CAPITULO *4*

897 Palabras
**ALESSIA** —Tus pertenencias de la villa han sido donadas o destruidas —respondió él con una naturalidad aterradora, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. No quiero nada de tu pasado contaminando mi presente. A partir de ahora, solo usarás lo que yo he seleccionado para ti. Consideralo una limpieza necesaria. “Quiere borrar quién soy, píxel a píxel, hasta que solo quede la versión de Alessia que él ha diseñado en su mente”, razoné, sintiendo una oleada de rabia ante tal nivel de prepotencia. Me acerqué a un conjunto de lencería de seda negra que descansaba sobre la cama de gran tamaño. El tacto era suave, prohibitivo, pero para mí representaba las cadenas de mi nueva servidumbre. —¿Incluso mi ropa interior tiene que pasar por tu aprobación? —le espeté, girándome para enfrentarlo con las mejillas encendidas por la indignación. —Especialmente lo que está más cerca de tu piel, piccola —replicó Dante, avanzando un paso hacia el interior de la habitación. Sus ojos se oscurecieron, adquiriendo una intensidad que me obligó a contener el aliento—. Quiero que cada vez que te vistas, recuerdes quién ha pagado por ello. Quiero que sientas mi presencia en cada costura. Se detuvo a escasos centímetros de mí, y por un momento, el tiempo pareció congelarse. Su mano se alzó y sus dedos rozaron la línea de mi mandíbula con una presión mínima, pero cargada de una promesa posesiva que me hizo temblar. —Date un baño y cámbiate. Te espero en el comedor en media hora para la cena. No llegues tarde; detesto que me hagan esperar por lo que ya es mío —ordenó con una voz gélida antes de dar media vuelta y abandonarme en la inmensidad de aquella lujosa celda. Me desplomé sobre la cama una vez que estuve sola, ocultando mi rostro entre las manos. El silencio del Penthouse era absoluto, interrumpido únicamente por el latido desbocado de mi corazón. Estaba sometida, atrapada en una red de seda y oro, y lo peor de todo era la sospecha de que Dante Cavalli apenas estaba comenzando a mostrarme el verdadero alcance de su obsesión. **DANTE** Me senté frente al escritorio de caoba de mi estudio, permitiendo que la penumbra de la habitación me envolviera mientras el brillo de los monitores de seguridad bañaba mi rostro con una luz azulada. En la pantalla principal, la imagen de Alessia era nítida, casi obscena en su vulnerabilidad. La vi desplomarse sobre la cama del dormitorio principal, ocultando su rostro entre las manos, con los hombros sacudidos por un temblor que ella creía invisible. “Llora todo lo que necesites, piccola. Esas lágrimas son el bautismo de tu nueva vida como mi posesión más valiosa”, reflexioné mientras le daba un sorbo a mi whisky, sintiendo el ardor del alcohol en la garganta como un recordatorio de que estaba muy vivo. Había esperado años por este momento. Cada movimiento financiero, cada empresa que hundí de los Castelli, cada susurro en los oídos de los acreedores adecuados… todo había sido un movimiento de ajedrez diseñado para acorralarla en este Penthouse. Verla allí, rodeada de la seda y el lujo que yo había pagado, me producía una satisfacción primitiva que ninguna fusión empresarial podría igualar jamás. Ella no era solo una mujer; era la victoria final sobre una estirpe que alguna vez se atrevió a mirar a los míos desde lo alto de una torre de marfil que yo mismo me encargué de demoler. Observé cómo se levantaba de la cama y se acercaba al vestidor con movimientos lentos, casi fúnebres. Sus dedos rozaron las prendas que seleccioné con una mezcla de asco y fascinación. Elegir su vestuario no fue un capricho estético; era una forma de marcar territorio. Quería que cada fibra de tela que tocara su piel fuera un recordatorio de mi presencia, una extensión de mis manos envolviendo su cuerpo las veinticuatro horas del día. “Crees que has firmado un contrato, Alessia, pero lo que has hecho es entrar en un laberinto donde yo soy el único que conoce la salida”, pensé con una sonrisa gélida antes de apagar los monitores con un gesto seco. La cena estaba servida con una precisión militar. Me mantuve de pie junto al ventanal, observando el tráfico de Milán como si fueran hormigas bajo mi bota, hasta que escuché el sonido de sus pasos. Eran vacilantes, carentes de la soberbia que solía mostrar en las galas benéficas de su padre. Cuando me giré, el aire pareció densificarse. Alessia llevaba el vestido de seda negra que yo había dejado sobre su cama. El corte se ajustaba a sus curvas con una fidelidad que me hizo entrecerrar los ojos, resaltando la palidez de su piel y ese aire de aristócrata caída que tanto me excitaba. Su mirada seguía siendo desafiante, pero había una g****a en su armadura: el miedo que intentaba ocultar tras su barbilla en alto. —Llegas dos minutos tarde, Alessia. Espero que sea la última vez que pones a prueba mi paciencia con tu impuntualidad —sentencié, señalándole la silla frente a la mía con un gesto imperativo. —No sabía que ahora también eres el dueño del reloj, Dante —me espetó ella, sentándose con una elegancia que el rencor no lograba opacar.
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