**DANTE**
“Esa lengua afilada es lo que más me gusta de ti, y lo que más disfrutaré doblegar”, consideré mientras me sentaba y comenzaba a cortar mi carne con una parsimonia estudiada.
El tintineo de los cubiertos de plata era el único sonido que llenaba el comedor. La tensión era una presencia física, una cuerda tensada al máximo que amenazaba con romperse al menor roce. La observé mientras ella apenas tocaba su comida, con la vista fija en su copa de vino como si buscara una salida en el líquido rubí.
—Come. No quiero que desfallezcas mañana durante tu primer día de instrucción —ordené, clavando mis ojos en los suyos hasta que se vio obligada a sostener la mirada.
—¿Instrucción? No soy un soldado, ni uno de tus empleados —replicó ella con la voz quebrada por la indignación.
—Eres mucho más que eso, eres mi inversión —corregí, dejando los cubiertos a un lado para inclinarme hacia delante—. Mañana empezarás a aprender mis horarios, mis preferencias y, sobre todo, los límites de tu nueva realidad. Mi padre me enseñó que lo que no se cuida, se pierde; y yo no tengo intención de perderte, Alessia. No después de lo que me ha costado obtenerte.
Terminamos la cena en un silencio cargado de electricidad estática. Me levanté y le hice una seña para que me siguiera hacia el balcón, donde el viento nocturno de la ciudad golpeaba con una frescura necesaria. Ella se mantuvo a una distancia prudencial, como una presa que mide el alcance de las garras del depredador.
Extraje mi teléfono y, tras pulsar un par de comandos, le mostré la pantalla. Era un video en tiempo real de una habitación de hospital de alta tecnología en Zúrich. Su padre descansaba allí, conectado a monitores que pitaban con una regularidad reconfortante.
—Está a salvo, Alessia. Los mejores médicos de Europa están a su disposición —dije, observando cómo sus ojos se llenaban de una mezcla de alivio y angustia—. Pero recuerda que este flujo de bienestar depende exclusivamente de tu comportamiento aquí. Un error, un intento de fuga o un solo acto de desobediencia grave, y los fondos para su tratamiento se evaporarán antes de que puedas parpadear.
“El amor filial es una correa muy efectiva cuando se sabe tirar de ella con la fuerza adecuada”, reflexioné, sintiendo una punzada de satisfacción al ver cómo sus hombros se hundían bajo el peso de mi chantaje.
Me acerqué a ella, invadiendo su espacio personal hasta que el calor de nuestros cuerpos empezó a mezclarse. Atrapé su rostro con una mano, obligándola a mirarme. Sus labios temblaban, pero no se apartó. No podía hacerlo.
—A partir de ahora, tienes prohibido el uso de cualquier dispositivo de comunicación. No habrá llamadas a amigas, ni correos electrónicos, ni r************* —susurré cerca de su oído, disfrutando de la forma en que su respiración se entrecortaba—. Tu única conexión con el mundo exterior soy yo. Soy tu voz, tus ojos y tu única salvación. ¿Ha quedado claro?
—Eres un monstruo sin alma —murmuró ella, con una lágrima solitaria rodando por su mejilla hasta morir en mis dedos.
—Soy el hombre que ha salvado a tu padre de una muerte segura en una celda de mierda —repliqué con una frialdad que me sorprendió incluso a mí mismo—. Acéptalo, Alessia. Tu antigua vida ha muerto. Ahora eres mía, y me aseguraré de que no lo olvides ni un solo segundo de tu existencia.
La solté bruscamente, dejándola temblando contra la barandilla de cristal. Me di la vuelta y me dirigí hacia mi despacho, consciente de que esta noche ella dormiría en una cama de seda, pero con el peso de mis cadenas invisibles apretándole el cuello. La obsesión no era solo tenerla cerca; era saber que, sin mí, ella simplemente dejaría de existir.
**ALESSIA**
Desperté con el peso de una realidad que no me pertenecía. Durante unos segundos, el techo blanco y minimalista del dormitorio principal me resultó ajeno, un lienzo vacío que no guardaba los recuerdos de mi infancia en el lago de Como. No había aroma a café recién hecho ni el sonido de mi padre revisando la prensa en la terraza; solo un silencio gélido, interrumpido por el zumbido casi imperceptible del sistema de climatización del Penthouse.
“No es un sueño, Alessia. Has vendido tu alma y ahora el diablo reclama su primera jornada de servidumbre”, me recordé con amargura, sintiendo el roce de las sábanas de seda egipcia contra mi piel como si fueran vendas de seda.
Me incorporé con lentitud, sintiendo que cada músculo de mi cuerpo protestaba por la tensión acumulada la noche anterior. Busqué por instinto mi teléfono en la mesita de noche, pero solo encontré una superficie de cristal pulido y un pequeño jarrón con una sola orquídea blanca. La ausencia de tecnología era un recordatorio físico de mi aislamiento. Estaba desconectada del mundo, una náufraga en una isla de lujo extremo situada en el piso cincuenta de un rascacielos milanés.