MARGOT
Han pasado dos días desde que vio a Ryan por última vez, dos días desde que estuvo en su apartamento, dos días desde la vez que se sintió mejor que nunca.
Ha ido a la universidad a presentar unos exámenes para poder pasar la materia de Lenguas, lleva verdaderamente mal la carrera. Nunca presta suficiente atención en clase. No entrega los trabajos a tiempo. A veces ni siquiera se molesta en ir. Lo único que falta es que la expulsen.
Se devolvió a su casa esta tarde y no ha salido de su habitación, ha estado viendo videos de su familia, de cuando estaban juntos, de momentos especiales, cuando eran felices y no lo sabían.
Pasa al siguiente video. Es uno en el que están celebrando el cumpleaños de su hermanita, acaba de cumplir 9 años, sus últimos 9 años, solo que ninguno lo sabía. Ella está feliz con el pastel de cumpleaños de chocolate en sus manos, en ese momento Margot se acerca y le unta un poco de pastel en la nariz a su hermana. Se ríen a carcajadas y sonríen a la cámara.
Era tan feliz y no lo sabía.
Se limpia las lágrimas que caen sobre sus mejillas y recuesta la cabeza en la almohada mientras sigue viendo fotos y videos.
Hasta que llega a una en especial: el primer día que su hermana le hizo un conejito de Origami. Margot le había prometido que se iban a tomar una foto con el conejito, las dos sonreían a la cámara sosteniendo en sus manos la figura de Origami, su hermana se veía muy pequeña, tenía 4 años.
Llora desconsolada, quiere dejar de sentir, desaparecer. Hoy es el cumpleaños de su hermanita, Isa. Es el primer cumpleaños que está sin ella y no sabe cómo afrontar esta situación, de hecho, ésta y muchas más.
No ha podido enfrentarlo, solo ha huido. Pero hoy, en honor a Isa, decide hacerle frente.
Se levanta con rapidez y sale hacia el pasillo, y ahí, parada al frente de la puerta de la habitación de su hermana, decide que va a tomar el toro por los cuernos, porque su vida se está cayendo a pedazos y ella está en el medio.
Respira hondo y posa su mano temblorosa en la perilla, está fría. Da un paso adelante y exhala.
Gira un poco la perilla que se le resbala por sus manos sudorosas.
Y cuando finalmente abre, se estrella contra la realidad, es como si un balde de agua fría le cayera encima.
Ve esa habitación color salmón intacta, tal cual la dejó.
Ella solloza mientras se tapa la boca con la mano.
La cama aún está sin hacer, Isa odiaba tender su cama, a veces su padre la hacía por ella.
Entra a la habitación con el corazón en la mano. No puede creer que se atrevió a hacer esto.
Llora aún mas fuerte cuando observa las muñecas en una mesa, están perfectamente peinadas y vestidas, todas parecen modelos. Su hermana tenía una obsesión con ellas, siempre las mantenía en perfecto estado y muy organizadas. No dejaba que nadie más las tocara.
Al recorrer la habitación encuentra en el suelo un brazalete azul, aquel que compartían las dos, eran sus brazaletes de hermanas, y Margot justamente lleva puesto el suyo.
No puede ser…
Recoge el brazalete del suelo, se arrodilla en él y suelta un grito de dolor mientras llora. Cierra los ojos y baja la cabeza, apretando fuertemente el brazalete de su hermana, aquel que al parecer se le había olvidado el día del accidente.
Margot siente que el mundo se le viene encima.
Siente que la casa se cae sobre ella. Así que se levanta rápidamente y sale corriendo escaleras abajo.
No puede respirar bien, siente que se le cierran los pulmones, le tiemblan las manos y no piensa con claridad.
Tal vez la casa no se está cayendo, tal vez ella es la que se esta derrumbando poco a poco.
Necesita aire fresco. Así que coje su cartera y sale corriendo de la casa, deja incluso la puerta un poco abierta.
Lleva dos horas caminando por los alrededores, ya se ha calmado, pero aún no se siente lista para regresar a su casa.
De lejos observa a un hombre intercambiando algo con otro hombre más bajito, usando un traje n***o. Es Ryan, va vestido con su abrigo de cuero y tiene puesta una gorra y gafas oscuras.
Ella entiende perfectamente que es lo que está haciendo él.
Y puede que sea una mala decisión, pero cuando el otro hombre se aleja…
—Necesito que me vendas —se acerca ella a pasos agigantados.
—¿Qué? —le responde él con cara de confusión.
—Ya te lo dije, quiero que me vendas. Y por favor no te hagas el estúpido porque sé perfectamente qué es lo que haces.
A Ryan le cambia la cara inmediatamente, se pone serio de repente y sus ojos se le oscurecen.
—¿Y qué es lo que hago según tú?, señorita sabelotodo.
—¿Quieres que lo grite? Perfecto —toma aire por la boca—. ¡Vendes droga y tienes un arma en tu casa! —eleva el tono de voz.
