CAPITULO *8*

891 Palabras
**ALESSIA** Un hombre que se había mantenido al margen, sentado en uno de los sofás de cuero, se levantó y se acercó a mí. Tenía unos ojos castaños que, a diferencia de los de Dante, desprendían una calidez que me resultó casi dolorosa en mi estado actual. Su nombre era Julian, el único de los socios de Dante que siempre había mantenido una reputación de integridad, o al menos eso decían los mentideros de la alta sociedad. —Por favor, disculpa a mis amigos, Alessia. El alcohol suele sacar a relucir su falta de clase —dijo Julian con una voz suave, deteniéndose a una distancia respetuosa—. Siento mucho lo que le ha pasado a tu familia. Nadie merece pasar por algo así, y mucho menos tú. Sus palabras fueron como un bálsamo inesperado en medio de un campo de batalla. Por un segundo, mi fachada de acero flaqueó y sentí un nudo en la garganta. Alguien me veía como a una persona, no como a un trofeo o una burla. —Gracias, Julian —logré articular, esforzándome por mantener la compostura. Sin embargo, la atmósfera cambió en un latido. El aire se volvió pesado, eléctrico. Antes de que pudiera añadir algo más, sentí una mano firme y posesiva cerrarse sobre mi cintura, atrayéndome hacia un cuerpo cálido y sólido. Dante se había movido con la rapidez de una sombra, marcando su territorio frente a su amigo. —Alessia tiene muchas cosas que hacer hoy, Julian. No la distraigas con sentimentalismos innecesarios —sentenció Dante, y aunque sus palabras eran tranquilas, el brillo de advertencia en sus ojos era letal—. Ella ya no es la chica que conociste en los cócteles benéficos. Ahora tiene nuevas responsabilidades… conmigo. “Su toque quema, no por deseo, sino por el peso de las cadenas que representa”, reflexioné, sintiendo cómo sus dedos se hundían ligeramente en mi costado, recordándome quién era el dueño del aire que respiraba. Dante me obligó a girarme, ignorando la mirada de disculpa de Julian. —Vuelve a tu habitación. La Signora Martini me ha informado de tu falta de cooperación. Tendremos una charla muy seria sobre eso cuando mis invitados se marchen —susurró cerca de mi oído, con una voz que me prometía que la noche no sería nada fácil. Caminé hacia el pasillo sintiendo la mirada de todos clavada en mi espalda, pero especialmente la de Julian, que me seguía con una mezcla de lástima y algo más que no supe identificar. Por primera vez en ese lugar, sentí que no todos eran mis enemigos, pero también comprendí que cualquier mano amiga sería interpretada por Dante como una declaración de guerra. **DANTE** Cerré la puerta del ascensor privado tras la salida de mis socios, sintiendo que el aire de mi propio hogar estaba contaminado por la condescendencia de Riccardo y, sobre todo, por la estúpida caballerosidad de Julian. El eco de sus risas y sus palabras de lástima hacia Alessia seguía rebotando en el mármol, encendiendo una chispa de furia que amenazaba con devorar mi habitual autocontrol. “Julian siempre ha sido un iluso, creyendo que en este mundo hay espacio para la piedad. No entiende que ella no necesita un salvador, necesita un dueño”, reflexioné mientras servía un último trago de whisky, dejando que el cristal del vaso se enfriara bajo la presión de mis dedos. Me molestó la forma en que ella lo miró. Fue apenas un segundo, un destello de gratitud en medio de su orgullo herido, pero para mí fue una declaración de guerra. Nadie, absolutamente nadie, tiene permiso para ofrecerle consuelo a Alessia Castelli excepto yo. Ella es mi carga, mi trofeo y mi castigo; cualquier mano externa que intente tocar sus cenizas solo conseguirá quemarse. Caminé hacia el pasillo que conducía a sus aposentos, dejando atrás el desorden de la cena. Mi mente repasaba el informe de la Signora Martini: falta de cooperación, soberbia y una resistencia que, aunque esperaba, no estaba dispuesto a tolerar por más tiempo. Si ella creía que ser una “niña mimada” le otorgaba inmunidad diplomática en mi territorio, estaba a punto de recibir la lección más amarga de su vida. —Señora Bianchi, retírese por hoy. No quiero interrupciones de ningún tipo —ordené al cruzarme con el ama de llaves, quien simplemente asintió y desapareció en las sombras del servicio. La soledad del Penthouse se volvió absoluta, cargada con la electricidad de mi propia cólera. Me detuve frente a la puerta de su habitación, escuchando el silencio que emanaba del otro lado. No llamé. En mi mundo, no se pide permiso para entrar en lo que legalmente te pertenece. Al entrar, la encontré de pie junto al ventanal, observando las luces de Milán como si buscara una ruta de escape en el horizonte. Llevaba todavía el vestido n***o, pero se había despojado de los zapatos, luciendo pequeña y frágil frente a la inmensidad del cristal. Al notar mi presencia, se tensó visiblemente, pero no se movió. Su orgullo seguía siendo su única armadura, una protección tan elegante como inútil. —¿Te ha gustado el espectáculo, Alessia? —le inquirí, dejando que mi voz resonara con una frialdad que hizo que ella se girara bruscamente—. Parecías muy cómoda aceptando las limosnas emocionales de Julian.
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