Capítulo 3

2073 Palabras
Rachel Sexton aun estaba furiosa mientras conducía su integra blanco por Leesburg Highway. Los arces sin hojas de las colinas de Falls Church se elevaban desnudos contra un claro cielo de marzo, aunque la pacifica escena poco hizo por calmar su ira. La reciente ventaja de su padre en los sondeos de intensión de voto le habia dotado de una pizca de confiada elegancia y, sin embargo, parecía alimentar solo su presunción. El fraude de aquel hombre resultaba doblemente doloroso porque Sexton era el único familiar cercano que le quedaba a Rachel. Su madre habia muerto hacia tres años. Su perdida habia sido devastadora y las cicatrices emocionales que habia dejado en ella todavia le laceraban el corazón. El ubico consuelo que le quedaba era saber que la muerte de su madre, con irónica compasión, la habia liberado de una profunda desesperación causada por su desgraciado matrimonio con el senador. El busca de Rachel sonó otra vez y volvió a concentrarse en la carretera que se extendía ante ella. El mensaje entrante era el mismo. > >. Rachel suspiro. > Presa de una creciente ansiedad, se dirigió a su salida habitual,  giro hasta desembocar en la carretera de acceso privado y se detuvo ante la grita del centinela, que estaba armado hasta los dientes. Se encontraba a las puertas de Leesburg Highway 14.225, una de las direcciones mas inaccesibles del país. Mientras el guardia comprobaba que no habia micrófonos en el coche, Rachel miro el mastodontico edificio que se elevaba en la distancia. El complejo ocupaba casi cien mil metros cuadrados y se elevaba majestuoso sobre unas veintiocho hectáreas de bosque en pleno Fairfax, Virginia, justo a las afueras de Washington D.C. La fachada del edificio era un bastión de cristal en el que se reflejaba toda la amalgama de antenas de satélites, parabólicas y transmisores de radio enclavados en lo terrenos adyacentes, doblando así su asombroso numero. Dos minuto mas tarde, habia aparcado y cruzaba el pulcro jardín que llevaba a la entrada principal, donde una placa de granito labrada rezaba: OFICINA NACIONAL DE RECONOCIMIENTO (ONR) Los dos Marines armados que flanqueaban la puerta giratoria blindada mantuvieron la vista al frente mientras Rachel pasaba entre ellos. Tuvo la misma sensacion de congoja que siempre sentía cuando franqueaba esas puertas...la de estar metiéndose en la panza de un gigante dormido. Dentro del vestibulo abovedado, percibió los leves ecos de conversaciones amortiguadas a su alrededor, como si las palabras fueran filtrándose desde las oficinas situadas sobre su cabeza. Un enorme mosaico de baldosines proclamaba la directriz de la ONR: CONTRIBUIR A LA SUPERIORIDAD DE INFORMACIÓN GLOBAL DE ESTADOS UNIDOS EN LA PAZ Y EN LA GUERRA. Las paredes estaban forradas de enormes fotografías: lanzamientos de cohetes, submarinos recién botados, instalaciones de intercepcion...destacados logros que solo podían celebrarse dentro de esos muros. Como siempre, Rachel sentía que los problemas del mundo exterior iban desbibujandose tras ella. Estaba entrando en le mundo de las sombras, un mundo en que los problemas irrumpían entre estallidos como trenes de carga y en el que las soluciones se encontraban con apenas un susurro. A medida que se aproximaba al ultimo punto de control, Rachel se preguntaba que tipo de problema habría provocado que el busca le hubiera sonado dos veces en los últimos treinta minutos. -Buenos días, señorita Sexton. El guarda sonrió al verla acercarse al marco de acero. Rachel le sonrió a su vez mientras él le tendía una diminuta muestra de algodona. -Ya conoces las instrucciones. Rachel cogió la muestra herméticamente cerrada y le quito el envoltorio de plástico. Luego se la metió en la boca como si se tratara de un termómetro. La mantuvo debajo de la lengua durante dos segundos. A continuacion, inclinándose hacia adelante, permitió que el guarda se la quitara y la insertara en la ranura de una maquina que tenia a su espalda. La maquina tardo cuatro segundos en confirmar las secuencias de ADN de la saliva de Rachel. Luego un monitor parpadeo, mostrando la foto y la acreditación de seguridad de Rachel. El guarda le guiño el ojo. -Al parecer sigue siendo usted -Extrajo la muestra usada de la maquina y la dejo caer por una abertura, donde se incinero al instante -. Que tenga un buen día.