Él se acerca a ella y le tapa la boca con su mano, mirando hacia los lados, esperando que nadie los haya escuchado.
—¿Qué crees que haces? —la mira enfurecido y con su mano libre la agarra fuertemente del brazo—. Mira, no sé quién carajos eres, pero no sabes con quién te estas metiendo.
Tiene razón, no sabe quién es, pero lo descubrirá pronto.
Solo que por el momento no necesita hacerlo, necesita drogarse y ya.
—Mira, no me interesa tu vida, solo quiero que me vendas, es todo —se libera de su agarre.
—Bien, creo que tengo algo de mari en mi auto… —dice resignado.
—No, yo no quiero eso, yo quiero una de esas pastillas que vendías hace un momento.
—Mira niña, no sabes qué es eso, no es cualquier droga. Y por lo que veo, ¿jamás te has drogado no es así?
—¿Y eso a ti que te importa? ¿Me vas a vender o no? —lo mira firmemente a los ojos, tiene que inclinar un poco la cabeza porque él es demasiado alto.
—No tienes para pagarlo —la observa incrédulo.
Ella saca de su cartera bastante efectivo.
—Supongo que es suficiente.
—¿Sabes qué? Haz lo que quieras, no me importa —le da una bolsa con 5 pastillas pequeñas de colores y le recibe el dinero.
Luego le da la espalda mirándola con desprecio y se va.
La noche había caído hacía ya varias horas y el silencio envuelve la casa. Margot se encuentra sentada en el suelo de la sala con la espalda recostada en el sofá. Una pastilla de color blanco descansa en su mano, es pequeña y tiene una rosa grabada en la superficie.
Ella observa el dibujo y siente una mezcla de curiosidad y algo de miedo, jamás ha probado algo parecido, de hecho, nunca se ha drogado, pero bueno, las circunstancias cambian, ¿no es así?
—Solo una vez… —murmura para sí misma, susurrando como si alguien pudiera escucharla.
Con un suspiro, levantó la pastilla hacia la tenue luz del candelabro viejo y desgastado de su casa, la gira entre sus dedos. La rosa dibujada tenía una precisión que la hipnotizaba.
¿Por qué una rosa?
Cierra los ojos, sintiendo como su corazón late con fuerza, parece que va a explotar, y antes de que pueda detenerse, se lleva la pastilla a la boca.
La tragó con un sorbo de agua, no sabía sí se hacía así o solo tenía que tragársela a secas, es inexperta en todo esto.
Bueno… tragársela con agua no le hace daño a nadie ¿no es así?
Se recuesta del todo contra el sofá y espera.
Al principio no pasa nada solo el sonido de su respiración llenaba el aire, cada vez más lento. Entonces un ligero cosquilleo comienza a recorrer su piel, empezando por sus piernas, luego pasando a sus brazos, hasta llegar al cuello. Abre los ojos y el mundo a su alrededor parecía vibrar, como si estuviera hecho de ondas.
—¿Qué…? —susurra, apenas un eco en su mente.
Las sombras alrededor empezaron a moverse como si tuvieran vida, el candelabro emite una luz cálida, pero parece palpitar con un ritmo propio. Parece que todo a su alrededor está bailando, y ella siente esa música insonora recorrer sus venas. Se levanta lentamente, tambaleándose un poco, y camina hacia la ventana.
A través del cristal, todo se ve distorsionado, los colores son más intensos y todo parece alargarse; los árboles, las casas y los postes de luz. No ve a ninguna persona afuera, y no se escucha nada, ni siquiera el sonido de un carro al pasar, ni el ladrido de un perro, ni un solo sonido. Ríe suavemente, una risa vacía que se pierde en el silencio de la casa.
—Todo es tan… —empieza a decir, pero no encuentra la palabra adecuada, es como si se le hubiera esfumado de la mente.
Camina nuevamente hacia el centro de la sala y se recuesta en el piso boca arriba, observando las manchas de humedad en el techo, aquellas que ahora parecen nubes. Eleva su brazo, siente que puede tocarlas, son suaves y esponjosas.
De un momento a otro ve como desaparece el techo sobre su cabeza, ella se sobresalta, la casa se ha abierto totalmente para que ella contemple las estrellas y el cielo nocturno.
—Es hermoso… —dice en voz alta, las palabras arrastrándose en su boca.
Ve como una de las tantas estrellas regadas en el cielo baja hasta ella, danzando, llega hasta su mano y ve como ella misma se ilumina, como si la estrella le hubiera prestado su luz.
Observa sus brazos y sus manos, están brillando.
Asombroso…
El tiempo perdió cualquier significado, un minuto podía ser una hora. Cerro los ojos y dejó que las sensaciones la envolvieran. Su cuerpo flotaba en el aire, y su mente se sumergió en una calma profunda, parece que se ha desconectado de la realidad.
