Aparentaba ser una mañana tranquila, al menos esa era mi sensación. Hasta que una ráfaga de viento azotó suavemente mi cabello, al principio no me alerto, es más, disfrute de aquella brisa en mi piel. Me encontraba tumbada en la hamaca de un jardín, los propietarios debían estar de vacaciones y se habían dejado aquella joya entre árbol y árbol, por lo que no dude en adueñármela un tiempo. Tenía los ojos cerrados y controlaba mi respiración para poder relajarme. No estaba dormida, pero fingía estarlo, hacía mucho que no descansaba tan bien, por lo que, se me hacía imposible moverme, ni siquiera era capaz de abrir los ojos. Escuchaba a los pájaros cantar y el viento aullar, lo que me adormilaba más aun.
Por mala suerte, los buenos momentos siempre llegan a su fin y este no iba a ser diferente. Escuché como la hierba era pisada por alguna bota, advirtiéndome de una amenaza cercana, no obstante, la ignoré, seguía sin querer abrir mis ojos. Fuera lo que fuera podría esperar. Por supuesto, el individuo no estaba de acuerdo conmigo. De pronto, algo chocó contra mi cara, algo húmedo y frío, algo que consiguió despejarme rápidamente mientras me levantaba sobresaltada y dejaba en la tela de la hamaca una mancha de agua.
—Buenos días, bella durmiente —saludo sonriente el muchacho.
Como no, era Danic.
—A la bella durmiente no la despertaban con agua —me quejé molesta.
—Si lo prefieres, mañana te despierto con un beso.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo, incomodándome.
—Preferiría que me disparases.
—Quizás lo haga, pero cada cosa a su tiempo, pequeña.
Le miré poniendo los ojos en blanco. Danic ni siquiera estaba prestándome atención.
—Que bien —me burlé levantándome.
De pronto se giró para mirarme de arriba a abajo, lo que me hizo quedarme quieta, sin entender del todo qué hacia o qué pretendía.
—Aunque si vas a luchar en este estado, no tardaras en morir.
—Pues entréname.
Pedí, seria. Si quería ayudar a Harry debía ser mucho mejor. Danic mostró una sonrisa burlona.
—¿Alguna vez has entrenado una piedra?
—No...
—Pues es más difícil entrenarte a ti.
Volví a poner los ojos en blanco y suspiré.
—¿Me acabas de comparar con una piedra?
—No, te he puesto por debajo de ella. No insultes a la pobre piedra.
Me crucé de brazos, molesta. Hasta que no pude evitar reírme, en el fondo me caía muy bien.
—Creo que nos vamos a entender muy bien —bromeé queriendo dar por zanjado aquella burla.
Se acercó a una bolsa y sacó algo n***o, con un par de barritas energéticas y un par de latas.
—Ponte esto —señaló tirando unas prendas negras a la cama—. Y desayuna eso.
Observé la barrita, era muy pequeña.
—Creo que es malo comer tanto —dije irónicamente.
—Es tan malo no comer nada y entrenar, como comer mucho y entrenar.
—Vamos, que no tienes dinero para más.
—He tenido que pagar una habitación de hotel para que acabes durmiendo en una hamaca. Y también he comprado tu nueva ropa, no te quejes de privilegios. Alégrate de que no te mate y encima te vaya a entrenar.
—Necesitas mi ayuda, casi tanto como yo la tuya.
Danic hizo un gesto con el brazo, dando a entender que pasaba de mí.
Me cambié en el baño. Me había traido unas mayas negras, con su presupuesto no esperaba mucho más, con una sudadera del mismo color, que me quedaba un par de tallas más grande, y un pañuelo para taparse la cara. Estaba segura que todo era de segunda mano o robado, pero no podía quejarme, era mejor que nada. Cuando terminé salí, este me tiró una daga de madera para practicar, mientras confirmaba que llevaba todo su uniforme.
—Quítate la sudadera —manifestó sacando algo, le hice caso sin reprochar, no me apetecía discutir con él—. Es importante que en una pelea nunca te quites la máscara.
—¿Por máscara te refieres a este trapo?
Agarré con dos dedos como pinzas la tela a la que se refería y puse cara de asco.
