CAPITULO *7*

867 Palabras
**ALESSIA** Me quedé sola con mi desayuno intacto y una sensación de desolación absoluta. Me acerqué al ventanal una vez más, apoyando la frente contra el cristal frío. Abajo, el mundo seguía girando, pero para Alessia Castelli, el tiempo se había detenido en el instante en que el magnate decidió que yo era el único trofeo que le faltaba en su colección. —Señorita, el instructor de protocolo llegará en diez minutos. Le sugiero que termine su café —intervino la señora Bianchi, apareciendo nuevamente de la nada. —Dígale que espero que tenga mucha paciencia —respondí sin mirarla—, porque voy a ser la peor alumna que haya tenido jamás. “Si Dante Cavalli quiere una guerra de voluntades, eso es exactamente lo que va a obtener”, juré para mis adentros, sintiendo cómo una pequeña chispa de mi antiguo fuego se encendía en medio de tanta oscuridad. La mujer que Dante había contratado, una tal Signora Martini con cara de haber tragado vinagre, movió el cuchillo de pescado dos milímetros hacia la derecha con una expresión de profunda desaprobación. Yo la observaba desde el otro lado de la mesa, sintiendo cómo una presión volcánica crecía en mi pecho, amenazando con destruir el poco autocontrol que me quedaba. —Señorita Castelli, la espalda debe formar un ángulo recto perfecto con el asiento. No estamos en una taberna de mala muerte —sentenció la instructora, golpeando suavemente mi hombro con una varilla de madera. —¿Me está hablando en serio? —le espeté, apartando la varilla con un movimiento brusco de mi brazo—. He cenado con embajadores y miembros de la realeza europea antes de que usted supiera siquiera cómo deletrear la palabra “etiqueta”. Fui una Castelli; nací con un juego de cubiertos de plata en la mano y aprendí a caminar con libros sobre la cabeza antes de saber sumar. “Dante cree que puede borrar mi educación solo porque borró el saldo de mi cuenta bancaria. Es un imbécil si piensa que necesito que una desconocida me enseñe a ser quien siempre he sido”, reflexioné, apretando los dientes con tal fuerza que me dolió la mandíbula. —El señor Cavalli fue muy específico. Dijo que su comportamiento carecía del refinamiento necesario para los círculos en los que él se mueve —replicó la mujer sin inmutarse, ajustándose sus gafas de lectura—. Según sus palabras, usted era solo una niña mimada que no sabía distinguir un evento de gala de una fiesta de jardín. La humillación me golpeó como una bofetada física. No era solo que me tratara como a una prisionera; era el desprecio hacia mi pasado, hacia el esfuerzo que mi madre puso en convertirme en la dama perfecta. Para Dante, yo no era más que un bloque de mármol tosco que él, en su infinita arrogancia de nuevo rico, pretendía pulir. —Dígale al señor Cavalli que puede meterse sus lecciones de protocolo por donde mejor le quepan —le solté, poniéndome en pie con una elegancia que la Martini no pudo cuestionar—. Se acabó la clase. Salí de la terraza dispuesta a encerrarme en mi habitación, pero el sonido de risas masculinas y el aroma a puros de alta regalía me detuvieron en seco al llegar al salón principal. Dante estaba allí, pero no estaba solo. Lo acompañaban tres hombres de aspecto impecable y mirada depredadora; socios, supuse, de su imperio de acero y traiciones. Al verme aparecer, el silencio se apoderó de la estancia, seguido de una serie de sonrisas cargadas de veneno. —Vaya, vaya… pero si es la princesa destronada —comentó uno de ellos, un hombre rubio de rasgos afilados llamado Riccardo, a quien recordaba haber visto suplicar por una invitación a las fiestas de mi padre hace apenas un año—. Te sienta bien el luto de tu fortuna, Alessia. Aunque escuché que ahora trabajas en “servicios exclusivos” para Dante. —He oído que la Villa Castelli se subastará por piezas —intervino otro, soltando una carcajada mientras le daba un sorbo a su coñac—. ¿Es cierto que tu padre lloró como un niño cuando le pusieron las esposas, o solo son rumores de la prensa? Sentí que la sangre se me congelaba. La crueldad de esos hombres, que antes habrían dado un brazo por ser vistos conmigo, era el recordatorio más amargo de mi caída. Me quedé paralizada, con la espalda erguida y la mirada fija, tratando de no mostrar la herida sangrante que sus palabras habían abierto en mi orgullo. “Son buitres alimentándose de los restos de mi apellido. Y Dante… Dante solo observa, permitiendo que me despedacen para ver cuánto puedo aguantar antes de romperme”, pensé, buscando la mirada de mi captor entre el grupo. Dante permanecía apoyado en el mueble bar, observando la escena con una frialdad analítica. No me defendió; simplemente dejó que la humillación siguiera su curso, como si fuera parte del entrenamiento que había planeado para mí. —Ya basta, Riccardo —intervino una voz distinta, más profunda y carente de la malicia de los demás.
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