo de bilis amarga quemándome la garganta.
Me acerqué al espejo de cuerpo entero que aún permanecía en la estancia. La mujer que me devolvía la mirada tenía los ojos inyectados en una mezcla de cansancio y furia, pero su postura seguía siendo la de una Castelli. Me negaba a que mi columna se doblara bajo el peso de sus amenazas. Sin embargo, al observar las marcas invisibles que los dedos de Dante habían dejado en mi cintura durante la sesión, sentí una oleada de asco que me obligó a abrazarme a mí misma.
Él hablaba de mi padre como si fuera un activo en una hoja de balance, una moneda de cambio que podía usar para comprar mi voluntad. Y lo peor es que tenía razón. Cada vez que pensaba en rebelarme, la imagen de mi padre pálido y vulnerable en esa clínica suiza me golpeaba como un mazo, rompiendo mis defensas.
—La señora Bianchi ha preparado un baño de sales para usted, señorita —anunció el ama de llaves desde el umbral, con esa voz carente de alma que me hacía sentir como si estuviera hablando con un autómata.
—No quiero un baño, señora Bianchi. Lo que quiero es una explicación de por qué mi vida se ha convertido en una función de teatro para un solo espectador —le espeté, girándome con una brusquedad que la hizo parpadear.
—Mis instrucciones son cuidar de su bienestar físico, no cuestionar los métodos del señor Cavalli —respondió ella, sin que un solo músculo de su rostro se moviera—. Por cierto, el señor ha dejado esto para usted.
Me tendió una pequeña caja de terciopelo azul. Al abrirla, el brillo de un diamante de corte impecable me cegó momentáneamente. Era un brazalete de platino, exquisito y prohibitivamente caro.
“No es una joya. Es un grillete de lujo”, pensé con un escalofrío al notar que el cierre era inusualmente complejo, casi como si necesitara una llave especial para ser retirado.
Pasé las horas siguientes deambulando por el Penthouse como un animal enjaulado. Intenté abrir las puertas de las estancias privadas de Dante, pero todas requerían un código biométrico que no poseía. La tecnología que antes me parecía una comodidad, ahora era mi carcelero invisible. No había teléfonos fijos, y las tabletas de control doméstico solo permitían ajustar la temperatura o las luces; cualquier intento de acceder a una red externa terminaba en una pantalla de bloqueo con el logo de la Corporación Cavalli.
Me senté en el sofá de cuero del salón principal, observando el lugar donde Julian se había levantado para defenderme la noche anterior. Su imagen era lo único que aportaba un poco de luz a este mausoleo de cristal.
“Dante dijo que Julian no era lo que parecía, que su amabilidad tenía un precio. ¿Pero qué puede ser peor que este cautiverio?”, me pregunté, recordando la calidez de sus ojos castaños frente a la tormenta gris de los de Dante.
Necesitaba una aliada, o al menos un medio para saber si mi padre realmente estaba recibiendo el tratamiento prometido. Si Dante me vigilaba a través de las cámaras, yo también debía aprender a observar. Empecé a fijarme en las rutinas de la señora Bianchi. Noté que, a las once de la mañana, bajaba al área de servicio para recibir los suministros diarios. Durante esos diez minutos, yo era la única “habitante” visible del piso.