—Póntelo tapándote la mitad de la cara, para que no te reconozcan y no puedan atacarte después por la espalda, ni hagan daño a tu familia —aquello lo dijo con tristeza, supuse que era un suceso cercano a él—. Y por debajo lleva siempre esto, te protege de los tiros y de las puñaladas de esa daga.
Sacó una nueva prenda, un chaleco duro, concretamente.
—Bien.
Entonces recordé que la última vez que lo vi, y la primera, llevaba tapada media cara, pero ya no. Era mayor, no llegaba a los 40 años, pero tampoco le faltaría más de cinco años. Su belleza era exótica, tanto o más que sus ojos azulados que contrastaban a la perfección con su cabello oscuro y su piel pálida.
Estuvimos entrenando toda la tarde. Al terminar me confeso que era mucho mejor de lo que él creía, incluso, que era mejor que una piedra, lo que percibí como un logro total. Aunque no estaba segura de si esto era algo positivo, tampoco lo dijo con un entusiasmo muy creíble. Al final acabamos agotados. Estaba destrozada y me tiré al suelo en cuanto dio por finalizada la clase, él me miró y me copió. Le observé en silencio, estaba destrozado por lo que creía que era buen momento para preguntarle sobre su pasado.
—Oye Danic... ¿Por qué te hiciste cazador?
Tardó en contestar, estaba observando el cielo.
—Por mi familia.
—Les mataron, ¿verdad?
El dolor que se reflejó en sus ojos me confirmó que así fue.
—¿Matar? Si solo les hubieran matado.... Me dejaron para el final, esos canallas... me ataron para que viese como les descuartizaban sin piedad mientras seguían vivos, mirándome, creyendo que en cualquier momento les salvaría.
—¿Fueron los cazadores de vampiros? ¿Por eso les buscas?
—Sí, pero me encargué de que esos no volviesen a ver la luz del sol.
—¿Les mataste?
Danic sonrió, orgulloso de sus recuerdos.
—No, eso sería demasiado bonito. Les maltraté durante meses hasta que perdieron la cordura, y entonces les encerré donde nunca los encontrarían, hasta que murieran agonizando. No he vuelto, pero deberían ser ya esqueletos.
—Vaya.
Permanecí en silencio unos segundos, imaginando el suceso y un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—Busco a los cazadores porque son iguales que los de entonces. Matan sin control, sin importarles nada. Se merecen el mismo final.
Lo entendía, no apoyaba el asesinato, pero entendía su dolor y su venganza. Aunque en cuanto recordé a mi compañero un mal presentimiento me perturbó.
—¿Y Harry? ¿Por qué le buscas? ¡¿Piensas hacerle lo mismo?!
Danic me miró, sin entender mi sobresalto.
—No te preocupes, por ahora no pienso en hacerle lo mismo.
—¿Me lo prometes?
—¿Qué?
Debía asegurarme de que no vendía el futuro de Harry, de que le estaba salvando y no condenando.
—Prométeme que no le harás daño, solo así te ayudaré.
—Te prometo que, si no ha hecho daño a nadie, no le haré daño.
—No lo ha hecho, no a gente buena, estoy segura.
Me estaba autoconvenciendo, pero hasta que nadie me mostrase lo contrarío, yo confiaba en Harry y sus acciones.
—Bien, pues prometido queda.
Me quedé más tranquila, a menos Harry no sería torturado por Danic, sin embargo, una duda seguía en mi mente.
—¿Entonces para que le buscas?
—Asuntos del pasado.
Lo dijo serio, sin un ápice de ningún otro sentimiento.
—No me lo vas a contar.
Asumí, suspirando y centrándome en las nubes.
—No, al menos, no aún —Se levantó estirando su mano para ayudarme a ponerme en pie—. Entrenaremos todo el día y a la noche investigaremos. ¿Dónde tienes la información?
—¿La información? —repetí pensando en la caja que estaba debajo de mi cama, en la casa—. ¿Es muy necesaria?
—Sí, ¿dónde está?
—Pues debemos ir a la mansión.
—¿Con tu familia?
—Así es.
—Bien, yo les entretendré y tú la coges sin que te vean.
