Capítulo 4

638 Palabras
Pickering siempre utilizaba la palabra > para referirse a sus subordinados, una forma de hablar que a muchos les parecía desconcertante y fría.  -Su padre está adquiriendo fuerza política -dijo Pickering-. Mucha. Seguro que la Casa Blanca debe de estar poniéndose nerviosa -añadió con un suspiro-. La política es un negocio desesperado. Cuando el Presidente solicita una reunión secreta con la hija de su oponente, apostaría a que en su cabeza hay algo más que los resúmenes de inteligencia.  Rachel sintió un pequeño escalofrío. Las corazonadas de Pickering tenían la maldita costumbre de dar en el clavo.  -¿Y teme usted que la Casa Blanca esté tan desesperada como para meterme a mí en ese lío político?  Pickering guardó silencio durante un instante.  -No puede decirse que sea usted muy discreta sobre los sentimientos que alberga hacia su padre y estoy totalmente seguro de que el equipo de campaña del Presidente está al corriente de sus desavenencia. Se me ocurre que quizá quieran utilizarla de algún modo contra él. -¿Dónde hay que firmar? -dijo Rachel, bromeando sólo en parte.  Pickering no pareció impresionado y le dedicó a Rachel una mirada severa.  -Una pequeña advertencia, agente Sexton. Si cree usted que los problemas personales entre su padre y usted suponen un obstáculo en su capacidad de razonamiento al tratar con el Presidente, le recomiendo encarecidamente que rechace la invitación.  -¿Que la rechace? -Rachel soltó una carcajada nerviosa-. Es obvio que no puedo rechazar una petición del Presidente.  -Así es -dijo el director-. Pero yo sí puedo.  Las palabras de Pickering resonaron ligeramente y Rachel recordó entonces que Pickering, a pesar de ser un hombre de baja estatura podía llegar a provocar terremotos políticos cuando se enfadaba.  -Lo que me preocupa en este caso es muy simple -dijo Pickering-. Mía es la responsabilidad de proteger al personal que trabaja para mí y no me hace ninguna gracia la menor insinuación de que alguien de mi equipo pueda ser utilizado como peón en un juego político.  -¿Qué me recomienda usted?  Pickering suspiró. -Yo le sugeriría que acudiese al encuentro. Pero no se comprometa a nada. En cuanto el Presidente le suelte lo que tenga en mente, llámeme. Si veo que está tramando algo para utilizarla, la sacaré de allí tan rápido que el tipo no tendrá ni tiempo de saber qué ha sido lo que le ha golpeado, créame.  -Gracias, señor -Rachel percibía un aura protectora en el director que a menudo echaba de menos en propio padre-. ¿Y dice que el Presidente ya ha enviado un coche?  -No exactamente -respondió Pickering, frunciendo el ceño y señalando por la ventana.  Titubeante, Rachel se acercó y miró en la dirección que señalaba el dedo extendido de Pickering.  Un helicóptero MH-60G PaveHaek que morro chato esperaba sobre el césped. Aquel PaveHawk, uno de los helicópteros más veloces construidos hasta el momento, llevaba grabado el escudo presidencial. El piloto estaba de pie junto a la nave, mirando su reloj.  Rachel se volvió y miró a Pickering sin dar crédito.  -¿La Casa Blanca ha enviado un PaveHawk para que recorra los veinticinco kilómetros que nos separan del D.C.?  -Al parecer, el Presidente espera impresionarla o intimidarla -dijo Pickering mirándola con atención-. Le sugiero que no caiga en lo uno ni en lo otro.  Rachel asintió. Estaba tan impresionada como intimidada.  Al cabo de cuatro minutos, Rachel Sexton abandonó la ONR y no bien subió al helicóptero, éste despegó en el acto sin que tuviera tiempo de abrocharse el cinturón de seguridad. Miró por la ventanilla y a varios cientos de metros por debajo vio desfilar una mancha borrosa de árboles. El pulso se le aceleró. De haber sabido que el destino verdadero del PaveHawk no era la Casa Blanca el corazón le hubiera latido desbocado. 
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