- Pulso un botón y las enormes puertas de acero se abrieron. Mientras Rachel accedía al entramado de bullicioso pasillos al otro lado de la puerta, le impresiono darse cuenta de que a pesar de los seis años que llevaba ya trabajando allí, todavia se sentía intimidada por el colosal alcance de aquella maquinaria. La agencia incluía otras seis instalaciones en Estados Unidos, daba trabajo a diez mil agentes y sus costes operativos superaban los diez mil millones de dolares anuales. Bajo el mas absoluto secreto, la ONR construía y mantenía un increíble arsenal de tecnología de espionaje de ultima generación. Interceptores electrónicos mundiales, satélites espías, silenciosos chips repetidores incorporados a productos de telecomunicaciones, incluso una red global de reconocimiento naval conocida como Classic Wizard, una red secreta de mil cuatrocientos cincuenta y seis hidrófonos instalados sobre fondos marinos por todo el mundo, capaces de controlar los movimientos de los barcos en cualquier punto del globo.  Las tecnologías de la ONR no sólo ayudaban a Estados Unidos a ganar cualquier conflicto militar, sino que proporcionaban una infinita fuente de datos en tiempos de paz a agencias como la CIA, la NASA y el Departamento de Defensa, ayudándoles así a combatir el terrorismo, a localizar delitos contra el media ambiente y a dar a los políticos los datos necesarios para tomar las decisiones más oportunas sobre un enorme abanico de temas.  Rachel trabajaba allí en calidad de >. El > , o sistema de resumen de datos, consistía en analizar complejos informes y destilar su esencia o > hasta reducirla a un conciso y breve informe de una sola página. Rachel había dado claras muestras de estar especialmente dotada para este trabajo. >, pensaba.  Ahora Rachel ocupaba un puesto de honor entre los > de la ONR. Era el enlace entre la comunidad e inteligencia y la Casa Blanca: la responsable de repasar los informes diarios de inteligencia de la ONR y decidir qué historias eran relevantes para el Presidente, destilando dichos informes hasta reducirlos a breves notas de una sola página y enviando después el material resumido al Consejo de Seguridad Nacional del Presidente. En la jerga propia de la ONR, Rachel Sexton >.  A pesar de que era un trabajo difícil y de que requería muchas horas, el puesto era para Rachel todo un honor, una forma de reafirmarse en su independencia con respecto a su padre. El senador Sexton se había ofrecido innumerables veces a mantener a Rachel si se decidía a dejar su empleo, pero ella no tenía la menor intención de quedar económicamente a expensas de un hombre como Sedgewick Sexton. Su madre había sido un ejemplo perfecto de lo que podía ocurrir cuando individuo como aquel tenía demasiadas cartas en la mano.  El sonido de busca de Rachel resonó en el vestíbulo de mármol.  > Ni siquiera se tomó la molestia de leer el mensaje.  Preguntándose qué demonios ocurría, entró en el ascensor, pasó de largo por su propia planta y subió directamente hasta la última.  Calificar al director de la ONR de personaje anodino era sin duda una exageración. William Pickering, director de la ONR, era un hombre diminuto, de piel pálida, de rostro fácilmente olvidable, calvo y con unos ojos marrones que, a pesar de haberse posado en los secretos más profundos del país, parecían dos charcos pequeños y poco profundos. Sin embargo, para aquéllos que trabajaban bajo sus órdenes, Pickering descollaba. Su personalidad discreta y su llaneza eran legendarias en la ONR. La callada diligencia del hombre, combinada con los sencillos trajes negros que conformaban su guardarropa, le habían valido el apodo de >. Brillante estratega y modelo de eficacia, > gobernaba su mundo con una claridad inigualable. Su mantra: >.   