Acepté y me llevó en coche hasta aquella casa, pasando por el árbol con las tumbas de mi primera víctima y la de Harry. También recordé varias de las conversaciones que había tenido con Dylan, incluyendo el día que me pidió salir, o nuestro primer beso.
Aparté esos pensamientos y me concentré en entrar silenciosamente en la mansión, coger la caja y salir corriendo antes de que la viesen. No sabía cómo explicarles que se había convertido en una cazadora y que iba a ir a por Harry, a quien le daban por muerto.
Entre por la parte trasera y subí hasta mi habitación con cuidado, asegurándome de que no me veía nadie. Cogí la caja y suspiré, me entristecía dejar aquello atrás, pero no sería definitivo, volvería. Regresaría con ellos y no estaría sola.
—¿Te vas sin despedirte?
Mi corazón latió rápido, no estaba preparada para hablar, no ahora, no con él. Me di la vuelta agachando la cabeza.
—Dylan yo...
—Vas a por Harry, lo sé.
Le miré, estaba triste por él, pero a la vez, no me sentía culpable, estaba llevando la vida que sentía.
—Dylan... —no sabía que decir, no podía mirarle a la cara sin sentirme mal.
Dylan se acercó un par de pasos y me sonrió dulcemente.
—No te preocupes, siempre lo supe, me preparé para esto.
—¿Qué supiste siempre?
—Que nunca me amarías como le amas a él, que no podía hacerte feliz. Sabía que algún día te irías con él, pero me quise convencer de que era cosa del pasado.
El corazón se me partió en mil pedazos. Le quería, estaba segura, pero Harry estaba en peligro...
—Dylan, de verdad que te quiero.
—Lo sé, pero no como le quieres a él. Te he visto mirándolo, Lia, tus ojos recuperan su color, tus latidos aceleran, tu sonrisa crece. Lo amas, y lo respeto.
En el fondo sabía que era cierto, aunque tratase de autoengañarme. No quería hacerle más daño a Dylan, lo mejor era alejarlo de mí, que hiciera su vida y se olvidase de lo nuestro.
—Lo siento tanto...
—No lo sientas, eres una buena chica, lo he podido comprobar, y Harry también, os merecéis vuestro final feliz.
Me acerqué a él para abrazarlo, necesitaba hacerlo, aunque no lo amara sí que lo quería, de una forma u otra.
—Encontré esto hace una semana en el buzón, espero que me perdones por no habértelo entregado antes, pero quería retrasar nuestra despedida.
—No es un adiós, Dylan, volveré, volveremos a vernos.
—Sí, volveréis.
Su corrección me destrozaba.
—Encontraras a alguien que te quiera con todo su corazón, y la amaras tanto como yo le amo, Dylan.
—No estoy seguro de que sea posible amar a alguien tanto como tú lo amas.
Le sonreí de corazón, estaba segura de que encontraría a una chica increíble que le quisiera, se lo merecía. Pero no era yo.
—Hasta la próxima, Dylan —aseguré alejándome y aguantando las ganas de llorar.
Estaba viviendo el camino que había elegido, el que quería, pero, aun así, me dolía mucho dejar a Dylan atrás.
Bajé con cuidado de nuevo, aunque hablar con Dylan me había ayudado bastante. Para cuando llegué al jardín me sentía fuerte y libre. Le encontraría, le devolvería a casa sano y salvo. Ahora nada me ataba a aquella casa, no le debía nada a nadie, podía centrarme solamente en ayudar a Harry.
Me metí en el coche y poco después entró Danic, quejándose de lo pesados que eran mi familia, aunque le ignoré y me concentré en abrir la carta que me había dado Dylan. Era la letra de Tyler, por lo que podía ser algo importante, aunque tampoco me hice muchas ilusiones ya que Dylan la había guardado una semana entera.
—¿Pone algo importante? —me interrumpió Danic.
—¿A qué día estamos?
—14 de noviembre.
Oh, no. Un rayó dio de pleno en mi corazón y la piel se me herizó.
—Da la vuelta.
—¿Qué? ¿Qué ocurre?
—¡Que des la vuelta, rápido!