Karla avanzó lentamente. Como una sombra viva. Como un depredador saboreando el temblor de su presa. Sus botas crujían sobre el concreto sucio. Sus ojos no pestañeaban. Maroon mantenía la mirada firme, pero por dentro, todo era un volcán. —Creí haberte dicho que vinieras sola —escupió Karla, con una sonrisa torcida que se le rompía en la cicatriz—. Maldita perra estúpida… Se detuvo frente a ella, lo suficientemente cerca como para olerla. —Pero no importa —susurró, como si fuera una canción sucia—. Es mejor así. El niño bonito sufrirá las consecuencias de tus decisiones… a partir de ahorita. Chasqueó los dedos. Desde las sombras, un cuarto encapuchado empujó a Armin hasta el centro, con la navaja aún pegada a su espalda. Le habían quitado el cuchillo. Le habían atado las muñeca

