FRAGMENTOS DE VERDAD

1703 Palabras
Los días en el castillo comenzaron a formar un patrón extraño. Artemis descubrió que Zubek no dormía cuando ella dormía. En cambio, se quedaba despierto toda la noche, vigilándola desde su nido en la biblioteca o desde las sombras de su habitación si ella insistía en usar su propia cama. Solo cuando llegaba el amanecer, él permitía que sus ojos se cerraran, confiando en que la luz del día la mantendría a salvo. Era agotador solo de presenciar. —No puedes seguir así —le dijo Artemis en la tercera mañana, encontrándolo una vez más con ojos reflejando cansancio y fatiga—. Necesitas dormir adecuadamente. —Zubek simplemente la miró, implacable. Su postura dejaba claro que no tenía intención de cambiar sus hábitos. —Eres imposible —murmuró ella, pero acarició su pelaje de todos modos, sintiendo cómo se relajaba bajo su toque. La posesividad de Zubek no había mejorado, sino que había empeorado. Cuando Lyra se acercaba demasiado, él gruñía suavemente en señal de advertencia. Rifen había aprendido a mantener al menos tres metros de distancia en todo momento y los pocos guardias que todavía habitaban en el castillo prácticamente huían cuando veían a Artemis acercarse, sabiendo que la bestia nunca estaba lejos. Era sofocante y estaba comenzando a irritar a Artemis. Al cuarto día, cuando Zubek interceptó a Lyra quien corría rápidamente tratando de entregarle un mensaje urgente, Artemis finalmente explotó. —¡Es suficiente! —Su voz resonó en el pasillo con poder Alfa, haciendo que incluso Zubek retrocediera—. Lyra es mi Beta y mi amiga. No es una amenaza y ¡NO! vas a tratarla así de nuevo. —Zubek se encogió, sus orejas bajaron contra su cráneo, pero no se movió de su posición entre Artemis y Lyra. —Zubek. —Artemis caminó directamente hacia él, colocándose frente a él—. Mírame. —Esos ojos rojos la encontraron, era ver un set de ojos miserables contra otros desafiantes. —Sé que quieres protegerme. Lo entiendo, pero no puedes atacar a cada persona que se me acerca. No voy a vivir en una burbuja donde solo existes tú. —Su voz se suavizó ligeramente—. Necesito interacción con mi gente para saber como poder ayudarte y necesito que confíes en que puedo cuidarme sola. —Zubek hizo un sonido bajo en su garganta, casi como un gemido de protesta. —No estoy diciendo que no me protejas. —Artemis puso sus manos a ambos lados de su rostro, forzándolo a sostener su mirada—. Estoy diciendo que elijas tus batallas. Lyra, Rifen, los guardias que están aquí para ayudarnos, no son tus enemigos. ¿Entiendes? —Hubo silencio después de sus palabras. Luego, tan lentamente que casi no fue perceptible, Zubek suspiro y bajó la cabeza. —Bien. —Artemis se inclinó hacia adelante y besó su frente—. Ahora déjame hablar con mi Beta a solas. —Se apartó y caminó hacia Lyra, quien había estado observando todo el intercambio con los ojos muy abiertos. Zubek se quedó donde estaba, claramente luchando con cada instinto que le gritaba que la siguiera, pero no lo hizo. Se quedó quieto, temblando con el esfuerzo de obedecerla. —Eso fue intenso —murmuró Lyra cuando Artemis la alcanzó. —Bienvenida a mi vida ahora. —Artemis suspiró sintiéndose mal por tener que hablarle así a su mate, pero de no hacerlo alguien podría salir lastimado—. ¿Qué era tan urgente? —Rifen dice que hay alguien que quiere conocerte. Parece que es un anciano que vivía aquí sirviendo al antiguo rey y ha estado encerrado desde la maldición. Aparentemente ha estado estudiando la situación de Ragnar durante décadas y podría tener información útil. —Artemis sintió una chispa de esperanza. —¿Dónde está? ¿Podemos verlo ahora? —dijo la alfa caminando hacia la puerta. —La torre este, pero Artemis... —Lyra bajó la voz—, Rifen dice que este lobo es particular. No ha hablado con él desde hace décadas, por lo que no sabe si sea una fuente confiable. Lo otro es que es una torre donde Zubek no tiene acceso, Artemis miró por encima de su hombro. Zubek no se había movido, pero sus ojos nunca la dejaban. —Eso va a ser un problema. Y vaya que sí resultó ser más que un problema. —¡¡NO!! —El rugido desde lo más profundo de Zubek sacudió las ventanas de la torre este cuando Artemis intentó subir sola. Ella se giró en las escaleras, mirándolo con exasperación. —Zubek, no puedes subir aquí. Las escaleras son demasiado estrechas. Te quedarás atascado. —Él gruñó, sus garras arañando la piedra del primer escalón como si estuviera considerando seriamente intentarlo de todos modos. —Voy a estar bien. —Artemis bajó un escalón, poniéndose a su nivel de ojos—. Rifen estará conmigo y tú puedes esperarme aquí abajo. ¿De acuerdo? —Zubek sacudió su cabeza violentamente. —No está de acuerdo. Tiene miedo de perderte