CAPITULO *10*

872 Palabras
**DANTE**  Pasé el resto de la madrugada revisando informes de la acería en Zúrich, pero mis ojos volvían constantemente a la cámara de su estancia. La vi finalmente rendirse al sueño, envuelta en esas sábanas que yo mismo había elegido. Su vulnerabilidad mientras dormía era la única faceta de ella que no podía combatir mis órdenes. Cuando el primer rayo de sol golpeó las torres de cristal de Milán, me levanté. No sentía cansancio; la adrenalina de tenerla bajo mi control absoluto era un combustible mucho más potente que cualquier descanso. —Señora Bianchi, prepare el salón de costura. Lorenzo llegará en diez minutos —ordené por el intercomunicador, ajustándome el reloj con una precisión quirúrgica. —Entendido, señor Cavalli. ¿Desea que despierte a la señorita Castelli? —preguntó el ama de llaves con su habitual tono neutro. —No. De eso me encargaré yo mismo —sentencié, dibujando una sonrisa carente de piedad en mi rostro. Caminé hacia su suite con paso firme. No iba a ser suave; ella necesitaba comprender que cada una de mis palabras era una ley inamovible. Al entrar, la habitación estaba sumida en una penumbra artificial. Me acerqué a los ventanales y pulsé el control, haciendo que las cortinas se retrajeran con un zumbido mecánico que inundó el espacio con una luz blanca y cegadora. Alessia soltó un quejido y se cubrió el rostro con la almohada, intentando ignorar mi presencia. —Son las ocho en punto, Alessia. El tiempo de las princesas durmientes terminó cuando los Castelli firmaron su bancarrota —declaré, retirando la colcha de un solo movimiento. Ella se incorporó bruscamente, con el cabello castaño cayendo en cascada sobre sus hombros y los ojos encendidos por un odio que me resultó casi embriagador. —¿No conoces el concepto de privacidad? —me espetó, tratando de cubrirse con la bata mientras su pecho subía y bajaba con agitación. —En este contrato no existe esa cláusula. Tu tiempo, tu imagen y tu descanso son de mi incumbencia —repliqué, cruzándome de brazos mientras la escaneaba con una frialdad que la hizo estremecerse—. Levántate. El sastre está en el salón. No quiero que me hagas repetir las consecuencias de tu desobediencia. “Esa mirada de fuego es lo único que mantiene este juego interesante, aunque me tienta apagarla con un solo gesto de mi mano”, pensé mientras observaba cómo apretaba los puños sobre el colchón. —Vete de aquí. Me vestiré sola —insistió ella, con la voz quebrada pero firme. —Tienes cinco minutos. Si para entonces no has cruzado esa puerta, entraré y te sacaré de la cama yo mismo. Y te aseguro que no me importará quién esté mirando en el pasillo —le advertí, dándole la espalda para dirigirme a la salida. —Eres un animal, Dante —murmuró ella a mis espaldas. Me detuve en el umbral y giré levemente la cabeza, lo suficiente para que viera el destello de advertencia en mis pupilas. —Soy el animal que paga tus facturas y mantiene a tu padre respirando. No lo olvides mientras eliges qué ponerte —concluí, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en todo el piso. Lorenzo, mi sastre personal, esperaba en el salón rodeado de rollos de telas preciosas y muestrarios de encajes. Al ver aparecer a Alessia, todavía con los ojos ligeramente hinchados pero con la cabeza tan alta como si estuviera en el Palacio de Versalles, el hombre hizo una breve reverencia de respeto. —Es un honor, señorita Castelli. He traído algunas opciones de seda de Como y terciopelo francés que resaltarán su… —comenzó Lorenzo, pero lo interrumpí con un gesto de la mano. —No te molestes en preguntarle sus gustos, Lorenzo. Yo ya he tomado las decisiones —intervine, acercándome a la mesa donde se desplegaban las muestras—. Quiero n***o para las cenas de gala, rojo profundo para nuestras salidas privadas y nada de colores pastel. No quiero que parezca una debutante; quiero que parezca lo que es: una mujer que me pertenece. Alessia se quedó lívida, observando cómo yo descartaba una seda color crema que ella había rozado con los dedos. —Tengo opinión propia, Dante. Ese color me gusta —dijo ella, tratando de recuperar un ápice de autonomía frente al sastre. Me acerqué a ella, ignorando la mirada incómoda de Lorenzo, y rodeé su cintura con un brazo, atrayéndola hacia mí con una fuerza que no admitía réplica. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, una reacción visceral a mi proximidad que me satisfacía profundamente. —El crema es para mujeres que aún tienen algo de inocencia que proteger —susurré cerca de su oído, para que solo ella pudiera escucharme—. Tú ya no eres una de ellas. Tú llevas mi marca, y el n***o es el color de las sombras donde ahora habitas. “Su piel bajo mi mano es como el mármol más fino, fría y suave, pero puedo sentir el pulso desbocado en su cuello”, reflexioné mientras Lorenzo comenzaba a tomar las medidas con manos temblorosas. —Dante, por favor… esto es humillante —articuló ella en un susurro cargado de dolor.
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