Romina Le doy mi dirección a Javi, que de inmediato ingresa en el buscador de la camioneta, sube un vidrio polarizado, qué divide la cabina. —¿Qué sucede? —le cuestiono a mi jefe, un poco asustada. —No lo sé, tal vez Javier necesita algo de privacidad —se encoge de hombros sin darle mayor importancia. De echo todos los vidrios son así, de afuera hacia dentro, no se ve nada, me giro a una ventana y voy viendo como nos dirigimos a la salida. Unos minutos después tomamos carretera, la verdad el camino desde aquí a casa es algo largo. En la mañana yo tarde bastante. Como si la vista afuera estuviera de lo mas interesante, no despegó mi vista de ella, hasta que una mano traviesa se cuela entre mis piernas y me jala al centro del asiento. ¿Cómo? Sabrá Dios, el caso es que voy con la falda