si deja de verte. —dijo Scarlet en su mente. Artemis lo entendia, pero… —No es una petición. —Artemis endureció su voz, canalizando todo su poder de Alfa—. Es una orden. Espera. Aquí. Los ojos de Zubek parpadearon entre rojo y ¿azul? Por un segundo, Artemis habría jurado que vio azul mezclándose con el carmesí. «Ragnar», pensó. «Está luchando por salir». Zubek tembló, su cuerpo entero tensándose como si dos voluntades estuvieran guerreando dentro de él. Luego, con un gemido lastimero que rompió el corazón de Artemis, se dejó caer al suelo. Sometiéndose, pero odiando cada segundo. —Gracias. —Artemis se arrodilló y presionó un beso en su nariz—. Volveré pronto. Lo prometo y dejaré salir a Scarlet para que la conozcas. —Ella se levantó rápidamente y Zubek comenzó a aullar. Subió las escaleras antes de que pudiera cambiar de opinión, con Rifen siguiéndola de cerca. Detrás de ellos, podían escuchar a Zubek aullando suavemente, un sonido de pura miseria. Como si estuviera sufriendo de algún dolor. —Esto va a ser interesante —murmuró Rifen—. Nunca lo había visto así por nadie. Ni siquiera cuando Ragnar todavía tenía su forma humana tenía ese nivel de control. —No es control. —Artemis tocó la puerta al final de las escaleras—. Es confianza y temor. Hay una diferencia. —Antes de que Rifen pudiera responder, la puerta se abrió. El lobo que estaba al otro lado era antiguo. No solo viejo, sino antiguo. Su pelaje había sido blanco alguna vez, pero ahora era del color del pergamino amarillento. Su espalda estaba encorvada por siglos de vida, sus ojos nublados, pero todavía agudos de alguna manera. —Así que tú eres la que finalmente vino. —Su voz era como hojas secas arrastrándose por piedra—. La mate del Rey Maldito. —Soy Artemis. —dijo evitando formalidades. Extendió su mano—. ¿Y usted es…? —Ya no recuerdo mi nombre, pero puedes decirme viejo, cansado o su última esperanza. —No tomó su mano, simplemente se giró y cojeó de vuelta a una pequeña cama—. Entren si deben, pero si tocan algo, les arrancaré los dedos. Artemis y Rifen intercambiaron miradas antes de entrar. El anciano tenía carácter y ninguno de los dos le faltaria el respeto. Por lo que fijaron sus ojos en sus alrededores. La torre era un caos organizado de pergaminos, libros, artefactos extraños y símbolos dibujados en cada superficie disponible. Velas goteaban cera por todas partes, creando montañas de cera solidificada. El olor a hierbas quemadas y magia vieja saturaba el aire. —Siéntense. —El anciano señaló dos sillas tambaleantes—. O no. No me importa. Yo si me siento, mis huesos duelen de todos modos. —Artemis se sentó cuidadosamente, sintiendo como la silla crujió bajo su peso. —Rifen dice que ha estado estudiando la maldición del Rey Ragnar.—Comenzó a hablar Artemis. —¿Estudiar? —El anciano se rió—. He dedicado ochenta años a esa maldita maldición. Ochenta años tratando de encontrar un escape, una fisura, cualquier cosa que pudiera romperla. —¿Y? —dijo Artemis inclinándose hacia enfrente. Muy interesada en saber más sobre lo que el anciano tenía para decir. —Y fracasé espectacularmente. —Se dejó caer en su propia cama con un gruñido—. La magia de Selene no es como la magia mortal. No hay trucos, ni atajos. Las condiciones deben cumplirse exactamente o no funcionara. —¿Cuáles son las condiciones exactas? —El anciano la miró con esos ojos nublados que de alguna manera veían demasiado. Mucho más de lo que él quisiera a esa edad. —Ragnar debe encontrar a su verdadera mate. Esa eres tú, aparentemente, así que ese paso está completo. —Levantó un dedo retorcido—. Segundo, su mate debe enamorarse de su bestia sin saber que es su mate destinado. Amor genuino por la criatura que es, no obligación por el vínculo que comparten. —Estoy trabajando en eso —murmuró Artemis. —¿Lo estás? —Los ojos del anciano se entrecerraron—. ¿O simplemente sientes lástima por él? ¿Simpatía por su situación? Porque déjame ser claro, niña. Selene sabrá la diferencia. No puedes fingir amor verdadero con una Diosa. —Artemis apretó la mandíbula, se recostó sobre el respaldo de la silla y sus manos se juntaron sobre sus rodillas. Ella misma dudaba si lo que sentía por Zubek era amor. —No estoy fingiendo nada, pero no entiendo, entonces cómo es que siento la conexión con él, si se supone que no debía sentirla aun. —Bien. Espera, todavía no llegamos a ese detalle. Volvamos a la maldición. Porque la tercera condición es la más cruel. —El anciano se inclinó hacia adelante—. Una vez que su mate lo ama como bestia, debe haber un acto de sacrificio verdadero. Uno de ellos debe estar dispuesto a renunciar a algo fundamental de sí mismo por el bien del otro.
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