– ¿Así que eres tú, Shinbe? – gritó Kyoko y le dio su mirada más amenazante. – ¿Por qué me diste esta camisa? – exigió. Shinbe la miró e inclinó su cabeza ligeramente hacia un lado. – ¿Por qué, qué hay de malo con ella? Kyoko se sonrojó de un rojo tomate delicado. – No me gusta… – Su voz se agravó a un suspiro horrorizado: – maricón –, ella terminó. – Pero Kyoko, querida, yo no te la puse, fue Suki. – ¡Suki! – se quejó Kyoko. Suki miró a Shinbe con repugnancia. – Fuiste tú el de la intención de ponérsela. – Suki, futura madre de mis hijos, no tenías que ponérsela –, declaró Shinbe. – Yo no tenía otra camisa que ponerle –. Gritó Suki. – Claro que sí –, respondió Shinbe. – Pudiste haberte quitado la tuya y ponérsela. O pudiste hacer incluso mejor y dejarla desnuda –, su comentario se