Sus pensamientos la envuelven, frases sin sentidos aparecen en su cabeza, recuerdos, deseos, imágenes que aparecen y desaparecen como si alguien estuviera cambiando de canal con un control remoto en su mente.
De repente, la imagen de la rosa en la pastilla aparece detrás de sus ojos cerrados, brillando con una luz intensa. Pero esta vez, la rosa no era solo un dibujo. Sus pétalos se abren lentamente, revelando un centro oscuro y vacío. Trata de apartar la imagen de su mente, pero la rosa sigue creciendo, ocupando todo su campo de visión.
—No… no, no, no —habla con la respiración agitada.
Se lleva las manos a la cabeza, presionando con fuerza las sienes, que ahora le duelen intensamente. Quiere gritar, pero el sonido de su voz no sale. Se siente atrapada.
—¡Por favor! —exclama, aunque sabe que nadie la escucha. Está sola, atrapada en su propia mente.
Trata de levantarse del suelo, pero sus piernas no responden. El mundo a su alrededor se tambalea y todo tiembla. Y los colores que antes veía se trasforman en oscuridad y sombras que no logra entender.
—Esto no es real... no es real... —repite, como si al decirlo pudiera cambiar lo que está experimentando.
De repente la rosa que ve en su mente se desvanece y da paso a una visión desconcertante. Frente a ella, en la entrada de la casa, están su padre, su madre, y su hermana pequeña. Sus cuerpos permanecen quietos, pálidos, con la ropa empapada de sangre. La niña tiene el cabello enredado y su vestido favorito de flores está rasgado, manchas rojas cubren el delicado estampado azul.
—No… Esto no… —su voz sale rota, mientras sus ojos se llenan de lágrimas y nublan su capo de visión.
Quiere moverse, quiere salir huyendo de ahí pero su cuerpo no responde. Los ojos de su familia están sobre ella, ojos vacíos, como si esperaran algo de ella, como si la culparan. Su padre da un paso hacia adelante y ella nota su herida abierta en la cabeza, el resultado de el accidente que los llevó a su muerte.
—Esto no puede estar pasando.
Pero ellos no responden. Solo la observan, sus cuerpos sin vida la atrapan en una pesadilla que parece no tener fin. Su madre abre la boca ligeramente y de ella sale agua, agua sucia y turbia.
Margot cierra los ojos del miedo, intentando que se vayan, pero cuando los abre de nuevo ellos siguen ahí, y se están acercando lentamente.
Y entonces lo vio. En una esquina de la sala, en la penumbra, está Ryan. Apenas puede distinguir su cuerpo por la tenue luz del lugar, sus ojos están fijos en ella, pero no puede comprender su expresión.
—Ryan… —su voz suena aterrada.
Él camina hacia ella y se agacha a su lado, ignorando por completo las figuras espeluznantes detrás de él, como si no pudiera verlas.
Ella trata de mirarlo a los ojos y buscar algo familiar, algo real, pero no lo encuentra, su mente sigue nublada intentando distinguir entre lo que es real y lo que no.
Él le extiende su mano y sus dedos se rozan. El contacto es cálido y reconfortante, y por un instante las figuras de su familia se empiezan a desvanecer poco a poco.
—Estás aquí, ¿verdad? —dice desesperada.
Él no responde. Su mano sube hasta la mejilla de ella y la acaricia suavemente, y luego la agarra de la mano por completo y tira de ella, intentando levantarla.
—Vamos, sal de aquí —dice finalmente, su voz profunda y segura.
Ella mira una vez más hacia donde se encuentra su familia, pasa su mirada por cada uno mientras se desdibujan, como si fueran sombras. Con la mano de Ryan aferrada a la suya, las figuras empiezan a desaparecer, fundiéndose en la oscuridad de la habitación.
Sus piernas le tiemblan y cuando casi cae al intentar ponerse de pie, Ryan la sostiene y la guía escaleras arriba hacia su habitación. Cada paso que daba junto a él era alejarse cada vez mas de esa pesadilla, y siente que una paz y una tranquilidad infinita la consumen.
—Estoy aquí —le dice Ryan, mientras la lleva a la cama, su voz firme como un ancla en una tormenta — No estás sola.
Ella se aferra a esas palabras que la reconfortan. Siente como la realidad vuelve lentamente, como las sombras se hacen cada vez mas pequeñas, como los colores vuelven a la normalidad. Siente que puede respirar bien de nuevo.
—Gracias —logra decir, aunque no sabe si lo dijo en su mente o si lo dijo en voz alta.
Él asiente con la cabeza y le aprieta la mano suavemente antes de soltarla y alejarse.
Le pesan los ojos, siente como se cierran lentamente, hasta quedarse dormida.
Y es un alivio porque no hay sombras, ni rostros pálidos que la observan. Solo la tranquilidad de una casa en silencio que ha sido invadida por sus propios recuerdos, por sus propios demonios.
Y mientras el eco de lo que ha visto se desvanece, sabe que, al menos por ahora, está a salvo.