Cuando Rachel llegó al despacho del director, éste estaba al teléfono. A ella siempre le sorprendía verle: William Pickering no parecía en absoluto un hombre que tuviera tanto poder como para despertar al Presidente a cualquier hora.  Pickering colgó y le indicó con un gesto que pasara.  -Agente Sexton, tome asiento. Había en su voz un tono deliberadamente seco. -Gracias, señor.  Rachel se sentó.  A pesar de que a casi todo el mundo le incomodaban los ademanes abruptos de Pickering, a Rachel siempre le había gustado aquel hombre. Era la antítesis exacta de su padre... físicamente poco impresionante,, nada carismático, y cumplía con su deber con un patriotismo exento de egoísmo, evitando la atención pública que su padre tanto adoraba.  Pickering se quitó las gafas y la miró.  -Agente Sexton, el Presidente me ha llamado hace cosa de una media hora para hablarme concretamente de usted.  Rachel se removió en la silla. Pickering era famoso por ir siempre directo al grano. >, pensó.  -Espero que no haya habido ningún problema con alguno de mis resúmenes.  -Al contrario. La Casa Blanca está impresionada con su trabajo.  Rachel espiró en silencio.  -Entonces, ¿qué es lo que quiere el Presidente? -Tener una reunión con usted. De inmediato.  La inquietud de Rachel se agudizó.  -¿Conmigo? ¿Sobre qué?  -Buena pregunta. No me lo ha dicho.  Ahora Rachel se sentí perdida. Ocultarle información al director de la ONR era comparable a ocultarle secretos del Vaticano al Papa. La broma típica de la comunidad de los servicios de inteligencia era que si William Pickering no estaba al corriente de algo, eso significaba que no había ocurrido.  Pickering se levantó y empezó a pasearse por delante de la ventana.  -Me ha pedido que me ponga inmediatamente en contacto con usted y que le ordene reunirse con él.  -¿Ahora?  -Ha venido un medio de transporte. Está esperando ahí afuera.  Rachel frunció el ceño. La petición del Presidente ya resultaba inquietante en sí misma, pero era le expresión de preocupación en el rostro de Pickering lo que realmente la alarmaba.  -No hay duda de que tiene usted sus reservas al respecto.  -¡Ya lo creo! -Pickering hizo gala de un insólito destello de emoción-. El oportunismo del Presidente se me antoja casi pueril en su transparencia. Tratándose de la hija del hombre que en estos momentos le está retando en las urnas, ¿para qué solicita un encuentro en privado con usted? Me parece del todo inadecuado. Sin duda su padre estaría de acuerdo conmigo.  Rachel sabía que Pickering estaba en lo cierto, aunque le importaba un comino lo que pudiera pensar su padre.  -¿Acaso no confía en los motivos que pueda tener el Presidente para convocarme a esa reunión privada?  -Mi juramento me obliga a facilitar apoyo de inteligencia a la administración actual de la Casa Blanca, no a poner en tela de juicio su política.  >; pensó Rachel. William Pickering no vacilaba a la hora de ver a los políticas como efímeros testaferro que pasaban fugazmente por un tablero de ajedrez cuyos auténticos jugadores eran hombres como el propio Pickering: los valientes de la vieja guardia que llevaban en la brecha el tiempo suficiente para comprender las reglas del juego con cierta perspectiva. Pickering a menudo decía que dos legislaturas completas en la Casa Blanca no bastaban para comprender las verdaderas complejidades del panorama político mundial. -Quizá no es más que una invitación inocente -se aventuró a decir Rachel con la esperanza de que el Presidente estuviera por encima de intentar cualquier truco barato de campaña-. Quizá necesite le resumen de algún dato importante.  -No quisiera parecerle despreciativo, agente Sexton, pero la Casa Blanca tiene acceso a un buen número de personal de > perfectamente cualificado si lo necesita. Si se trata de una tarea interna de la Casa Blanca, el Presidente debería ser lo suficientemente cauto como para no ponerse en contacto con usted. En caso contrario, desde luego no hay duda de que sería un error considerable solicitar un activo de la ONR y luego negarse a decirme para qué lo quiere.
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