SUEÑOS QUE SANGRAN REALIDAD

1755 Palabras
—¿Qué tipo de sacrificio? —Eso, mi querida Alfa, nadie lo sabe. Ni siquiera yo. —Se recostó—. Podría ser su vida. Podría ser su poder. Su manada. Podría ser su memoria de todo lo que fueron. El sacrificio debe ser proporcional al crimen. —¿Y cuál fue exactamente el crimen de Ragnar? —Artemis se inclinó hacia adelante de nuevo—. Rifen me dijo sobre los veintisiete lobos, pero tiene que haber más. Selene no maldice a alguien por ochenta años solo por justicia vigilante. —El anciano estuvo en silencio por un largo momento. —El crimen de Ragnar no fue matar a esos lobos. No, realmente. —Su voz se suavizó—. Su crimen fue rendirse. Fue permitir que su bestia lo consumiera por completo. Fue elegir la oscuridad sobre la luz porque la luz dolía demasiado. —Miró directamente a Artemis. Quien miraba por la pequeña ventana. Los aullidos de Zubek eran cada vez más fuertes y provocaban dolor a la alfa. —Selene no castiga por violencia. Castiga por abandono de la humanidad. Por elegir ser monstruo cuando todavía tenías la opción de ser hombre. —Artemis procesó eso, sintiendo el peso de las palabras. Aunque ya las había escuchado de Rifen, la reafirmación sobre eso solo volvía todo mucho más difícil. —Entonces sí se rindió entonces, ¿cómo lo hacemos luchar ahora? —dijo ella poniéndose de pie. —Dándole algo por qué luchar. —El anciano sonrió, mostrando sus dientes amarillentos—. Algo más importante que el dolor. Más importante que la oscuridad. Algo como... tú. —Artemis sintió un escalofrío recorrer su espalda. —Hay algo más que necesitas saber. —El anciano se levantó con esfuerzo, cojeando hacia un estante lleno de pergaminos—. Algo que sucedió hace tres años. —La noche de mi primer sueño —dijo Artemis siguiendo los pasos del viejo. —Exactamente. —Sacó un pergamino enrollado, manchado de algo que podría haber sido sangre—. Esa noche, algo cambió. No solo en Ragnar, sino en la maldición misma. —Desenrolló el pergamino sobre una mesa, revelando símbolos complejos y notas escritas en una caligrafía temblorosa y muy poco legible para ella. —Cuando me informaron de lo sucedido, que encontraron a Zubek esa mañana en el gran salón, casi muerto. Con heridas que nadie podía explicar, como si hubiera estado en una batalla feroz, pero no había nadie más. Ningún intruso o atacante. —Rifen se acercó, estudiando el pergamino. —Las heridas en su cuello… —dijo el general. —Exactamente donde una loba alfa mordería para dominar. —El anciano tocó el dibujo que había hecho, mostrando marcas de colmillos en la garganta de Zubek—. Después de esa noche, algo en él se rompió. Dejó de intentar hablar. Antes, ocasionalmente lograba palabras, fragmentos de frases. Después, solo gruñidos y aullidos. —Artemis sintió que el aire abandonaba sus pulmones. —En mi sueño esa noche lo ataqué. Lo herí casi de muerte. Mordí su garganta y recuerdo haber sentido un fuerte dolor en mi pecho. —Ah. —El anciano asintió lentamente—. Entonces no fue solo un sueño, ¿verdad? Fue algo más. Algo que conectó tu mundo con el suyo de formas que la magia no debería permitir. —¿Pero cómo? —Artemis miró sus manos como si pudieran tener respuestas—. ¿Cómo es posible herir a alguien en un sueño? Nunca había escuchado tal cosa. —Esa es la otra pregunta, ¿no es así? —El anciano volvió a enrollar el pergamino—. La respuesta, a lo primero, sospecho que en tu mordida se creó una conexión entre tu loba y su lobo. Leve, pero explicaría por qué puedes sentirlo y la segunda podría estar en tu linaje o en el de Ragnar. —¿Mi linaje? —preguntó Artemis impaciente porque había obtenido respuestas para unas cosas, pero ahora tenía más preguntas que necesitaban respuestas. —Dime, Alfa Artemis, ¿qué sabes sobre tus padres? ¿Tus abuelos? ¿De dónde viene ese cabello cobrizo tan poco común entre los lobos? Artemis tocó instintivamente su trenza. Ella era la única que poseía ese color de cabello. Dentro de su manada siempre predominaba el rubio, castaño, blanco y el n***o. Mas no ha conocido a nadie con el color de cabello color fuego que decía su padre. —Mi abuela. Era de las Tierras del Centro, Leutonia. Una línea de sangre antigua, eso es todo lo que sé. Murió antes de que yo naciera. Protegiendo a mi padre. Mi madre era una Omega que conoció en el este. Su cabello era blanco y muy hermoso. No conozco su linaje, ni a qué manada perteneció. —¿Y Ragnar? —El anciano miró a Rifen—. ¿Qué sabes de su línea materna? —Rifen frunció el ceño. —Su madre era de... espera. —Sus ojos se ampliaron—. Era de las Tierras del Centro también. Antes de casarse con el Rey del Norte y moverse aquí. —El anciano se rió. Parecía estar colocando las piezas que hacían falta. —Ahí está. La conexión que faltaba. Ambos tienen la sangre de las Tierras de Centro. Tierra de Viejos. Aquellos