**DANTE**
—Él fue el único hombre con un mínimo de decencia en esa habitación, Dante —me espetó ella, con los ojos encendidos por una mezcla de rabia y desprecio—. Tus amigos son tan despreciables como tú, pero al menos él recuerda lo que significa la palabra respeto.
Dejé el vaso de whisky sobre la cómoda y me acerqué a ella con pasos lentos, disfrutando de cómo su respiración se volvía errática a medida que acortaba la distancia. Cuando estuve lo suficientemente cerca, pude ver el brillo de las lágrimas contenidas en sus ojos, esas que se negaba a soltar frente a mí.
—El respeto es algo que se gana, y tú lo perdiste en el momento en que tu familia decidió jugar sucio con mi capital —repliqué, atrapándola entre mi cuerpo y el frío ventanal—. Y en cuanto a Julián… no vuelvas a mirarlo así. No vuelvas a buscar refugio en nadie que no sea yo. ¿Crees que su amabilidad es gratuita? Si él supiera la mitad de lo que he tenido que hacer para que tú no estés en una cárcel común ahora mismo, se le caería la cara de vergüenza.
“Ella no comprende que mi obsesión es su única seguridad. El mundo exterior la devoraría en un suspiro, pero aquí, bajo mi control, es intocable”, pensé mientras sentía el calor que emanaba de su piel, un contraste violento con la frialdad de mis palabras.
—No me das miedo, Dante —mintió ella, aunque pude sentir el temblor de sus hombros bajo mis manos.
—Deberías tenerlo, Alessia. Porque hasta ahora, solo has visto al hombre que quiere poseerte. No querrás conocer al que se cansa de jugar a las casitas.
La tomé por el mentón, obligándola a sostener mi mirada. Sus labios temblaban, pero su lengua seguía siendo un arma que ella insistía en usar contra mí. La intensidad del momento era asfixiante; podía sentir los latidos de su corazón martilleando contra mi pecho, una sinfonía de pánico y algo más oscuro que ambos nos negábamos a nombrar.
—Escúchame bien, porque no lo repetiré —susurré, bajando el tono de mi voz hasta convertirlo en una advertencia letal—. He sido paciente contigo. He permitido tus desplantes y tu actitud de princesa ofendida porque entiendo el luto de tu fortuna. Pero si vuelves a faltarle al respeto a los instructores que pagó, o si vuelves a intentar seducir a mis socios con tu papel de víctima desvalida, las consecuencias no caerán sobre ti.
Vi cómo sus pupilas se dilataban al mencionar a su padre. Esa era la correa, el único vínculo que la mantenía anclada a mi voluntad.
—Mi padre no tiene la culpa de mi temperamento —articuló ella con la voz quebrada.
—Tu padre es la razón por la que estás aquí y no mendigando en las calles de Lugano —le recordé, apretando ligeramente mi agarre sobre su mandíbula—. Pórtate bien, Alessia. Sé la mujer refinada que dices ser y cumple con tus obligaciones. Si sigues estirando la cuerda, conocerás mi lado malo, y te aseguro que no hay seda ni diamantes en este mundo que puedan suavizar el golpe cuando decida dejar de ser tu protector para convertirme exclusivamente en tu verdugo.
Me alejé de ella con una brusquedad que la dejó tambaleante. La vi abrazarse a sí misma, tratando de recomponer sus pedazos mientras yo me dirigía hacia la puerta. Mi paciencia se estaba agotando y mi necesidad de someterla por completo crecía con cada segundo de su resistencia.
—Que descanses, piccola —añadí antes de salir—. Mañana el sastre vendrá a las ocho. Si no estás lista, personalmente me encargaré de vestirte, y te aseguro que no te gustará mi falta de delicadeza.
Cerré la puerta tras de mí, sintiendo que la adrenalina de la confrontación todavía corría por mis venas. La obsesión era una enfermedad que me consumía, pero verla así, derrotada pero todavía con fuego en la mirada, era la única medicina que lograba calmar a la bestia que habitaba en mi interior.
Regresé a mi despacho, pero el silencio del Penthouse no me proporcionó la paz que buscaba. Me serví una medida generosa de coñac, dejando que el líquido ámbar se deslizara por las paredes del cristal mientras observaba, a través de las pantallas, la silueta de Alessia en su habitación. Se había quedado inmóvil tras mi partida, una estatua de sal en medio de un océano de lujos que no terminaba de aceptar.
“Crees que la distancia me debilita, piccola, cuando solo sirve para que mi fijación por cada uno de tus suspiros se vuelva más aguda”, reflexioné, sintiendo el calor del alcohol encender mi determinación.
Julian seguía presente en mis pensamientos como una mancha de grasa en una superficie pulida. Su intento de caballerosidad no era más que una afrenta a mi autoridad. En este recinto, no hay más benevolencia que la que yo decido otorgar, y no permitiré que nadie siembre en ella la esperanza de una salvación que no pase por mis manos.