**ALESSIA**
Me giré bruscamente. Una mujer de unos cincuenta años, vestida con un uniforme gris impecable y el cabello recogido en un moño tirante, me observaba desde el umbral. No la había oído entrar; las alfombras de este lugar engullían cualquier rastro de presencia humana.
—¿Quién es usted? —pregunté, tratando de recuperar la compostura mientras me envolvía en la bata de seda que Dante había dejado para mí.
—Soy la señora Bianchi, el ama de llaves del señor Cavalli. Estoy aquí para asistirla en sus necesidades y asegurarme de que cumpla con el itinerario que el señor ha diseñado para usted —respondió con una cortesía mecánica que me puso los pelos de punta—. Su desayuno está servido en la terraza acristalada. El señor Cavalli la espera allí antes de marcharse a la corporación.
Seguí a la mujer por los pasillos de mármol hasta la terraza. Dante estaba allí, sentado frente a una mesa perfectamente dispuesta, revisando unos documentos en su tableta mientras tomaba un café solo. Llevaba un traje gris marengo que acentuaba la amplitud de sus hombros y esa expresión de mando que parecía grabada a fuego en sus rasgos.
—Siéntate, Alessia. La puntualidad es una virtud que vas a cultivar bajo mi techo, te guste o no —sentenció sin apartar la vista de la pantalla.
Me senté frente a él, ignorando las frutas exóticas y los pasteles artesanales que habían dispuesto para mí. El apetito era un concepto lejano cuando sentía que cada uno de mis movimientos estaba siendo cronometrado por el hombre que me había robado el futuro.
—¿Un itinerario? ¿Ahora también vas a decidir a qué hora debo respirar? —le inquirí, cruzándome de brazos en un gesto de rebeldía que sabía inútil.
Dante dejó la tableta sobre la mesa y me miró fijamente. Sus ojos grises eran dos témpanos que parecían capaces de congelar mi voluntad con un solo parpadeo.
—Voy a decidir todo lo que sea relevante para mi inversión. Por la mañana, recibirás clases de protocolo y finanzas; por la tarde, un entrenador personal se encargará de que tu condición física sea impecable. No quiero una muñeca de porcelana que se rompa al primer contacto, quiero a una mujer que esté a la altura de mi apellido cuando decida presentarte al mundo —explicó con una frialdad que me dejó sin aliento.
“Quiere moldearme, borrar cada rastro de la Alessia que fui para convertirme en una extensión de su poderío”, pensé, sintiendo una oleada de indignación recorriendo mi columna vertebral.
—No soy un proyecto de remodelación, Dante. No puedes obligarme a aprender lo que no deseo —le espeté, desafiando la intensidad de su mirada.
Él se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa. La distancia entre nosotros se redujo drásticamente, y pude notar el aroma a éxito y peligro que siempre lo rodeaba.
—Puedo obligarte a todo lo que el contrato estipula, y más aún cuando la vida de tu padre pende del hilo que yo sostengo —me recordó en un susurro cargado de una posesividad asfixiante—. Hoy vendrá un sastre para tomarte medidas para tu nuevo vestuario de gala. No quiero quejas. Obedece y la estancia de tu progenitor en Suiza seguirá siendo placentera. ¿Me he explicado bien?
Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra. El nudo en mi garganta era tan grande que temía romper a llorar frente a él, algo que mi orgullo no podía permitirse.
Dante se levantó, ajustándose los gemelos de oro con una parsimonia que me resultó tortuosa. Antes de marcharse, rodeó la mesa y se colocó detrás de mí. Sentí sus manos apoyarse en mis hombros, una presión firme que me obligó a mantenerme erguida.
—Disfruta de tu primer día de aprendizaje, Alessia. La señora Bianchi me informará de cada uno de tus progresos —murmuró, inclinándose hasta que sus labios rozaron la curva de mi cuello.
Un escalofrío involuntario recorrió mi cuerpo. Era una mezcla de terror y una respuesta biológica que mi mente se negaba a reconocer. Su tacto era fuego sobre mi piel gélida, una marca invisible que reclamaba territorio.
—No intentes usar el teléfono fijo o internet; las líneas están restringidas a números autorizados por mí. Y ni se te ocurra acercarte a la puerta principal; el código de seguridad cambia cada hora y los guardias del vestíbulo tienen órdenes estrictas de no dejarte salir sin mi autorización escrita —añadió, aumentando la presión de sus dedos sobre mis clavículas.
“Me ha convertido en un fantasma dentro de un palacio. Soy la mujer más rica de Milán en apariencia, y la más pobre en libertad”, reflexioné mientras cerraba los ojos con fuerza, esperando que se marchara de una vez.
Dante se alejó finalmente, pero su presencia pareció quedarse impregnada en cada rincón de la terraza. Lo escuché dar instrucciones secas a la señora Bianchi antes de que el sonido del ascensor privado indicara su partida.