que caminaban entre mundos, que soñaban verdades y convertían pensamientos en realidades. —Está diciendo que Ragnar y Artemis… ¿Están relacionados? —habló Lyra horrorizada por primera vez desde que subieron a la torre. —No de esa manera. —El anciano agitó la mano—. Las Tierras del Centro son vastas, pero comparten una habilidad, enterrada profundamente en su sangre. La capacidad de hacer que los sueños sangren en la realidad. Especialmente entre mates destinados. —Artemis sintió que su mente giraba. No podía colocar ninguna de las palabras del hombre en orden para poder ser procesadas por ella. —Entonces cuando soñé con atacarlo... —Realmente lo atacaste. Tu forma de sueño cruzó a la realidad y se manifiestó aquí. —El anciano se sentó pesadamente—. Y cuando lo heriste en el sueño, las heridas aparecieron en su cuerpo real. —Diosa Selene. —Artemis también se hundió en su silla—. ¿Por qué? ¿Por qué haría eso? Ni siquiera lo conocía entonces. —¿No? —El anciano ladeó la cabeza—. O tal vez tu alma ya lo conocía. Tal vez el vínculo de mates es más antiguo de lo que cualquiera de ustedes recuerda. Tal vez Selene no solo estaba castigando a Ragnar. Tal vez también te estaba probando a ti. —El silencio cayó sobre la torre, solo se escuchaban los lamentos del pobre lobo esperando a que su mate bajara. —¿Entonces qué hacemos? —preguntó Artemis finalmente—. Si nuestros sueños están conectados, si puedo herirlo incluso sin quererlo... —Aprendes a controlar tu linaje. —El anciano se puso de pie, cojeando hacia otro estante—. Y para eso, necesitamos entender exactamente qué sangre corre por tus venas. Los registros de tu familia. La historia de tus antepasados. —¿Y dónde encontramos eso? —Algunos están aquí. Ragnar coleccionaba historias de líneas de sangre, especialmente de las Tierras del Centro. El resto... —miró hacia la ventana, hacia el este—, tendrá que venir de tu manada. Artemis siguió su mirada, pensando en su manada, en Aldric, en los archivos antiguos que había en la biblioteca de su manada. Aquellos a los que nunca les dio importancia. —Lyra, necesito que envíes un mensaje a Aldric. —Se giró hacia su Beta—. Dile que busque cualquier registro sobre mi abuela materna. Cualquier cosa sobre las Tierras del centro y que lo envíe aquí lo más rápido posible. —Lo haré. —Lyra asintió—. ¿Algo más? —Artemis miró al anciano. —¿Hay algo más que necesite saber? ¿Algo que pueda ayudarme a romper esta maldición más rápido? —El anciano la estudió con esos ojos viejos y sabios. —Solo esto: la maldición se romperá cuando tres cosas estén en equilibrio. Amor sin condiciones. Sacrificio sin resentimiento. Y aceptación de lo que fuiste, lo que eres, y lo que podrías llegar a ser. El anciano tocó el pecho de Artemis directamente sobre su corazón. —Ragnar debe aceptar tanto su humanidad como su bestia. No puede ser uno u otro. Deben ser ambos. —Su mano se movió hacia la cabeza de Artemis—. Y tú, Alfa de Lobo Salvaje, debes aceptar que amar a un Rey Maldito no te hace débil. Te hace más fuerte de lo que jamás has sido. —Sus palabras resonaron en el silencio que siguió. Desde abajo, llegó un aullido. Largo, lastimero, lleno de necesidad. Zubek estaba llamándola. —Ve. —El anciano agitó su mano—. Tu bestia está inquieta y un Zubek inquieto es peligroso para todos en este castillo. —Artemis se puso de pie, inclinándose ligeramente. —Gracias por su ayuda, anciano. Volveremos cuando tengamos más información. —Llámame Corvus. —Sonrió ligeramente—. Y trae a ese cachorro gigante contigo la próxima vez. Me gustaría conocer al lobo lo suficientemente fuerte como para hacer que la mismísima Diosa Selene se tome el tiempo de maldecirlo personalmente. —Artemis salió de la torre con Rifen y Lyra pisándole los talones. Mientras bajaban las escaleras, su mente daba vueltas con todo lo que había aprendido. «Sangre de las Tierras del Centro. Sueños que sangran en la realidad. Un sacrificio que aún no entiendo.» Las piezas estaban ahí. Solo necesitaba averiguar cómo encajarlas. En la base de las escaleras, Zubek esperaba, su cuerpo entero temblando de alivio cuando la vio. Se lanzó hacia adelante, presionando su hocico contra ella, inhalando su aroma como para asegurarse de que realmente estaba ahí, intacta. —Lo sé, lo sé. —Artemis acarició su pelaje—. Sobreviví una hora sin ti. Sorprendente, ¿verdad? —Zubek gruñó suavemente, claramente no encontrando humor en su sarcasmo. —Tenemos trabajo que hacer. —Artemis miró hacia la ventana más cercana, hacia el este donde estaba su hogar—. Y no tengo mucho tiempo para hacerlo. —Porque si había aprendido algo en sus doscientos tres años, era que el destino no esperaba a nadie y el reloj estaba corriendo. ... Espero que hayan disfrutado de este mini maratón.
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